BUENOS AIRES

El teatro fuera del festival

JORGE ARIAS

 

Al anunciársenos que el domingo 16 de setiembre, en ese santuario del teatro y el arte que es el Nuevo Teatro del Sur de Alberto Félix Alberto, se presentaba un espectáculo de ballet de Roxana Grinstein, no dudamos en aceptar la invitación; el 25 de setiembre la propuesta de ver una obra de Thomas Bernhard fue irresistible, el «Sportivo Teatral» de Bartís es siempre un desafío si no una provocación y, el penúltimo día, la presencia de un actor de la talla de Oscar Martínez nos llevó a ver, sin dudar tampoco, «Variaciones enigmáticas».

***»El escote» es un ballet cuya directora y autora es la múltiple Roxana Grinstein, una de los responsables del teatro underground «El Portón de Sánchez. El escote del título, que dio nombre a la compañía, es el lugar donde la espalda pierde su buen nombre. Grinstein intriga con la ambigüedad: no se sabe el género de los torsos semidesnudos que aparecen y que una magnífica iluminación hace dignamente insinuantes, en tanto oculta los rostros, por demasiado reveladores. Hay unos abanicos rojos donde los bailarines ocultan sus rostros y otros misterios; al fin el escote lo ha dicho todo, pero puede no haber dicho nada y hemos proyectado en un espacio vacío nuestros interiores. Los bailarines y bailarinas mostraron precisa técnica y buen actuar de conjunto.

Con *»Seres imaginarios» la coreógrafa Susana Szperling con el grupo «SZ Danza» intentó la creación de un universo paralelo donde no era fácil adivinar, no ya el género sino la especie de los bailarines, que al promediar la obra parecían animales domésticos y hacia el fin seres humanos; posiblemente la idea es que toda la evolución creadora es una metáfora de una fuerza vital única y sin nombre. La técnica volvió a ser impecable, pero el efecto artístico global no nos llegó en forma clara y distinta, sugiriendo un desarrollo por adición y no por crecimiento.

****»La fuerza de la costumbre», del escritor austríaco Thomas Bernhard, con dirección de Pompeyo Audivert, Andrés. Mangone y Marcelo Chaparro, en el Teatro Calibán, de Norman Briski (México 1428, Planta Baja, al fondo) fue el mejor teatro argentino que vimos en el Festival. La pieza es sólida de estructura y tan brillante como sobria; tiene inventiva continua, densidad conceptual, personajes verosímiles que viven en ese espacio que hay entre la cordura y la alienación que es el territorio de elección de Bernhard. La puesta en escena y la interpretación de Audivert como Caribaldi, que es a la vez director de un circo y de un quinteto de músicos que ensaya sin fin «La trucha» de Schubert, son magistrales: hay un ritmo perfecto, un equilibrio de actuación, una pulcra definición de planos que hizo al espectáculo una noche de gala para quienes aman al teatro.

*»La bohemia», de Sergio Boris, en el Sportivo Teatral de Ricardo Bartís, trata de la dificultad del no ver y de la aun más difícil convivencia de tres ciegos muy excitables. El autor se demora en penurias cotidianas, descree que la ceguera pueda coexistir con el arte, la paz del alma o el buen carácter y termina la pieza con un final que nada ha preparado, del mismo modo que podía haber seguido zarandeando a sus tres personajes. El estilo de Boris es azaroso y descuidado y la dirección marca desde el comienzo gritos, lo que proyecta a la obra desde un plano tan agudo que pronto llega a una exasperante vociferación.

**»Variaciones enigmáticas» de Eric-Emmanuel Schmitt, (Teatro Broadway) también podría llamarse «El visitante» como la obra homónima del mismo autor que nuestro público conoció en la puesta en escena de Bernardo Galli. El libreto, pulcro pero no brillante, desarrolla la intriga con más golpes de efecto que verdadera agudeza; el personaje del novelista célebre y malhumorado (Oscar Martínez) es convencional y la puesta en escena (Sergio Renán) es estática y parece limitada a pautar el texto. *

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