ARTE

Caminos de la enseñanza artística

La enseñanza del arte (si es que se puede enseñar) es uno de los problemas más acuciantes que aflige a las instituciones privadas y oficiales de todos los países. Desde la formación de las primeras academias, impulsadas por Giorgio Vasari y el duque de Cosimo en el siglo XVI, a la transformación en escuelas de bellas artes en 1795 por los revolucionarios franceses, esas instituciones se cacterizaron por programas conservadores y dogmáticos.

Por eso se multiplicó, a partir del siglo XX, la enseñanza en centros más dinámicos y abiertos a la actualidad (Slade School y St Martin School en Londres, Bauhaus en Alemania, New Bauhaus, College Black Mountain, Art Student’s League en Estados Unidos, la transformación de la Escuela Nacional de Bellas Artes de París por Yves Michaud, que además analizó y reflexionó sobre las escuelas artísticas en un librito sugestivo, para citar algunos, aunque Gustave Moreau desde su taller en esa institución orientó a muchos maestros de la vanguardia moderna). No hay receta ni método confiables ni convincentes para la formación artística.

Menos aún en los acelerados tiempos que corren donde la enseñanza (a secas, especializada) y los profesores quedan inevitablemente desfasados y obsoletos con la incorporación de nuevos lenguajes y tecnologías de punta.

Porque si hasta hace pocos años era relativamente cómodo trasmitir la experiencia personal en pintura, dibujo, grabado o escultura (sin tener formación docente) hoy esas instancias parecen relictos del pasado. La complejidad del saber a trasmitir incluye los lenguajes del histórico ayer y las urgencias de las modalidades contemporáneas en generaciones inquietas que, bombardeadas por la propaganda del triunfalismo rápido y a cualquier precio, acortan los períodos y cambian de enseñante varias veces al año.

Los viajes de estudio, tan indispensables y formativos al entrar en contacto con otras sensibilidades e ideas, no son frecuentes en los currículos y, si los hubo, ni se mencionan. Visitas reiteradas a bienales y encuentros internacionales, frecuentes y periódicas, deberían figurar en la agenda permanente de directivos responsables y alumnos.

Sin embargo, no son la norma sino la excepción. Además de estar informados sobre las teorías en estética, historiografía, filosofía (no se podrían entender las instalaciones sin el deconstruccionismo de Derrida ni a Beuys sin Rudolf Steiner) y sociología, entre otras materias, aparentemente alejadas del proceso creador. Aunque hay amplios sectores de la comunidad artística que ignoran lo que ignoran.

Para conmemorar treinta años de existencia, el Taller Nelson Ramos multiplicó por tres las exposiciones.

La más sugestiva e indicativa de una fecunda labor es la que se presenta en la Fundación Buquebús.

Es cierto que cada año, con desniveles circunstanciales, se cumplió con el ritual de dar cuenta del trabajo de los alumnos.

Ahora se eligieron una docena de ellos (por problemas de espacio), hoy ya reconocidas figuras de la plástica nacional, con individualidad propia.

Unos se formaron exclusivamente en el CEA y otros transitaron, antes o después, por otros talleres.

No muchos maestros uruguayos pueden sentirse tan gratificados por tener entre el alumnado a Claudia Anselmi (pasó a la mitología de prematuros talentos cuando quinceañera aún reveló sus aptitudes dibujísticas), Carlos Barea, Diego Donner, Florencia Flanagan, Andrea Finkelstein, Daniel Gallo, Roberto Gilmet, Gerardo Goldwasser, Pilar González, Inés Olmedo (aquí felizmente recuperada su capacidad para el dibujo), Ricardo Pascale y Abel Rezzano. Partieron del dibujo, la pintura o la escultura, varios se internaron por las instalaciones y la complejidad de propuestas. Elocuente demostración de la libertad operativa de una enseñanza. Es cierto que hay obras conocidas más o menos recientemente y hubiera sido preferible comparar los primeros intentos con las preocupaciones más actuales, como sucede en Anselmi. Un honorable montaje realza cada participante. Entre la documentación complementaria, aparece una infausta y parcial referencia sobre una exposición en la Alianza Francesa en 1978, explotada por los reaccionarios de turno en publicaciones incondicionales de la dictadura militar. No es un trofeo para exhibir, por cierto. Aunque al parecer hubo catálogos el día de la inauguración (según informan los siempre despistados funcionarios de la IMM), ya no quedan disponibles (menos para la prensa) sobre la muestra que se realiza en el Atrio Municipal, integrada por docentes, alumnos, exalumnos e invitados de la Escuela Nacional de Bellas Artes, un instituto con categoría universitaria. Por eso no se puede saber en qué consiste el criterio adoptado para una abigarradísima mezcolanza de buenas y malas obras, de maestros y principiantes (más dominantes éstos que aquéllos), que pergeñaron cuadros, esculturas, cerámicas, grabados, fotografías, infografías (pocas) sin ninguna compasión hacia el receptor que quiere iniciar una lectura posible y perece en la demanda. Ya en anterior oportunidad la ENBA ostentó (Universidad de la República) su escasa imaginación para el montaje y para establecer un guión curatorial comprensible. Aquí, en un recinto con numerosos visitantes diarios, todo sentido didáctico fue abolido con implacable desaprensión. Al lado, el Equipo Argentino de Antropología Forense da una lección impecable de un tema acuciante (los desaparecidos en varios países) expuesto con la sobriedad y claridad requeridas. *

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