El rock disidente de La Renga
Raúl Forlán Lamarque
Precisamente producción de intensidad es lo que proponen los argentinos de La Renga: desde que salieron al ruedo under que todavía se permite la cultura rock, impactaron por ese exuberante espíritu rocanrolero, casi de revuelta, con una estilística y estética de choque y una posición escénica frente a sus audotorios doblegadora.
Lo cierto es que hoy, a La Renga, integrada por Chizzo (guitarras y voz), Tete (bajo y coros), Tanque (bateria), Chiflo y Manú (saxos), muchos observadores la comparan con los Redonditos de Ricota, esa otra banda mayor, indispensable e inimitable. Más que nada se le busca la aproximación en su modus operandi –la idea de ser abanderados de un proyecto independiente– y en esa sensación de banda de culto en que se fueron transformando a partir de su despliegue y de su crecimiento compositivo e interpretativo.
Las comparaciones ciertamente son odiosas y tediosas, y desde luego, pueden llegar a confundir y a la vez a pensar en un efecto de clonización que no ocurre en este caso entre los Redondos –la mejor banda que otorgó el Río de la Plata en las últimas décadas– y La Renga. En todo caso, estos últimos poseen una fuerte personalidad, una voz propia y un desplazamiento personalísimo. Si su cantante, por los matices que utiliza puede llegar en algunos tramos de las canciones parecerse al Indio Solari puede aceptárselo, pero no por ello son un calco de la emblemática banda antedicha.
Desde que arrancaron editando una casete denominada Esquivando charcos esta banda nacida en el popular barrio de Mataderos, alcanzó a generar una movida muy potente a su alrededor, algo que más tarde se fue expandiendo en forma vertiginosa por sus vibrantes sets en vivo.
Cuando una de las majors discográficas los vio, de inmediato logró convencerlos y así ficharlos dentro de su catálogo.
No obstante, La Renga persistió en su idea de independencia creativa y de ahí surgió en forma paciente, libertaria su segunda incursión discográfica a la que se le llamó A dónde me lleva la vida y en donde uno de sus temas, «El rito de los corazones sangrantes» se convirtió en un gran hit y por supuesto en una suerte de himno generacional.
A esa altura, el grupo fue consolidando su perfil estético e ideológico y no fue casual que la figura o la iconografía del Che Guevara los arropara en forma contundente. Una forma de ser y estar, de andar en la cotidianidad traducido a la combustión escénica.
A fines del ’94 registraron un disco en vivo, producto de un febril recital en el templo roquero de Obras Sanitarias: Bailando en una pata contiene en vivo todos los materiales de aquel primer proyecto grabado en casete y una digna versión del clásico de Steppenwolf, «Nacido para ser salvaje», una forma de enfatizar los lineamientos y actitudes de la banda.
Después llegarían Despedazado por mil partes y finalmente La Renga que, por su ya importante incidencia popular, se transformó en disco de platino en apenas una semana.
El concierto de La Renga, junto a las bandas uruguayas La Trampa, Sórdromo y los muy atractivos No Te Va A Gustar promete una verdadera fiesta de la cultura rock en el ámbito más que apropiado del Teatro de Verano. Rocanrol al mango, quemante, visceral si se piensa en La Renga. Y pluralidad necesaria si pensamos en los números artísticos locales. Vamos las bandas, vamos.
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