UNA PELICULA DE MIEDO II

El grotesco fallido de los Wayans

Los hermanos Wayans decidieron, después del éxito alcanzado, rodar una segunda parte de Una película de miedo (Scary Movie). Pero, salvo algunos gags que convocan a la complicidad, hay un desfasado manejo del grotesco. El filme es menor y estos chicos malos deberán elevar su puntería. Solamente para fans.

Hay una sensación que de inmediato logra posicionarse en los espectadores ante esta secuela de Una película de miedo II, de los tentativos y por momentos bizarros hermanos Wayans: que las reiteraciones, vaya convención, en la mayoría de los casos no son necesarias aun cuando se deje la puerta entornada para continuar y continuar hasta el propio hastío. Keenen Yvory Wayans está nuevamente al mando de esta Una película de miedo II y sus otros dos hermanos forman parte de esa troupe de descerebrados que intentan una vez más estructurar una parodia furiosa.

Hay un feliz arranque cuando se practica una reformulación feroz y hasta grotesca de El exorcista y en donde James Woods, como sacerdote, es quien debe toparse con la Linda Blair del caso y todo culmina en un festival de vómitos y con el actor defecando en un inodoro con su rostro plagado de moscas.

De la introducción al desarrollo de la historia, pues, no hay demasiadas novedades. Existen gags graciosos (como el de los Wayans y el resto parodiando, bajo estricta música hip-hop, al spot publicitario de la marca Nike con estrellas de la NBA) y poco más. La presencia de Tim Curry parodiándose sin mayores esfuerzos interpretativos a sí mismo ya es asunto alarmante y que, más tarde, todo el metraje parta de un guiño central a La Maldición (una de las tantas versiones de casas embrujadas, incluyendo a Beetlejuice), para luego diversificarse a burlas pesadas a Hannibal o a Los ángeles de Charly que devienen brujas de campus universitario ya es suficiente. Más que suficiente.

Los Wayans poseen el talento necesario como para autoexigirse y promover realizaciones de mayor porte y de mayor volumen cinematográfico, y no fundar un borrador con ciertos destellos que llaman a la risa cómplice. Tener el gesto del insolente, del transgresor no otorga ni asegura calidades y resoluciones adecuadas al menos en este proyecto que, de ser taquillero, podrá tener su tercera parte y otros tantos etcéteras. Allá ellos si es que, de tan lunáticos que pretenden ser los Wayans, prosiguen en esta senda de practicar una lectura descartable de la estética del grotesco. *

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