Vitralistas, un solitario sobreviviente en Uruguay
Ruben Freire sintió miedo cuando decidió, hace 20 años, lanzarse a la aventura de dedicarse por su cuenta al diseño, armado y restauración de vitrales.
Pero nunca se imaginó que en el año 2000 sería el último sobreviviente en Uruguay de un oficio que requiere técnicas de dibujo, pintura y manejo del vidrio, y cuyos orígenes se remontan al siglo VIII.
«Yo tenía un miedo tremendo cuando salí de Vidrierías Unidas», dijo Freire a Reuters, sentado en medio de su taller, aludiendo a su anterior trabajo en una fábrica de vidrios.
Sin embargo, la independencia ganada le permitió trabajar en vitrales de los principales edificios gubernamentales de Montevideo, en iglesias y en otras labores particulares.
«Hace casi 60 años que estoy en esto. Ahora estoy restaurando los vitraux que hizo mi maestro Marchetti, con el que trabajé del 40 al 50 en Vidrierías», explicó Freire.
Arturo Marchetti, famoso en Uruguay por sus trabajos durante las décadas de 1940 y el 1950, hizo los 24 vitrales del imponente Salón de Los Pasos Perdidos, principal sala de ceremonias del Palacio Legislativo, uno de los más espectaculares edificios de Montevideo, totalmente revestido de mármol.
«Somos los más viejos haciendo vitraux en el Uruguay», dijo Freire a Reuters, hablando sobre la pequeña empresa que ahora comparte con sus dos hijos, Gerardo y Ruben Alberto.
Hasta 1940 había en Uruguay, país orgulloso de su arquitectura europea, siete talleres de vitrales, todos de extranjeros, pero con el paso de los años fueron desapareciendo, agregó.
En estos días hay gente que enseña el oficio, pero no con el método antiguo. «Son atrevidos, porque no es la verdadera técnica», acusó Freire.
Un oficio que no es juego de niños
«El ‘vitrocista’ tiene que ser dibujante y pintor. Si no, muere», explicó Freire al hablar de su medio de vida y pasión, en que se mezcla la artesanía y el arte.
Freire describe el procedimiento de elaboración de vitrales como si fuera un juego de niños.
Para hacer un vitral, primero se debe dibujar el diseño en tamaño real y después calcarlo sobre cartón fino para hacer los moldes.
Una vez calcado, se recortan los vidrios de colores, se pintan y se hornean. Luego de armado, se suelda con estaño y después se le pasa una pasta, que penetra en el plomo y le da rigidez, explicó Freire sobre su técnica, invariable a lo largo de siglos.
Fácil. Pero no es lo que parece. Cortar, pintar, fundir, armar, retocar requieren paciencia y mucho tiempo, que puede llegar a extenderse por un par de semanas o más.
Freire, quien dice ser el único sobreviviente auténtico del oficio en este pequeño país sudamericano, está sobrecargado de pedidos para casas particulares. Actualmente también está reconstruyendo los vitrales de una iglesia de Montevideo a partir de fotos antiguas que pudo conseguir el cura.
«Tenemos tantos encargos que no da el tiempo para trabajar para el exterior. Con lo nuevo y las restauraciones no damos abasto», afirma.
Tampoco tiene tiempo para exponer. Lo ha hecho sólo un par de veces y una fue en el balneario argentino de Mar del Plata, donde su hijo Gerardo ganó un medalla por un vitral al mejor estilo de Joaquín Torres García, famoso pintor constructivista uruguayo.
Freire trabaja con diseños propios y ajenos. El que más recuerda, por ser uno de sus favoritos, es el de un paisaje de Andorra que había dibujado un arquitecto amigo donde había casas, pinos, el mar y Dios. Todo en minúsculas piezas de vidrio.
Un oficio para siempre
Hace 60 años, la directora de la escuela a la que concurría, notó que Freire tenía buenas nociones para el dibujo y le propuso a la madre del niño, por aquel entonces de 11 años, mandarlo a la empresa que se dedicaba a hacer vitrales, Vidrerías Unidas, donde su esposo era director.
Allí aprendió los secretos del oficio que se convertiría en su medio de vida.
«Entré como cadete (asistente), lavando las máquinas, barriendo el taller.
A los 15 años me mandaron a la Escuela de Bellas Artes donde hice seis años de dibujo y pintura, que me ayudó mucho para después», recuerda Freire.
En su haber tiene también varias anécdotas, como la de un vitral del legendario cantor de tangos Carlos Gardel, que tiene colgado en una de las paredes de su oficina.
«Lo hice en una fecha (recordatoria) de Gardel y lo quería exhibir en una galería, pero me puse a pensar que no quería pasar por encima del artista que había tomado la foto, José María Silva (quien murió en enero del 2000 a los 102 años).
Entonces lo llamé y me atendió alguien que me dijo que si quería venderlo tenía que registrarlo, pero no sé donde está registrado, nadie me dice», comentó Freire.
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