Mucho humo y poca luz
JORGE ARIAS
La coreografía es poco más de lo que puede ofrecer la pista de una discoteca y los textos son primarios. «Banderas en tu corazón» logra, debemos reconocerlo, dos marcas insuperables en ambos rubros: pocos momentos, en lo que va del año teatral, fueron más ridículos que el monólogo de la vaca golpeada por un artefacto del espacio o, en cuanto a danza, lo que llamaríamos el «baile de la percha» (antes, en una época que «ya fue», se decía que alguien estaba «perchado» cuando estaba fuera de juego, como los trajes en el ropero). Los propósitos de los autores, que hemos leído en LA REPUBLICA (20 de octubre, página 40) son imprecisos, pero impresionantes. Quieren «asumir un compromiso con la realidad de nuestro país»; algo más adelante cobran aliento y afirman, misión cumplida, que la obra es, ya, «aleccionante y comprometida». Saben que su pieza, que «retoma la tradición… del teatro social, que relaciona la cultura con la realidad» es un buen instrumento para contribuir «… a la maduración de las nuevas generaciones» y «a edificar un futuro con expectativas». Buenos deseos, muchachos (?) en el mejor de los casos. Que la música de «Los redonditos de ricota» los refleje, los consuele (sic) y los haga vibrar (sic) es cuestión de gustos, que no vamos a discutir; otros pueden escribir Janis Joplin, los Rolling Stones; quizás algún anciano escriba, avergonzado, César Franck o Hugo Wolff… Pero es un absoluto sinsentido, no obstante muy revelador, que los «jóvenes» de «Banderas en el corazón» vean a la «cultura», de la que forman parte, como algo distinto de la «realidad» y aún que digan que vale la pena relacionarlas.
El afán aleccionante, nada menos que contribuir a madurar las nuevas generaciones a partir de «Los redonditos de ricota» es una de las muchas reediciones de una vieja matraca «hippie», «Haga el amor y no la guerra», que viene por lo menos de «Woodstock» (1969) y dejó de sonar, gracias a Dios, hace tiempo: eran las épocas en que Timothy Leary y algunos siquiátras locales predicaban el evangelio del LSD: la «liberación» y el «compromiso» vendrían luego de oír mucho rock, con el correspondiente ácido y la connatural producción de endorfinas, fenómeno que se conoce desde los misterios de Eleusis, cuando los griegos llamaban «ambrosía» a los hongos alucinógenos.
Cada tanto algunos jóvenes, y otros que ya no lo son, descubren o redescubren los méritos redentores de la música y el amor, del mismo modo en que Tolstoi encontró propósitos diabólicos en la «Sonata a Kreutzer», o como algún ingenuo, cada tanto también, reinventa el paraguas. Nos olvidábamos: querer ser joven después de los cuarenta es el complejo de Peter Pan, el niño eterno, el que no puede ni quiere madurar, pero que aquí pretende madurar a los demás.
Desde el punto de vista del teatro que es el que, modestamente, nos corresponde y abandonando el tema del importante impacto pedagógico de «Banderas en el corazón» sobre la realidad uruguaya a los Marx y Engels del futuro, cabe decir que no hay ninguna relación entre la música de «Los redonditos de ricota» con la acción dramática de la obra. Cada tanto la banda suena y los jóvenes bailan; cada tanto hablan y se aquieta la música. Hay unos toques de «Trainspotting» y una pizca de «Episodios de la vida posmoderna»: vale decir que no hay ninguna progresión, ninguna dirección clara, ninguna trama, ningún argumento. En algún punto, pasada la primera hora del espectáculo, todo está como al comienzo: aquello pudo terminar allí o seguir cuatro horas más.
Desde el principio, una densa humareda artificial cubría la escena y la platea. Humos: «Banderas en tu corazón» fue exactamente eso. *
BANDERAS EN TU CORAZON, de Raquel Diana, por El Galpón, con Lucía Sommer, Dante Alfonso, Bernardo Trías, Claudia Trecu y Marcelo Pagani. Ambientación escénica de «Abajo los plásticos», iluminación de Verónica Loza, coreografía de Bernardo Trías, canciones de «Los redonditos de ricota» y «El soldado», dirección de Jorge Bonelli y Raquel Diana. Estreno del 20 de octubre en Teatro El Galpón, sala Atahualpa.
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