A.I: un Pinocho oscuro

RAUL FORLAN LAMARQUE

 

El director de la empresa Cybertronics, caracterizado por William Hurt, trata de explicar a su auditorio en ese futuro tan del aquí y ahora, que tomará riesgos como científico y que ya es momento de fundar un robot que pueda llegar a tener sentimientos y pueda emocionarse y aun más: llegar a sentir amor por sus semejantes. ¿Cómo lograrlo? Siempre hay una forma y allí está ese pequeño gigante que viene a ser Haley Joel Osment (Sexto Sentido y Cadena de favores), una variación de la fábula de Pinocho que tendrá padres y que arderá en deseos de ser correspondido en su fase emocional por una madre distante (Frances O’Connor) y un padre contemplativo al principio, imperativo más tarde y sobre todo intolerante cuando ya se instala nuevamente en su casa su verdadero hijo luego de haberse recuperado de un tremendo accidente.

A partir de allí nada será igual para ese Pinocho indagador y preguntón, dubitativo y a la vez enternecido que compone este actor mayúsculo que es Haley Joel Osment con su condición de marginal que no entiende su lugar en el mundo y en el entorno familiar.

El fin ese tramo, marca el comienzo de la utopía de Pinocho transferida a la cultura cibernética con la cual, dicho sea de paso, el excelentísimo Stan Winston hace gala de su talento para articular memorables efectos sonoros y visuales, especialmente hacia el epílogo del metraje con la visión de una Nueva York vacía y sombría, arrasada por las aguas.

Con estupendo rendimiento actoral, Spielberg dirige con mano maestra esta fábula escéptica y oscura como pocas en toda su trayectoria. Es como si el espíritu de Akira Kurosawa, su maestro según lo ha confesado públicamente, se hubiese montado a esta escritura visual con lujos y refinamientos varios pero que llega a sofocar y trata de buscar la necesaria puerta de emergencia.

Sin embargo, Inteligencia artificial es una lección de cine. Realmente, para no perdérsela. *

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