Pequeñas causas, grandes efectos
Era un pequeño burgués, un hombre limitado; quizás por eso especialmente peligroso: es el «hombrecito» que detesta Alberto Restuccia. El autor desdeña toda la solemnidad del tema y se permite toda clase de bromas retrospectivas sobre la conveniencia de un horno, sobre el título de un libro que escribe un judío y que se sugiere sea «Mi lucha». Hitler no es el de «El gran dictador» de Chaplín, que ya había sido desinflado por el ridículo: es aún más inerme, más vulnerable, más dependiente. En ningún caso llega a la densidad humana de sus anfitriones, que lo protegen con la solicitud benevolente con que se socorre a un perro perdido. Pero el enfoque de Tabori, que es toda la originalidad de la pieza, no es trivial. Las catástrofes suceden a partir de pequeños azares, de acontecimientos que llegan, como dice Netzsche, «con patas de paloma». La noción de causalidad cede ante la casualidad, y el autor pone en acción, con certero efecto didáctico, la punzante pregunta de Lichtenberg: «¿Qué cosas suceden por las causas, y qué cosas suceden por azar?». Y Tabori despoja a Hitler de toda sugestión heroica como cruzado de la muerte, de todo apostolado, de todo acorde wagneriano. La muerte puede estar en las manos de un pelele, al que no hay que decorar. Alberto Rivero ha logrado con esta puesta en escena una realización aún superior a la de «Jubileo» (2000) del mismo George Tabori. Es un texto un tanto simplificado, por lo menos en relación a la puesta en escena de Jorge Lavelli en el teatro San Martín, en Buenos Aires, pero posiblemente, por ello, más concentrado y de un efecto más unívoco. En especial en parte por la adaptación y en parte por la notable interpretación de Jenny Galván, una actriz en ascenso, las escenas en que aparece la Muerte logran salvar su tinte episódico y se integran armónicamente con la acción general, lo que no pareció suceder en la versión de Lavelli.
Hay otro punto en que la puesta en escena de Rivero parece insuperable, y es la definición de Hitler como personaje en la interpretación de Ignacio Cardozo. Muy lejos del posible modelo de Chaplin, lejos de todo estereotipo pero anotando ya el comienzo de una personalidad rígida, bloqueada e histérica en grado tan superlativo como peligroso, el actor nos ofrece un Fürher inédito, al alcance de nuestra comprensión pero no menos temible. No menos excelente es la actuación de Daniel Bérgolo, en un papel del que logra dar toda su universal significción, y muy buenas son las interpretaciones de Noelia Campos en un papel transparente donde rezuma inocencia, Tito Prieto y Sergio Mautone. Como el año anterior con Jubileo, Alberto Rivero cuenta en su haber con esta «Mein Kampf farsa» con uno de los mejores espectáculos que vimos este año.
MEIN KAMPF FARSA, de George Tabori, traducción de Víctor M. Oller, con Tito Prieto, Daniel Bérgolo, Ignacio Cardozo, Noelia Campos, Jenny Galván y Sergio Mautone. Escenografía de Grupo EPA, vestuario de Nelson Mancebo, iluminación de José Ma. Papariello, selección musical, puesta en escena y dirección general de Alberto Rivero. *
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