Hoy es el Día Internacional de la Poesía

¿Quién extraña hoy a la poesía?

¿Cuánto más pobre es la vida de quien no lee poesía?, ¿es ésta tan esencial al alma como el agua al cuerpo? ¿Es la poesía un género agotado?, ¿o hay un revival de la poesía? Finalmente, ¿alguien sabe todavía qué es la poesía? En otros países, habrá grandes celebraciones y hasta «semanas» de la poesía, con lecturas públicas. En Montevideo, a las 19:30 en el Centro Cultural del Ministerio de Educación y Cultura (San José 1116), se realizará una mesa redonda con participación de los poetas Washington Benavides, Gladys Castelvecchi, Jorge Arbeleche, y la presencia del ministro de Educación y Cultura, Antonio Mercader.

Hace algunos años, las ediciones de poesía no superaban los 50 ejemplares para repartir entre los amigos y los clásicos se ponían amarillos en las librerías de viejo. Pero, sobre todo por influjo de Buenos Aires, parece haber un público más amplio para la poesía.

En la capital argentina, hace algunos años, los programas radiales más escuchados en horarios vespertinos eran programas de poesía. Las editoriales comerciales olfatearon el fenómeno y comenzaron a publicar libros de poemas selectos de poetas populares y clásicos en ediciones baratas y masivas para venta en los quioscos.

Por otro lado, en Uruguay hay una amplia camada de buenos poetas cuyos nombres son conocidos y se organizan peñas semanales de lectura en un par de boliches.

Con todo, sigue siendo una minoría la que consume poesía; quizá del mismo tamaño que el de los que la producen más o menos secretamente.

Ese qué sé yo Pero, de vuelta, ¿qué es la poesía?

La palabra, para algunos, debe circunscribirse a los textos literarios en verso, pero en el habla cotidiana se habla de poético como equivalente de bello, hasta para calificar un dribling.

El mexicano Alfonso Reyes escribió que «hoy tendemos a aplicar el término ‘poesía’ sólo a ciertas obras literarias: aquellas que ofrecen una ‘temperatura’ de ánimo que no se encuentra en obras de carácter discursivo».

Claro que Reyes sabe que el término ‘temperatura de ánimo’ es muy vago. Jean Paul Sartre explica que el poeta «ha optado definitivamente por la actitud poética que considera las palabras como cosas y no como signos».

Ezra Pound quiso ser más preciso cuando reclamó que el poema se justificara en el plano de la musicalidad, de las imágenes y del significado. Es decir, que diga algo, que lo diga con imágenes que despierten asociaciones que «reverberen» en nuestra cabeza, y con armonía sonora.

Y, claro, de inmediato hubo poetas que se aplicaron a hacer poemas que violen sistemáticamente uno o todos esos requerimientos.

Recursos dominantes

Se sabe que el hombre utiliza el lenguaje con fines emotivos desde la más remota antigüedad. A veces, simplemente repitiendo frases como letanías, para ocasiones religiosas. Otras, con recursos variados, para producir risa.

La poesía del antiguo Sumer, de las más antiguas conservadas, se basa en frases repetidas, seguramente para facilitar su memorización. Ese estilo puede encontrarse en la Biblia. Los griegos y luego los romanos utilizaron el pie –la suceción de sílabas acentuadas o no–, como procedimiento principal. Como un subproducto del canto gregoriano en la edad media aparece la rima, que pronto fue el procedimiento poético dominante, junto al conteo de las sílabas de cada verso.

Procedimientos, recursos. Ninguno imprescindible.

Cada idioma y tradición desarrolló los que más le acomodan. La poesía china cuida en ocasiones que la forma de los ideogramas –más estrecha, más florida– acomode al sentido del poema.

La «versificación castellana»

Hacia fines del siglo pasado (el XIX), la tradición de la «versificación castellana» se había consolidado en un corpus de reglas que delimitaban lo posible. Cuando Ruben Darío escribió Pórtico, como prólogo a un libro de Salvador Rueda, Leopoldo Alas (Clarín), escribió que aquellos no eran versos endecasílabos castellanos, porque los acentos no caían en las sílabas prefijadas y habría que leer «Píndaro diole sús ritmos preclaros».

Se aceptaban unos pocos tipos de endecasílabo (verso de 11 sílabas): yámbico (acentuando en primera y sexta, segunda y sexta o tercera y sexta) y sáfico (en cuarta con otro acento en sexta u octava).

La polémica la zanjó el filólogo Menéndez Pelayo, quien explicó que los de Darío eran endecasílabos de «gaita gallega» (acentuados en la cuarta y séptima sílaba). Un pie olvidado, que había sido usado en un viejo cantar: «Tanto bailé con el ama del cura/ tanto bailé que me dio calentura».

El olvido

El episodio muestra el grado de codificación que tuvo la poesía castellana. Y permite comprender mejor el prodigio que fue Darío, que innovó en casi todos los ámbitos sin salir de la tradición.

Hoy, ya pocos saben siquiera que en castellano todos los versos se consideraban graves, agregándose una sílaba al conteo de los que terminan en palabra aguda y quitándosela a las esdrújulas. Y es una lástima, porque sin saber estas cosas, que ya no se enseñan, se pierde la posibilidad de apreciar «el arte» e ingenio puesto por los poetas clásicos.

Arte que no se limitaba al conteo de sílabas, al uso de cesuras y sinalefas (para ganar o perder una sílaba); que iba en busca de la «eufonía» (sonido bello, cuyo ideal era la presencia de las cinco vocales en un verso). Que aplicaba diferentes formas de duplicación de sonidos e incluso de palabras, versos enteros y hasta estrofas, pero huyendo de rimas vulgares y gastadas.

Que en el terreno de la imagen trabajaba el uso de la metáfora, la antítesis, la paradoja, la sinestesia, el simbolismo y otros tropos retóricos, huyendo de los lugares comunes.

Ya en los años 20 de este siglo, paralelo al florecimiento de la formidable generación del 27 en España y movimientos similares en América Latina, las vanguardias comenzaron a probar todo. Imágenes extravagantes como las de los surrealistas, procedimientos formales laxos –como el verso libre– o muy formalizados, casi matemáticos.

Mientras una línea de la poesía del siglo XX fue llana y directa, buscando comunicar ampliamente las graves cosas que iban pasando, otra fue formal, críptica y sutil. Ambas produjeron obras extraordinarias y, claro, muchas de las otras. Ambas –si puede hablarse de sólo dos– buscaron romper con la tradición. Y lo peor es que lo lograron. A principios de siglo los poetas eran personajes públicos admirados y la poesía aparecía diariamente en los diarios e integraba la vida diaria de las personas. Pero antes de mediados de siglo, la mayoría de la gente había perdido el hilo del la poesía contemoránea, como de otras formas artísticas de vanguardia.

La pérdida de la costumbre de leer poesía hace difícil su apreciación. Porque uno se acostumbró a la narrativa y quiere avanzar rápidamente al final del poema para ver de qué trata. Y se trata precisamente de que uno lo saboree, encontrando relaciones internas que se iluminen mutuamente, nos iluminen, nos permitan descubrir las guiñadas o los desgarramientos del poeta.Los últimos años han traído un «vale todo», que liberó a los poetas de la necesidad imperiosa de «transgredir» y, como contrapartida a la coexistencia de cien escuelas, se disolvió la existencia de criterios de calidad académicamente consagrados. Sin embargo, se continúa leyendo poesía.

Y vale la pena.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje