BOB DYLAN Y SU FORMIDABLE NUEVO DISCO

El trovador que oye el futuro

En cuatro años, desde el lanzamiento Time Out Of Mind, de 1997, recibió tres Grammy, inclusive el de Álbum del Año, compuso y grabó «Things Have Changed», presentada en la película «The Wonderboys», por la cual recibió un premio Oscar de la Academia y el Golden Globe a comienzos de 2001. Dylan es asunto serio, muy serio.

El monumental disco Love And Theft (Amor y robo) es el primer álbum de estudio de Bob Dylan en cuatro años, luego de esa lección poética y musical, en definitiva cancionística que es su anterior registro discográfico: Time Out Of Mind, El álbum, número 43 del judío de Minessotta, presenta 12 composiciones fundadas con la banda de la gira de Bob Dylan, ampliada con otros músicos, entre los que se incluyen el legendario tecladista de Texas, Auggie Meyers. Dylan busca reírse de sí mismo. Hace de la condición paródica y de los géneros y subgéneros de la música popular contemporánea un estupendo mosaico o una paisajística en derrumbe donde el suceder de cierta comicidad provocada da paso, en segundos, a ese bufón narigón por cierto torturado, ultrasensible que le otorga a su música y a su poética un timbrazo, un fuerte timbrazo entre oscuro y apocalíptico.

Una suma de canciones –pues– maestras en su concepción y en su resolución que navegan por los receptores con la grandeza del tipo que, como Ezra Pound, puede llegar a oír el futuro y hacer lo que se le da la gana: transcurrir del blues al rock, del pop al ragtime o al folk, esto es, instalarse en cualquier modo estilístico para mandarse en una tónica confesional que no elude, en esta ocasión, y ya fue anotado, el humor. Si Dylan Thomas, el poeta galés que se bebió el mundo en 18 whyskies seguidos, pudiese escucharlo estaría por fin feliz de que, alguien como Robert Zimmerman, haya tomado su apellido para devenir artista. Y qué calidad de dimensión artística por más tormentos o estaciones de vida que haya disfrutado, Dylan es el mayor (in)fiel que haya parido la historia de la música popular. No es casual que diga rugosa y filosamente, riéndose de sí mismo: «Para mí el futuro ya es un asunto del pasado». Bancate ese defecto, brother.

Entre los títulos de las canciones en Love And Theft se incluyen, por ejemplo, «Tweedle Dee And Tweedle Dum», la rota balada desconsolada «Mississippi» y otras inflexiones bañadística pero de una impronta más relajada en «Summer Days», el impacto entre mordaz y sobrecogedor en «Bye And Bye» o la excepcional «Moonlight (una rareza del compositor que se impone como uno de los puntos más altos del compacto), la hondura blusera en «Lonesome Day Blues», la energética y ligera «Floater», el blues en plan acústico y desolado en «Highwater» (dedicada a Charlie Patton), los sobresaltos de guitarra con slide en «Honest With Me», el sarcasmo tremendo en «Po’ Boy», y otra vez ese blues tan de santo y seña dylaniano en «Cry A While» y la tradición-tensión del rockabilly en «Sugar Baby».

Bob Dylan comentó sobre este nuevo proyecto discográfico: «Todas las canciones son variaciones del tema de 12 barras y de melodías basadas en los blues. La música aquí es una grilla electrónica, siendo la letra la estructura subyacente que la mantiene en cohesión». Y en ese sentido, pues, arriesga el trovador: «Las canciones en sí mismas no tienen historia genética. ¿Son como Time Out Of Mind, u Oh Mercy, o Blood On The Tracks, o cualquiera? Probablemente no. Pienso que es más bien algo como un álbum de grandes éxitos, tipo volumen 1 y volumen 2. Sin los éxitos, o no por el momento, por lo menos.» Lo cierto es que el disco es un agente movilizante, multiplicador, complejo, nunca más de lo mismo: esos ecos de estas canciones que evocan a otras tantas de su vasta obra fundada son, en efecto, la esencia de Bob Dylan: ese ser y estar en permanente desasosiego, como si avanzara en punta de pies entre las miserias y los júbilos de los otros, ese nosotros que finalmente recupera admirablemente su yo particular y lo difunde con esa hechizante voz nasal. Es un disco elegante y a la vez visceral. Puede llegar a tener un toque romántico propio del utópico (su contratapa de desconsuelo o, si más le gusta, del desencantado) y volverse un torrente de constataciones epocales con la poética ya soberbia, inobjetable de monseñor Dylan. Obra maestra. *

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