"Un fantasma dormido"

Cuando apareció en escena Juan Jones (el presentador), contra una escenografía (Carlos Pirelli) azulada que parece por partes un establo, las mazmorras de Piranesi y, en el medio, un drapeado sobre el baldaquino de una cama del Renacimiento, y dice que está en un pueblo, que aquí está el bar, que aquí es la casa del médico y allá se enciende una luz, ya pudo saberse que el espectáculo era inviable, porque nada apoyaba las sugerencias: el escenario, demasiado pequeño y rígidamente asentado, no podía albergar el microcosmos que postuló el autor.

Y cuando los demás actores, en su mayoría muy por debajo de las exigencias de sus papeles, comenzaron a decir sus partes, se tuvo la certeza de que aquello nunca podría funcionar. Como consecuencia de tantos estorbos, no hubo una sola escena que se armara y resolviera con claridad y eficacia y los diálogos se desenvolvieron opacos, sin ritmo, sin contrastes ni matices vocales.

Pero todavía hay algo que decir de la obra de Wilder: tampoco hubo un solo momento en que la obra se sobrepusiera a la puesta en escena. «Nuestro pueblo» no ha envejecido, sin embargo; pero tal como se presentó fue anticuada y fuera de época. Cuando se estrenó en los EEUU (1938), la obra se alineó, tardíamente, en la «rebelión de la aldea»: la serie de obras que reivindicaron la vida del pueblo, esa madre cruel y protectora, los ojos puestos en la inminente y despersonalizadora globalización.

En esta línea se inscribieron Edgar Lee Masters con su pioneros en los meritorios poemas de la «Antología de Spoon River», Sherwood Anderson en su magistral «Winesburg, Ohio» y aun Sinclair Lewis en «Main Street»; «La última película» de Bogdanovich fue quizás su epitafio. Pero todavía el mundo no se había transformado en una aldea global, y lo que en su momento era realidad hoy tiene, pese al brillo de su escritura, un matiz anacrónico, una pátina fantasmal que debió repararse con una puesta al día que relacionara a los pueblos de 1915/1930 con el presente. George Willard, el héroe de «Winesburg, Ohio», abandona el pueblo en la última página: no podemos dudar que Anderson –o Masters, o Wilder– habría escrito un epílogo que tendiera un puente hasta hoy, sin lo cual esta delicada historia está tan muerta como los seres que pueblan el cementerio en la colina.

El director, Jorge Denevi, de cuyo talento dramático e inteligencia no puede dudarse, ha hecho lo posible con los elementos que tenía a mano. No es un elogio: la situación de nuestra escena es mala, pero nada justifica que se ponga en escena una obra con la mitad de los medios necesarios para hacerla bien. Este hacer las cosas a medias en la puesta en escena, donde Denevi reitera su error de «El tiempo y los Conway» de Priestley, es tan dañino para el teatro como ciertas obras de las que más vale olvidarse: en ambos casos se arriesga alejar al público de las salas teatrales.

Quizás se piense que la presencia de las grandes obras, aun maltrechas, honra al teatro, del mismo modo que, según Chesterton, el feligrés honra a Dios aunque se duerma en la iglesia; pero los sacerdotes del arte no pueden dormir. Jesucristo dijo, por el contrario: «Velad». *

 

NUESTRO PUEBLO, de Thornton Wilder, por Teatro de La Gaviota. Con Juan Jones, Gonzalo Queiroz, Pedro Manini, Benjamín Reznikas, Laura Fedele, Sebastián Serantes, María Paula Echinope, Rossana Ramón, Matías Valentín, Lidia Etchemendy, Félix Correa, Virginia Cardinal, Enrique Micol, Gabriel Guev, Gerardo de León, Sofía Etcheverry, Dinorah Franco, Marta S. de Muto, Júver Salcedo, Carlos Lissardy, Fiorella Gambia, Vilma Dacasto, Carolina Cerruti, Lucía Pereira y Eduardo Patrone. Escenografía y vestuario de Carlos Pirelli, iluminación de Juan José Ferragut, música y ambientación sonora de Pablo Pérez Veiga, dirección de Jorge Denevi. Estreno del 17 de agosto, Teatro Stella d’Italia, Mercedes No. 1805 Tel. 402 05 42.

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