Otto Dix, magistral alegato antibélico
La muestra comprende 86 grabados divididos en dos sectores. En Trabajos gráficos críticos, fechados entre 1920 y 1924, aguafuertes y litografías (algunas en color), constituyen uno de los más feroces alegatos antibélicos sobre la posguerra en una Alemania dispuesta a olvidar los traumáticos hechos históricos recientes en el frenesí de los «años locos». Por otro lado, están cinco carpetas con diez grabados en metal cada una, con ediciones de 70 ejemplares, publicadas en 1924, y ejecutadas ese año y el anterior, llevan el título La guerra, se basan en dibujos y recuerdos de los diferentes lugares en que participó, entre 1916 y 1918, como soldado en el frente de batalla. Son el testimonio directo de una experiencia vivida en el entorno alucinante de la cruelísima Primera Guerra Mundial que duró cuatro años y que el cine dejó esa emocionante versión de la novela de Erich María Remarque Sin novedad en el frente por el director Lewis Milestone.
Otto Dix (1891-1969) además de grabador que empleó diferentes técnicas (aguafuerte, aguatinta, punta seca, buril y litografía, como Goya, de donde procede su irradiante energía, así como están presentes Brueghel y Honoré Daumier), fue también un extraordinario pintor (como Goya) cuya fecunda inventiva, por momentos más brutal que en las estampas, se puede seguir en el excelente video sobre su obra que se proyecta en el museo de miércoles a viernes a las 16.00 horas.
Si las influencias de grandes personalidades del pasado, ya anotadas, y de las corrientes vanguardísticas del siglo XX (futurismo, cubismo, dadaísmo), asimiladas en un sincretismo original de explosiva composición (los neoexpresionistas del setenta parecen salidos de un jardín de infantes con sus estereotipos emotivos), constituyen los referentes más directos de la producción de Otto Dix, el marco adecuado está dado por la compleja situación social de Alemania en la década del veinte, con la instauración de la efímera República de Weimar. Soslayar ese contexto histórico es resbalar sobre las motivaciones y contenidos, el significado último de la obra de un hombre que pudo suscribir las palabras de Goya cuando escribió que realizó Los desastres de la guerra (1810-14) «para tener el gusto de decir eternamente a los hombres de que no sean bárbaros». Como después lo hará Picasso en Guernica (1937). Aunque las guerras, masacres y genocidios sean interminables (Corea, Vietnam, Timor, El Líbano, diferentes territorios de Africa y América Latina, Camboya, Chechenia, Croacia, Palestina, Afganistán) ante la impotencia, pasividad y complicidad de los organismos internacionales y las grandes potencias que saben lucrar con el tráfico de armas y los intereses económicos con un cinismo globalizador atroz e intolerable.
Alemania se transformó en la imagen de la desesperación en la primera posguerra del siglo XX. La humillación de la derrota y los extremismos ideológicos (el espartaquismo sovietizante y el ultranacionalismo reaccionario y revanchista) condujeron a la tensión constante con asesinatos políticos y racistas (Rosa Luxemburgo, Liebknetcht, Rathenau, Erberberg) , el putsch de Munich, la inflación galopante (se llevaba el dinero en cochecitos o carretillas para comprar el pan que costaba más de 200 millones de marcos) que contrastaba con la emergencia de una actividad cultural de excepcional envergadura desde la Bauhaus al expresionismo (en arte, cine, teatro, música, literatura, danza) prolongada en la frenética vida de los cabarets amparada en el pujante consumismo y los cambios de comportamiento social determinados por la vida al aire libre, los deportes, la moda, la radio, el automóvil y el avión, la irrupción de la mujer como protagonista, el avance de la prostitución y la corrupción que complejizaron el panorama alemán, especialmente en Berlín, la encandilante capital europea.
Otto Dix recogió de primera mano y por propia experiencia los horrores de la guerra y de la atribulada posguerra. Fue protagonista y testigo. Como un ángel exterminador disecó a la sociedad burguesa de su tiempo con implacable mirada y recordó la violencia de la guerra, sin piedad ni misericordia, la secuela de la posguerra, con dedo acusador de la frivolidad reinante. Los antihéroes constituyen el tema esencial de sus planchas de grabado, utilizando la misma técnica mixta goyesca donde el aguafuerte alterna con el aguatinta para, en el claroscuro que rodean o nacen las figuras implacables, éstas alcancen un relieve de estremecedora dramaticidad, casi en los límites de lo insoportable.
Hace cuatro años, en el mismo Museo Nacional de Artes Visuales, se exhibió una muestra de grabados de Goya y actualmente se puede ver Episodio de la invasión francesa, un óleo magistral de 25,5 x 32 cm, perteneciente a la colección del museo. Ahora, lo sucede Otto Dix, en su relevamiento estético de la crueldad sin anestesia, para recordarle a los hombres, una vez más, la inutilidad de la guerra, de cualquier guerra, donde no hay vencedores ni vencidos sino agresores y agredidos, víctimas y verdugos, igualmente comprometidos en la misma insensatez y locura. Por eso Goya y Otto Dix, son nuestros contemporáneos. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad