Adiós al maestro
Con motivo de la breve presencia en Uruguay de Luciano Alabarse, en aquel momento organizador del festival de teatro de Puerto Alegre, y por razones de su agenda extremamente cargada, no hubo más solución que brindarle una representación a puertas cerradas de Las Reinas de Normand Chaurette, último espectáculo que Eduardo había montado, para que Luciano pudiera verla antes de irse de nuestro país.
La representación comenzó a la una de la mañana y en la platea sólo estábamos Luciano, mi amigo y poeta Jorge Arias, su señora y también amiga Irene, Eduardo y yo. Durante todo el espectáculo –uno de los más inteligentes que he visto en los últimos años junto con un Hamlet que había visto unos meses antes en Bobigny montado por Peter Zadek–, no pude dejar de pensar que aquella representación para una platea restringida reproducía los códigos espaciales del teatro de corte francés del siglo XVII, uno de los siglos que Eduardo prefería, seguramente por el costado de refinamiento, elegancia y agudeza que lo caracterizaban tanto a él como a ese siglo.
Por supuesto que al final de la representación se lo comenté, y por supuesto también que dicho comentario lo divirtió mucho y nos permitió intercambiar al respecto toda una serie de esas anécdotas que Eduardo siempre estaba listo a contar con una tal precisión de conocimiento en el detalle que por momentos parecía que él mismo hubiera frecuentado en persona los círculos restringidos de Racine o las tertulias eruditas de Madame de Sevigné.
Esa fue la última vez que lo vi y la última imagen que recuerdo de él es verlo alejarse señorialmente en medio de la madrugada montevideana como si se tratara de un personaje nocturno de Dickens o de un verso sonámbulo de Mallarmé. Esa misma noche presentí tímidamente lo que la reciente noticia de su muerte me permitió confirmar: su último espectáculo fue testamentario.
Testamentario obviamente por el simple hecho de ser su último trabajo, pero también –y sobre todo– porque en esta puesta en escena Eduardo concentró con una gran intensidad todas las cualidades que siempre lo definieron, como si supiera que no le quedaba mucho tiempo por delante. Como si supiese que se trataba quizá de su último trabajo y que esa era una de sus últimas oportunidades.
Esto suele suceder con los grandes creadores que como grandes hombres no juegan a las escondidas con la muerte, sino que la enfrentan con el coraje que la enfrentaban los héroes de los mitos antiguos. En esta última puesta en escena estaba todo Eduardo: su admirable capacidad para la elección de textos siempre arriesgados, exigentes e inteligentes –una de las mayores virtudes de los grandes directores teatrales–; su extrema lucidez del espacio escénico que le permitía una exacerbada fineza a la hora de exponer; su sentido radical y cabal de la teatralidad, la cual montaba y desmantelaba permanentemente con una sutileza sin igual –Eduardo era mucho más brechteano que lo que podía parecer a simple vista–; su inquebrantable obsesión por levantar tesis estéticas por medio de un manejo privilegiado de la poética espacial y corporal; su brillante talento para esculpir con tanta perfección la voz de sus intérpretes; su exquisita dirección de actores de una sutileza e inteligencia típica de los verdaderos hombres de teatro que saben.
Recuerdo a Eduardo como seguramente lo recordarán todos aquellos quienes tuvimos el privilegio y el placer de conocerlo, es decir como un hombre extremadamente elegante no sólo en su impecable silueta e indumentaria sino también elegante en sus temas, maneras y gestos –era difícil resistir al encanto contemplativo del movimiento metódico y mesurado de sus manos–. Lo recuerdo como un hombre erudito con quien era un verdadero placer hablar acerca de cualquier tema ya que la conversación con Eduardo era siempre inteligente, ágil y extremadamente entretenida –había algo detrás de la acidez de algunas de sus réplicas que lo igualaban a Wilde.
Pero por sobre todas las cosas recuerdo de Eduardo su sonrisa y la generosidad exuberante de un hombre listo a ofrecer lo único y más valioso que tenía: un conocimiento exhaustivo y fundamentado de las cosas.
La muerte de Eduardo Schinca significa mucho más que la muerte de uno de nuestros más importantes directores teatrales, su desaparición física es la muerte de uno de los más grandes hombres de cultura que tuvo el Uruguay de la segunda mitad de siglo: es la muerte de uno de los hombres más inteligentes, cultos y brillantes que conoció nuestro país y que dedicó su vida entera a elaborar una reflexión ética y estética acerca del mundo. Pocos hombres como él tenían un dominio tal del conocimiento universal del hombre.
En mi vida he tenido pocos maestros, Eduardo era uno de los verdaderos. En él no había nada de los nuevos didácticos producidos por corrientes snobs y modernosas que invaden cada vez más nuestras academias, ni nada tampoco de esos pedagogos de pacotilla que dan cátedra desde sus bibliotecas apolilladas. Nada de eso.
Eduardo era uno de los verdaderos: esos a los que uno consulta y con los que uno conversa en permanencia, aún más allá de la muerte: «esa ignorada región» –como decía Hamlet y como Eduardo seguramente conocería de memoria– «esa ignorada región cuyos confines no vuelve a traspasar viajero alguno». *
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