Debe felicitarse la puesta de esta obra para adulto

El pájaro no canta hasta morir

Jorge Arias

Chance Wayne (Humberto de Vargas) es un gigoló en ciernes pero que todavía no ha perdido sus mejores esperanzas, simbolizadas en un amor juvenil, Cielo (o Heavenly, por Cecilia Patrón) al que ha vuelto a lo largo de los años y a donde vuelve ahora, por última vez, desafiando los temibles poderes terrenales del padre de la muchacha, Boss Finley (Rafael Salzano) que le cierran el paso.

Arrastra consigo, hasta por demás, todos sus pecados y todas «sus derrotas mordiéndole el alma»; pero también, como Shannon, el protagonista de La noche de la iguana, guarda en el fondo de su corazón un resto de decencia e idealismo. Si vive del amor que vende o que alquila, su meta es el amor puro que una vez probó, que guarda en la memoria como una prenda de que la felicidad es posible.

Todo se frustra: el amor de Chance debe morir porque murió la fecundidad, doble castración (o triple, según Larreta) similar a la del negro, castrado por violar a una mujer blanca, que se menciona en un discurso de Boss Finley. Chance es Blanche Du Bois (Un tranvía llamado deseo), en masculino: su pasado también lo persigue y sus culpas prevalecen sobre sus esperanzas.

Tal como está escrita la obra, parece desequilibrada o mal armada. Por algún motivo, nada claro, Williams introduce un segundo protagonista, la mujer que se hace llamar la Princesa Kosmonópolis, que en realidad es la actriz Alexandra del Lago (Lilián Olhagaray) todo un personaje en busca, si no de un autor, por lo menos de una obra entera. Como Blanche du Bois, la Princesa oculta su pasado y su verdadera identidad; anestesia el pánico a la vejez y el terror del fracaso con haschich, píldoras rosadas, vodka y amantes jóvenes. Pero el destino de Chance Wayne en el más fuerte y en el momento crítico Williams envuelve a la Princesa, luego de una inverosímil humillación, en un no menos inverosímil triunfo y la esacamotea para siempre.

Williams se nos da, en esta puesta en escena, en una adaptación de Antonio Larreta, que pone en práctica una idea rectora de gran interés. Larreta tiene la audacia de ir un poco más allá de Williams: acentúa los innuendos sexuales con varias sugestiones, matices y hasta episodios que si no son del todo pertinentes, van en el mismo sentido del autor.

Incluye una audaz escena de sexo, insinuaciones homosexuales (entre Chance y Junior) o incestuosas (entre Boss Finley y su hija Cielo) que la obra no hace explícitas y que en un caso niega expresamente (en la escena del acto 2º entre Boss y Cielo); y no retrocede Larreta, para el desenlace, ante el sadismo, en una escalofriante escena, no ya a lo Williams, sino a los Shakespeare o a lo Webster, donde una nueva castración va a punto de consumarse.

Todas y cada una de estas sobreescrituras tienen justificación, y es posible que Larreta sea más Williams que Williams, que tenía sus pudores; lo real es que estos agregados o prolongaciones, si bien dan otro matiz, más carnal y menos respirable a la obra toda, no afectan ni para bien ni para mal su línea argumental y su razón de ser.

Si las modificaciones de Larreta son neutras, no podemos decir lo mismo de la escenografía de Goeckler. No se sabe qué significan las formaciones arborescentes de plástico metidas dentro de prismas que sirven como fondo tanto a la habitación del hotel Royal Palms como a su bar, a la terraza de la casa de Finley y hasta a un escenario al aire libre. Dan un clima de irrealidad, pero lo dan a contramano de la acción. Pueden significar tantas cosas que ya no significan nada.

Luego, la necesidad o el deseo de incluir todas las escenas en un solo escenario llevó a una simultaneidad de acciones que no logró ir más allá de la novedad o de la originalidad. Así cuando dejan de hablar en el bar, por ejemplo, la amante de Finley, Miss Lucy (Mariana Trujillo) y el barman Stuff (Carlos Lissardy) que quedan estáticos, mirando lo que no ven, la escena en la pieza del hotel Royal Palms a cargo de Chance y la Princesa.

Tampoco nos resulta convincente la amputación de toda referencia marítima, tan presente en las acotaciones de Williams, con sus gaviotas y sus pájaros. En una omisión que se siente porque el elemento «agua» tiene mucha significación para Williams, como puede verse en La noche de la iguana; también lo tuvo para uno de los poetas predilectos de Williams, Hart Crane, dos de cuyos versos ilustran como epígrafe a Dulce pájaro de juventud.

El director Aguilera ofreció la obra con conocimiento del texto y con un fino sentido del teatro de Williams: es una puesta en escena pulcra, cuidadosa, con buena ilación, buen sentido del ritmo y muy buen apoyo en la interpretación; pero no intenta un rumbo creador individual. En la actuación las realizaciones parecieron individuales: no anárquicas, pero tampoco del todo armonizadas. Lilián Olhagaray estuvo a la altura del personaje más brillante de la obra; tenemos la impresión de que se le marcaron risas en exceso.

De Vargas exhibió de nuevo sus muchos méritos en convicción, voz, gestos y presencia escénica: los aspectos sórdidos de su personaje parecieron, sin embargo, mucho más logrados que sus aspectos románticos.

El resto del elenco, que actuó mayoritariamente del lado derecho del escenario, aunque cumplió su parte con corrección, fue frágil. Salzano hizo bien a Finley, pero no se sintieron ni el peso, ni la fuerza, ni la paranoia del personaje. Mariana Trujillo y Cecilia Patrón pasaron como delicados fantasmas por la escena; pero es algo que suele sucederles a las mujeres jóvenes en las obras de Williams.

El dulce pájaro de la juventud, de Tennessee Williams, en traducción y adaptación de Antonio Larreta, por teatro de La Gaviota, con Lilián Olhagaray, Humberto de Vargas, Rafael Salzano, Gonzalo Queiroz, Cecilia Patrón, Mariana Trujillo, Omar Robella, Juan Pablo Pichuaga, Carlos Lissardy, Sebastián Larrosa, Eduardo Patrone y Gerardo de León. Escenografía de Claudio Goeckler, vestuario de Nelson Mancebo, música de Fernando Condon, iluminación de Eduardo Guerrero, dirección general de Carlos Aguilera. En Teatro de la Gaviota.

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