ANA BELEN Y VICTOR MANUEL EN CONCIERTO

Nada nuevo bajo el sol

uando Víctor Manuel arrancó el concierto del pasado sábado en el Conrad, de Punta del Este, con la canción que da nombre a su flamante disco «El hijo del ferroviario», y cuando enseguida Ana Belén salió de la penumbra a la luz del escenario con una versión insípida de «Yo vengo a ofrecer mi corazón» (de Fito Páez), uno asistió a la comprobación de que un modelo de canción popular, al menos en estos puntuales casos, se ha cancelado.

Todo lo movilizante que pudo ser décadas atrás ya sea trabajando en pareja o en ruta solitaria, hoy es apenas retórica con voces fantásticas, variaciones altamente menores (si se piensa en las nuevas canciones) que dejan una sensación amarga acaso porque tanto Víctor y Ana son personajes de convicciones ideológicas, éticas y estéticas si se quiere inquebrantables.

Pero en plan de show, el aquí y ahora, habrá que apelar al verso de una de las canciones nuevas de Víctor: no hay nada nuevo bajo el sol. Más de lo mismo en una cifra prácticamente obsoleta y ya carente de aquella sensualidad que los situó en algún momento en el podio por méritos propios.

Uno se pregunta, pues, cómo se puede articular un diseño arreglístico con los modos orquestales tipo setentista, y a la manera de un Eduardo Miralles (el socio del catalán Serrat que tanto buenos dividendos les otorgó, ciertamente), en el universo sonoro de 2001. Que todo funcione sincrónicamente en el stage, no significa que compositiva e interpretativamente Ana y Víctor representen a este tramo epocal. Es como si se estuviera asistiendo a viejos tangueros. Queda ese sabor de la nobleza de propósitos, ese halo de fulgor, pero nada más. ¿Es que ha caducado una manera de ser y estar en el escenario? Probablemente, sí, por más que a las inflexiones baladísticas y a los climas españolísimos, puedan sumarse las inevitables latineces, un touch de reggae para otorgarle un clima mayormente rítmico, modernoso y dinámico a todo el asunto. Pero no.

Se puede admitir que Víctor Manuel sigue teniendo uno de los timbres más atractivos del mapa de la canción popular iberoamericana. Su coloración, su fluir interpretativo lo sigue ubicando como un cantautor de envergadura, pero el conflicto aparece en la manera que arropa su decir. Lo mismo pasa con Ana: su voz expansiva, de gran potencialidad, de perfecta dicción por momentos arruina versiones y en otras las redignifica (el caso de «El hombre del piano», de Billy Joel, es todo un ejemplo), pero nunca conmueve. Tampoco shockea o deja anonadado o ejerce la sorpresa al público más exigente. Es una señora, que al igual que Víctor Manuel, disfruta a full del escenario y tuvo un buen rendimiento cuando atacó un par de canciones nuevas como «Peces de ciudad» (de Joaquín Sabina) y la generacional «Yo también nací en el 53″, pero sus partes no crecieron en intensidad. Y allí fue que desfilaron los clásicos como «Asturias» (probablemente de lo mejor de la velada), los ensayos amorosos como «Adónde irán los besos», los superhit «Ay amor» y «Nada sabe tan dulce como tu boca», todo coronado hacia el epílogo del concierto con «Las puertas de Alcalá».

En suma, hubo dos voces que siguen siendo bellas en su expedición que abordan canciones para nostálgicos con una banda (donde apareció su hijo al mando de los teclados sin mayor brillo; el chaval debería tener una banda hip-hop y no condenarse a semejante retórica de los pais) con instrumentistas solventes en cuerdas (el guitarrista, por sus maneras y su modo de digitación, se equivocó de concierto: debió estar en un escenario roquero, pero esa es la condición de los sesionistas: cumplir con lo que pinte y cumplió sobradamente dejando marcado su territorio con gran temperamento y personalidad) y en percusión, con un saxofonista que pudo haber dado mucho más, pero que globalmente estuvieron al servicio de la pareja.

Y la pareja, hoy, es una forma del revival, puro refrito. No pasa nada, nada pasa, todo una lástima porque el cronista está escribiendo estas líneas acerca de dos personajes que sabe son calurosos, intachables y apasionados. Faltó pasión y faltó capacidad de riesgo, ante tanta gentileza y buenas manera que no fueron suficientes.

La revancha uruguaya será el próximo 21 de noviembre en el Teatro de Verano de Montevideo. *

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