Cuento de hadas siniestro
Es otra incursión del director de Exótica y El dulce porvenir en tortuosidades de conducta, climas sugestivos y extrañezas de comportamiento. Se trata, también, de una nueva entrega del proyecto «Viva la diferencia», dedicado a promover un cine de valor creativo y artístico.
Se ha podido señalar que hay siempre un costado «cuento de hadas» en el cine de Egoyan. Al igual que en El dulce porvenir, hay en esta nueva película de Egoyan una joven inocente (Elaine Cassidy) que sirve de eje a la historia, y un conjunto de flashbacks que recuperan acciones pasadas e iluminan un complejo presente. La Felicia en cuestión es una joven irlandesa embarazada, perdida en un mundo que no termina de comprender, cuya suerte se cruza con el de un monstruo contemporáneo, un serial killer (o que cree serlo) que se oculta tras el aire amable y la edad mediana del gordito Bob Hoskins.
A diferencia de los thrillers rutinarios, en los que los asesinos seriales suelen ser presentados como genios casi sobrenaturales (Hannibal Lecter) o monstruos surgidos de la nada, el punto de vista de Egoyan es más inquietante. A través de los flashbacks, el espectador sabe casi desde el principio que Hoskins ha perpetrado o imaginado perpetrar una serie de atrocidades, pero nada de ello estorba la gentileza, el aire de genuino interés y hasta el gesto protector con que acoge a esa muchacha que llega a un pueblo industrial del norte de Inglaterra en busca de su padre, y a la que trata en la misma forma que a sus posibles anteriores víctimas.
Se ha hecho mención a la sombra de Alfred Hitchcock en esta película. Egoyan participó con una video instalación titulada Evidencia en el homenaje que se le tributara a Hitchcock en el Museo de Arte Moderno de Oxford, y las referencias que incorpora en su filme son muy nítidas: no solamente adjudica a su criminal, real o imaginario, una dependencia con respecto a una imagen materna dominante (como la de Norman Bates en Psicosis o, la del asesino de Frenesí), sino que cita uno de los más recordados momentos de La sospecha (1942).
Sin embargo, las referencias a Hitchcock son fundamentalmente un recurso narrativo, la apelación a una mitología consolidada que permite al director establecer sus propios términos. El énfasis puesto sobre la figura de la madre evocada a través de la incorporación de videos que son otra de las marcas de fábrica de Egoyan, aporta (sobre todo gracias a la composición de la actriz Arsinée Khanijan, esposa del cineasta) un elemento de extravagancia y grotesco a una película que de otra manera habría sido un thriller psicológico «serio». Es significativo que ese aspecto del filme (y también el desenlace) sea uno de los que más se aleja de la novela de William Trevor en la que se basa.
En todo caso, en su obsesión por el video (imágenes de la madre, su propia infancia, sus presuntas víctimas) se proyecta el tortuoso mundo interior del personaje de Hopkins, que tal vez haya que entender como metafórico: la ambigüedad de toda la situación es acaso el rasgo donde la personalidad del director está más patente. *
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