El regreso del último maestro italiano
Abandonando un prolongado ostracismo, a los 89 años de edad y pese a su precaria salud, el cineasta peninsular volvió a situarse detrás de las cámaras, para renovar su eterno romance con el séptimo arte.
Asumiendo que su vida es una lucha contra el tiempo con un desenlace previsible, Antonioni está rodando Eros, en locaciones de la costa italiana de Toscana. El filme, que integrará una obra colectiva en episodios de la que participarán naturalmente otros directores, se inspira en el libro del propio Antonioni, Quel bowling sul Tevere.
Michelangelo Antonioni nació en 1912 en Ferrara y se formó en la Universidad de Bologna.
Su prematura pasión por el cine tuvo su primera expresión como crítico cinematográfico, lo que le otorgó la oportunidad de apreciar abundante cine y desarrollar su potencial sensibilidad.
Antes de asumir la dirección de su primera obra, el mítico cineasta fue guionista, ayudante de dirección y documentista, aleccionante experiencia que resultó capital en su futura producción.
Entre 1945 y 1949, en los primeros años de la posguerra, realizó siete documentales, que le permitieron comenzar a moldear y depurar sus indudables aptitudes para la creación.
Entre la alienación y la incomunicación
No obstante, su debut como director no se haría esperar, ya que en 1950 logró concretar su primer largometraje, Crónica de un amor.
Antonioni –que desde el comienzo de su exitosa carrera insinuó que no estaba dispuesto a dejarse fagocitar por la megaindustria–, presentó tres años después el filme La señora sin camelias, al que siguieron, sucesivamente, Las amigas (1955) y El grito (1957).
Los amantes del cine alejado de las complacientes marquesinas y la taquilla, debieron aguardar luego tres años para conocer al Antonioni más brillante y sugerente de la década del sesenta.
Precisamente, en 1960, el célebre cineasta comenzó a presentar su tetralogía integrada por La aventura, La noche (1961 – primer premio en el Festival de Berlín), El eclipse (1962) y El desierto rojo (1964), que fue su primera obra en colores tras un largo período en blanco y negro, protagonizada por una joven Mónica Vitti.
Sin abandonar sus proverbiales inquietudes existencialistas, Antonioni modificó algunos escenarios espaciales pero no los territorios emocionales recurrentemente transitados.
En 1966 se conoció su nuevo filme Blow Up (Deseo en una mañana de verano), una obra hermética e introspectiva que releva los paisajes humanos a partir de la experiencia de un solitario fotógrafo obsesionado con registrar la realidad.
El papel protagónico del filme, que se inspira en un cuento de Julio Cortázar, fue confiado en esta oportunidad al actor inglés David Hemmings, que por entonces estaba en pleno auge de sus reconocidas cualidades histriónicas.
La película, de ritmo narrativo, pausado y moroso, confrontaba al espectador al abismo de la soledad y la incomunicación, en una sociedad cada vez más frenética e indiferente.
Su siguiente película, que tuvo importante receptividad de taquilla en una época en que abundaba la oferta cinematográfica de calidad, fue Zabriskie Point (1970), filmada en los Estados Unidos. La audacia de algunas de sus escenas provocó más de una conmoción, en un tiempo histórico aún cargado de tabúes.
Dos años después llegarían Chung-Kuo (1972) y El reportero (1975) – conocida en nuestro país como El pasajero.
Como se recordará, este último filme alcanzó singular éxito en su estreno montevideano, por la presencia del aún joven Jack Nicholson al frente del reparto. El actor –que hoy es una leyenda viviente del cine y ganó ya dos premios Oscar de la Academia de Hollywood– había irrumpido en la pantalla con su estilo transgresor, asumiendo un pequeño papel en la emblemática Busco mi destino y luego en el rol protagónico de la obra inconformista Mi vida es mi vida.
Naturalmente, este es apenas una sucinto repaso de los mejores títulos de la profusa producción del maestro Michelángelo Antonioni, que rodó luego –en 1982– Identificación de una mujer, donde el punto de vista femenino es sustituido por un observador masculino.
Autor o coautor de la mayoría de los guiones que trasladó a la pantalla grande, el cine de Antonioni propone una mirada particular de la sociedad moderna y sus prisas.
Su paleta artística pinceló siempre –con trazo despiadado– la alienación contemporánea, el aburrimiento, la crisis de relacionamiento y el erotismo sin amor, entre otros conflictos típicos de un tiempo histórico que se ha proyectado a este incierto tercer milenio.
Después de trece años postrado e incluso hasta privado de la facultad del habla (paradójicamente su obsesión fue siempre la incomunicación humana), Michelangelo Antonioni dirigió, junto a Wim Wenders, Más allá de las nubes (1995), filme que obtuvo dos galardones en el prestigioso Festival de Venecia de ese año.
Un vanguardista en un universo neorrealista
Antonioni, que comenzó su proceso de maduración artística en el prolífico período de posguerra, es el único sobreviviente de una brillante generación de maestros italianos que catapultó al cine peninsular a las cimas del reconocimiento internacional.
Calificado recurrentemente como un vanguardista, el hoy legendario cineasta convivió en el período histórico de auge del llamado neorrealismo, que emergió como una renovadora escuela cinematográfica en el período de posguerra.
Eran los tiempos de Roberto Rossellini y su emblemática Roma, ciudad abierta, la removedora Ossessione, del inolvidable Luchino Visconti, y Vittorio De Sica, sin olvidar, naturalmente, al gran Federico Fellini, que marcó un hito en la historia del cine italiano con su intenso lirismo costumbrista impregnado de tragedia e ironía.
Por entonces, el cine europeo y el italiano en particular, enfrentaban ya la creciente competencia de la poderosa industria norteamericana, que comenzaba a invadir las salas exhibidoras con productos que priorizaban la taquilla sobre la calidad artística.
En la década del sesenta, Antonioni compartió espacios con Pier Paolo Passolini, sin dudas un monstruo sagrado del cine italiano con sus controvertidos Teorema y El Evangelio Según San Mateo, Bernardo Bertolucci, Ettore Scola y Marco Bellocchio.
Michelangelo Antonioni sobrevive hoy con 89 años de edad, cuando los grandes mitos del cine italiano de posguerra ya no están e incluso su legado parece ser ignorado, salvo en muestras cinematográficas reservadas a un público restringido y naturalmente exigente.
Hoy, con Bernardo Bertolucci ya asociado a la gran industria del pasatiempo luego del clamoroso éxito de El último emperador, el cine italiano lucha por conservar su identidad, con actores-directores como Nanni Moretti (Caro diario) y Roberto Benigni (La vida es bella) y, naturalmente, Gianni Ameglio (L´América). Sin embargo, ninguno de estos tres creadores ha obtenido el reconocimiento internacional de las generaciones que les precedieron.
Michelangelo Antonioni, que es un cineasta paradigmático en más de un sentido, asume hoy quizás el último gran desafío de su prolongada carrera con el filme actualmente en rodaje.
En este tercer milenio que parece parido del vientre de la violencia, el reconocimiento al legendario Antonioni se torna casi un imperativo ético, por tratarse de uno de los más descollantes creadores de la segunda mitad del siglo XX. *
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