Panoramas paradójicos
El mundo de «Cuatro caballetes» parece reducirse a una colina donde cuatro pintores concurren con el propósito de pintar el mismo paisaje; pero la colina no existe, uno de los caballetes nunca llega a instalarse, el panorama es confuso, los artistas vacilan.
A uno de ellos, que llaman Escribano, lo aflige una alergia y abre un paraguas cuando no llueve; a otro le falta un color, un tercero, a quien llaman El Doctor, se lo presta, pero nadie puede desenroscar la tapita del tubo; el cuarto se angustia con temibles aviones que quizás transporten cargas letales y hasta anuncien el comienzo de una guerra; un niño muere ahogado en un arroyo próximo; El Doctor, absorto, pinta sin tregua, tose, se asfixia, está a punto de morir, es reanimado por El Escribano. El Pastor predica una rara religión sin mística pero con fanatismo, abomina del paisaje disponible, quiere pintar el mar. Al fin, luego de varios amagues, aparece el cuarto pintor, Ugo, que no tiene ni caballete ni cuadro y que tampoco ha subido a la colina; está enfermo, va a morir. Todo lo sólido se disuelve en el aire: de pronto no hay colina, pintores, caballetes, cuadros; no hay Pastor, ni Escribano, ni Doctor… pero, naturalmente, no revelaremos la explicación final, pese a que poco modifica la percepción de la obra que se conozca o no qué guardaba bajo la capa el prestidigitador Griffero. El mundo es mi voluntad, escribió Schopenhauer, pero es también mi representación. Está en «Cuatro caballetes» el tema filosófico del conocimiento, de lo que precede necesariamente a la percepción, las formas sintéticas a priori, las miradas que modifican al mundo. Teatro del absurdo, quizás, pero más aun teatro filosófico: encontramos a Griffero más vecino de las fantasías de Sartre en «A puerta cerrada» o de Camus en «El malentendido» que de las invenciones de Ionesco. Sus méritos son una considerable inventiva, una valiosa observación de las pequeñeces significativas, un solícito sentido del humor, un don poético muy cierto y nada exhibido, una delicada dosis de ternura que ya pudo percibir nuestro público en anteriores obras de Griffero como «DesTiempo» (dirección de Gustavo A. Ruegger, 1988 y 1996), «Príncipe azul» (dirección de Walter Cotelo, 1995), «Criatura» (dirección del mismo Fabián Sales, 1999) y aun la anterior y hermosa versión de «Cuatro caballetes» con dirección de Carlos Saralegui (1994) donde una Monja ocupaba el lugar que hoy tiene El Pastor.
La Compañía Nacional de Teatro de Costa Rica, con la dirección de nuestro joven compatriota Fabián Sales, cumple una labor de muchos méritos. El estilo de actuación es para nosotros reconocible y compartible en cuanto a tono, dicción, volúmenes de voz y mímica; la interpretación es del todo acorde al difícil juego en dos planos disímiles y simultáneos, dentro de cada personaje, que impone el libreto; el director, que ha afirmado las cualidades que ya mostrara en «Criatura» (1999) mueve la acción con criterio y soltura, conformando un grato espectáculo y una noche de buen teatro.
CUATRO CABALLETES, de Eugenio Griffero, en versión de Fabián Sales, por la Compañía Nacional de Teatro Costa Rica, con Elías Jiménez, Gerardo Arce, Lenin Vargas y Rodrigo Durán Bunster. Música original de C. Escalante Macaya, escenografía e iluminación de Fabián Sales y Javier Fernández, dirección de Fabián Sales.
Estreno del 6 de setiembre, Teatro Stella d’Italia, Mercedes 1605, Tel. 408 26 49. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad