Los muchachos no lloran
Marca una historia de perfil conmovedor y a la vez cruda. Es notable el rendimiento de la candidata al Oscar, Hilary Swank, a la que acompañan la excelente Chloe Sevigny, Peter Sarsgaard.
Aquella muchacha que fue vista en la cuarta parte de El Karate Kid y que había debutado a los nueve años encarnando a Mowgli en El libro de la selva, tal vez nunca imaginó que iba a adoptar forma de hombre en la conmovedora historia de Los muchachos no lloran.
Una historia que posee un campo minado por las emociones. Hacia 1990, una mujer atrapada en su necesidad de comportarse corporal y temperamentalmente como un hombre. Ese personaje de la vida cotidiana con halo trágico fue el que asumió de manera monumental Hilary Swank: el de Teena Brandon convertida en Brandon Teena.
Para la composición de tremendo personaje, que fue carne de la prensa amarilla estadounidense hacia 1993 por su peripecia que incluía lesbianismo, delincuencia y asesinato, Swank admitió que trabajó puntillosamente todo: «No era una empresa que yo debía tomarme a la ligera. Así que durante cuatro semanas viví como si fuese un varón. Hacía todas mis cosas, por ejemplo las compras, como si fuese un hombre. Digamos que me la pasé en esas semanas previas al rodaje del filme de Peirce, absolutamente vendada. Me vendaba los senos y me rellenaba el pantalón con una media».
Lo mejor de Los muchachos no lloran es que, su realizadora, no acude, en ningún momento a los golpes bajos. El relato fluye naturalmente, dentro de un clima, de paleta melancólica, veteado mínimamente de un aire romántico, aunque luego avance en su desenlace hacia el desamparo y la crudeza o, si se quiere, la línea trágica.
Hilary Swank admite que para desplegar y darle credibilidad a su Brandon Teena «tuve que adoptar otra forma de caminar, cortarme el pelo, trabajar de otro modo la voz, perder grasa. Fue arduo y un desafío. Porque se trató no solamente de una transformación física, sino también una transformación mental».
Y agrega la actriz: «No hay nada más complejo que interpretar a alguien del sexo opuesto. En rigor, lo que más me preocupaba era, justamente, que se trataba de la vida real de alguien. Tenía muy en cuenta que la familia de Teena está viva y también aquellos que estuvieron involucrados en el asunto. Así, me tensaba mucho cuando preparaba el personaje, ya que debía ser muy cuidadosa en la composición y muy respetuosa de todo». En el filme Kimberley Peirce, logra atrapar la esencia de ese finalmente muchacho que, en un pequeño poblado de Nebraska, logra introducirse naturalmente en el universo de los varones, seducir a las muchachas del lugar sin proponérselo y hasta llegar a mantener una apasionada relación con el personaje que encarna bellísimamente Chloe Sevigny (sin importarle a qué género pertence en definitiva Brandon).
Todo funciona para Brandon. Ese forastero que llega al poblado es aceptado por la comunidad de jóvenes. Porque Teena Brandon vuelta Brandon Teena posee modos gentiles que contrastan con un entorno tosco en donde predomina la simpleza, lo rústico y hasta una tremenda brutalidad. Elementos que alcanzarán a Brandon de forma terminal.
Hilary Swank se gana todo los créditos de Los muchachos no lloran. Toda la gama de estados anímicos por los que transcurre Brandon, son mérito exclusivo de la actriz: desde la desolación a la ingenuidad, de las zonas líricas a la impotencia, de la hipersensibilidad a la vulnerabilidad o fragilidad.
Dice la Swank, finalmente: «Yo no compuse este personaje pensando en ganar un Oscar. Desde luego que es satisfactorio que al público le guste tu trabajo, pero para mí el Oscar solamente sería la frutilla del postre».
Y agrega contundente: «No estoy diciendo que no quiera un Oscar, pero repito que no hice la película por ello. Si ocurriera sería grato, pero lo que más me importa es seguir teniendo oportunidades de hacer personajes que me parezcan atractivos y que a la vez te propongan un desafío en términos creativos».
El filme es uno de los mejores de la temporada; la actuación de la Swank, titánica.
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