Viene brava la paronimia
JUAN MENDIETA
Un estimado lector (como suele decir nuestro benemérito director en sus respuestas a las llamadas) me ha enviado el siguiente gazapo oído en algún medio oral (no especifica en cuál): «Es una potestad que el ministro no puede abrogarse«.
Se trata de un caso flagrante de paronimia traicionera. Me permito recordarles a los lectores qué quiere decir paronimia: se dice que dos o más vocablos son parónimos cuando guardan entre sí relación o semejanza, o por su etimología o solamente por su forma o sonido. Por ejemplo, infligir e infringir son parónimos en razón de que exhiben diferencias fónicas (y gráficas) apenas perceptibles. Ojo, no confundir con los homónimos (palabras idénticas para designar cosas diferentes, como es el caso de pío, que puede ser tanto la voz del pollo cuanto el adjetivo piadoso), ni con los homófonos (palabras que suenan igual al oído pero tienen significados diferentes y pueden exhibir diferencias gráficas, tal el caso de vaca y baca).
Cualquiera de estas variantes puede ser responsable de temibles confusiones semánticas o de sinsentidos desconcertantes.
Hecha esta aclaración, vayamos al asunto que nos convoca. Veamos. Quien pronunció la frase cuestionada parece que confundió abrogar –abolir, revocar– con arrogar(se) –atribuirse, apropiarse de algo inmaterial, como jurisdicción, facultad, etcétera–, con lo cual expresó una idea un tanto absurda: el ministro no puede abolirse esa potestad. Evidentemente se debió haber dicho «Es una potestad que el ministro no puede arrogarse«.
Tal vez la confusión se deba a la pronunciación con sonido fuerte [rr] de la ere que sigue a la be como en subrayar. Sea como sea, recomiendo directamente no usar el verbo abrogar puesto que contamos con sinónimos de empleo frecuente (abolir, derogar, revocar) que nos evitarán en lo sucesivo caer en errores de esta naturaleza. Y ya que estamos, le recuerdo al lector que también tenemos otro parónimo de estos dos: abogar, que significa «defender en juicio» e «interceder, hablar en favor de alguno».
–Así que a no confundirse. ¿Le quedó claro, Pereira?
–Clarito. ¿Y ahora, por qué usté no se arroga la facultad de mandar la vuelta, eh?
–¡Qué lo parió! *
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