"LA FUGA" MARCA UN PUNTO ALTO EN EL PROCESO DE MADURACION DEL CINE ARGENTINO

Escape de ángeles caídos

Postal de época, cada una de las tramas entrelazadas construyen un rompecabezas donde el cineasta describe el mundo interior de los personajes y el comportamiento del establishment. Excelente rendimiento del elenco a nivel coral, y especialmente de Miguel Angel Solá y Ricardo Darín.

Está muy bien La fuga. Explora, por ejemplo, la coyuntura social de época en Buenos Aires hacia 1928, a partir de una huida de personajes varios de la prisión como incidente central, y lo practica desde la mera escritura visual. El movimiento de esas criaturas y sus procedimientos, desde sus conductas, en la secuencia de historias hacen la lectura de un modo de materia moral e ideológica en el establishment en un país históricamente tan turbulento como la Argentina.

Lo que hace Eduardo Mignogna, escritor y realizador del filme, en ese sentido, es no colocarle a los diálogos de sus ángeles caídos (encabezados por Miguel Angel Solá, relator en off de la trama con sus verdades y sus consecuencias de aclimatación trágica) palabras que huelan a consigna y posición en el mundo. Hablan y constatan las imágenes.

El propio andar de los personajes hacen el comentario si se quiere ideológico del filme que, de algún modo, podría transferirse al de Mignogna. El de la existencia, si se quiere, de un país que se sigue buscando en los propios remolinos que provoca. El de la existencia de un Buenos Aires con sus leyes privadas; el Buenos Aires periférico y sobreviviente por sus mecánicas existenciales de borde, y por supuesto, el libertario frente al autoritarismo oficial (encarnado por el detective que todo lo puede, todo lo intuye en forma despiadada y que compone con destreza el chileno Patricio Contreras).

Por eso La fuga puede (y debe) ameritar, en la mirada histórica, una lectura política pero desde la sucesión de fotogramas, nunca de los monólogos o los coloquios de prisión o de la reconstrucción del antes y después del escape, del fluir de un relato nunca lineal (y que acude a la representación de los hechos individuales de los personajes centrales del filme mediante un fino trabajo de montaje con sus correspondientes acciones paralelas), que conlleva una aproximación a la literatura de Ricardo Piglia en aquellos primeros coletazos de textos conteniendo historias de tinte policial. De hecho el filme de Mignogna proviene de su novela homónima, así que el clima «literario» en el despliegue narrativo tampoco se esquiva, más bien se aprovecha de sus herramientas para darle mayor contextura al lenguaje cinematográfico.

Las historias de un estafador (Solá), de un anarquista (Alberto Jiménez), de un jugador de cartas que se las sabe (supo) todas (Ricardo Darín), de un homicida movido desquiciadamente por sus pasiones (Gerardo Romano), un inocente que no debería estar entre rejas (Alejandro Awada) y de dos secuestradores (Oscar Alegre y Vando Villamil) son, pues, más que ilustrativas en el sentido de ver a través de sus fricciones una panorámica epocal política y, a la vez, una suerte de On the road o Busco mi destino personal en los júbilos y melancolías de estos personajes que se harán, en sus gestualidades y en sus fatalidades entrañables para el espectador.

Y es mérito exclusivo de Mignogna el estupendo rediseño de época, si se piensa en los vestuarios y en los objetos, en los climas callejeros, en el slang o en la coloquialidad de la mayoría de los personajes. Al filme, más que verlo, se lo vive; y entonces Mignogna da su jaque mate sin estridencias, con un ligero barniz poético que mancha el discurrir de sus antihéroes. Son individuos, estos de Mignogna, que pueden transcurir en segundos de polo a polo: pueden ser gentiles y por cierto excesivos (la secuencia de cómo uno de los personajes, en su afán de venganza, destripa al Contreras policía atándolo a las hélices de una avioneta es más que demostrativa), ser serenos y desesperados, miserables y con una dignidad a prueba de todo y de todos, hechos de una moral diferente y devenir sujetos taciturnos enfatizados por la impotencia. Hay una serie de historias de amor y en ambas aparece el elemento de la traición: los personajes de Darín (asesinado luego de un juego de póker con un tal Ganz, caracterizado en breves minutos por Facundo Arana y que se lleva a la más fuerte de la historia, Inés Estévez) y de Romano, que juegan su partido en esa comarca ya constituida, internalizada por la propia noción de la traición. Por oposición, desde sus miserias más íntimas, estos personajes de Mignogna, se reinvindican en su calor humano, en el sistema de lealtad que se dispensan. Son las leyes privadas de esos individuos periféricos con un aire arltiano, si uno piensa en el personaje de Solá. Inmigrantes o hijo de inmigrantes que han sentido la línea divisoria que discrimina y aparta, pero que han sentado bases de una visión de mundo (los anarquistas). Por lo tanto La fuga es una reinvindicación del mal paso periférico frente a los malos pasos del establishment. Pero con un diferencia sustancial: en el después de la huida cada uno de los personajes, en su tanteo del destino personal, se vuelve una forma de la utopía en un escenario antiutópico. Ciudadanos comunes buscando un lugar en el mundo, para recordar a Aristarain.

Buscan pasarse en limpio en sus principios de deseo, en el territorio de las pertenencias afectivas y en el escenario de sus qué vendrá con la frente alta. Y allí Mignogna corona su línea discursiva: no hay héroes ni santos, no vale la idea de masacre (la caza que se proponen hacer de los personajes), ni buenos ni malos. Todos somos inocentes, todos somos villanos. ¿O sí? ¿O no?

La respuesta está en este espléndido fresco histórico de Mignogna que nunca decae en su relato o sus relatos de dinámica coral, que llama a la reflexión y hasta se da el gusto de que Norma Aleandro en un personaje secundario se vuelva inmensa en sus ocasionales intervenciones. *

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