Nosotros y nuestros miedos
Buen elenco encabezado por Nicole Kidman, Christopjer Eccleston, Alakina Mann, Eric Sycks y Fionula Flanagan.
Una mansión situada en una isla del canal de la Mancha. Una madre (Nicole Kidman) que vive con dos pequeños hijos Anne y Nicholas que padecen de una cierta aversión a la luz pura del día y que espera que desespera el regreso de su esposo de la guerra: es el cuadro de situación en el cual el cineasta chileno-español Alejandro Aménabar, en su primera incursión hollywoodense, recupera estéticamente como superficie tradicional del terror o, más concretamente, de los miedos primarios aunque en esta ocasión con un desplazamiento hacia lo sobenatural. Ese es el punto de partida de Los otros (The Others).
Lo bueno del filme, que trabaja por acumulación de datos –optando por una mecánica de sugerencias, lo cual hace de Amenábar un fiel a las constantes estilísticas del género–, es que los espectadores eleven su tensión ante una serie de sucesos que, más que mostrarlos explícitamente, se intuyen como los propios personajes del conflicto. Ensayo sobre el miedo, entonces, hay la existencia de una madre estrictamente religiosa y a la vez sobreprotectora de esos niños: todo un subtema que empeora las cosas y que se verá potenciado por el arribo de tres sirvientes que parecen haber traído en sus andares y en gestualidades presencias raras, otras voces, ese puente al más allá.
Por cierto que el filme se permite, en su tensión dramática, giros inesperados y una serie de atmósferas turbadoras e inquietantes, que tendrán sus golpes de efecto de acuerdo a la visión de los espectadores, una paridad de sofocación entre la morada y esos otros y la señora con sus vuelcos histéricos y hasta abismales (Nicole Kidman).
Los climas, por cierto, son de una paleta deliberadamente oscura y asimismo puede admitirse la solvencia de Amenábar en la regulación de los ritmos, de los parlamentos, de la noción del suspenso y en consecuencia de un relato que va creciendo morosamente, en forma abarcadora.
Los otros es un filme correctísimo si se piensa que su realizador, Amenábar, logra trabajar desde y dentro de la tradición de los cuentos de fantasmas y de una manera de hacer cine: usa sus convenciones con extrema sensibilidad y hace del miedo, ese rubor tan primitivo, el verdadero protagonista sin mostrar demasiado, sino sus puntuaciones en la fricción de los personajes. ¿O sí? Hay ingenio, pues. Inteligencia y un rendimiento actoral solventísimo.
Y es este un relato que promueve desasosiego con un epílogo que, a la manera de Sexto sentido, por citar un ejemplo, no debe ser escrito en estas reflexiones. Puede verse. *
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