LIBROS: La piel del cielo

Todo evento ininteligible a la comprensión de sus por entonces limitados cocientes intelectuales, lo atribuyó a fuerzas superiores capaces de modificar el curso del destino.

En ese contexto, el universo constituyó y aún constituye –en pleno tercer milenio– una suerte de enigma, que ni los científicos con sus especulaciones, hipótesis y complejas enunciaciones, han logrado develar.

El fruto de millones de años de evolución humana, apenas nos permite inferir que ese vasto espacio oscuro que tanto nos fascina está poblado de cuerpos, algunos luminosos y otros opacos: estrellas, planetas y satélites naturales.

«Mamá, ¿allá atrás se abre el mundo?» Este extraño interrogante renueva la eterna obsesión del ser humano por conocer su origen, su naturaleza, su destino y, quizás, hasta su verdadera esencia.

En La piel del cielo, que obtuvo el Premio Alfaguara de Novela 2001, la famosa escritora Elena Poniatowska, nacida en París y radicada desde hace casi seis décadas en México, propone una tan aguda como profunda reflexión en torno a las fronteras del conocimiento.

La novela de la exitosa autora plantea la perentoria emergencia de desafiar la frivolidad posmoderna, para retomar el camino de la esencialidad.

Escritora comprometida con su tiempo histórico, Poniatowska construye una obra literaria infrecuente, que plantea la eterna dicotomía entre la sensibilidad y la insensibilidad, la rebeldía y la indiferencia.

La piel del cielo narra la historia ficticia pero no menos subyugante de Lorenzo de Tena, hijo bastardo de un aristócrata y una humilde pero sensible mujer, que vive junto a sus hermanos participando de las duras tareas del campo.

Condenada a sobrevivir en condiciones particularmente adversas por un padre que no reconoce a sus vástagos para no violar los códigos de una sociedad de doble moral, la familia afronta un duro presente y un incierto futuro. Sin embargo, la madre –que es una mujer rebosante de afecto y fina intuición– pronto descubre que su hijo Lorenzo es diferente a sus hermanos y a los chicos de su edad.

La avidez por conocer de este pequeño niño prodigio se traduce en interpelaciones de compleja respuesta. Observando el horizonte, Lorenzo pregunta a su progenitora si allí se termina el mundo, renovando una angustia recurrente del ser humano: los límites del espacio y el tiempo.

La narración evoluciona hacia la tragedia, cuando los niños pierden a la autora de sus existencias y deben refugiarse en la casa de una solidaria tía. Este momento crucial será –precisamente– el comienzo del viaje iniciático de Lorenzo hacia la maduración y una incesante búsqueda.

El personaje de Elena Poniatowska asume –entonces– la estatura de un auténtico símbolo, que constituye la matriz de la peripecia del ser humano enfrentado a un destino de perpetua incertidumbre.

En su periplo de emancipación, Lorenzo –inconformista y rebelde– deberá confrontar un mundo colmado de acechanzas, agudas desigualdades sociales, trampas burocráticas y tentaciones políticas.

Incluso, su propio proceso de evolución y búsqueda afectiva estará teñido de tragedia por la pérdida irreparable, la culpa y luego la soledad.

Ensayando una escritura de estructura depurada pero no menos impregnada de emoción, la autora construye un relato intenso, por momentos, crudo y hasta conmovedor.

Aunque naturalmente desnuda sin eufemismos su reconocida veta comprometida con la realidad, Elena Poniatowska soslaya todo acento discursivo o eventualmente panfletario, proponiendo una minuciosa exploración de la psicología de sus personajes, sus ambientes, hábitos, etologías y sentimientos.

La piel del cielo es una novela tan cautivante como elocuente, narrada con un lenguaje frontal que soslaya deliberadamente todo subterfugio o ambigüedad. Como el telescopio a través del cual el protagonista observa en busca de una verdad imposible, esta obra nos acerca a desafíos aparentemente inalcanzables: los inescrutables misterios del infinito universo, las tormentosas peripecias del amor y la obsesión por restañar las heridas de las almas dislocadas por la angustia. *

(Editorial Alfaguara)

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