¿Quién se hace cargo de la locura?
Cuando un ruso y un checo ingresan a la tierra prometida, Estados Unidos, para que en primera instancia el primero cobre una deuda de dinero y, más tarde, ambos hagan de Nueva York un escenario de muertes en serie con toda la policía y los mass media corriendo desenfrenadamente tras ellos, el espectador y hasta el observador más calificado puede autoconvencerse de que se trata de otra de psycho-killers. Y lo es. Aunque con sus particularidades.
John Herzfeld, realizador de 15 Minutos (desde el título ya se alude a la célebre frase del plástico Andy Warhol que en los setenta dijo que cualquiera podía tener sus quince minutos de fama o popularidad), trabaja el relato básicamente en torno a las claves del policial negro: dos villanos (uno de ellos, admirador de Frank Cappra, está filmando a todo momento cada gesto, cada acción, cada asesinato, cada conversación con una cámara digital, su forma individual de llegar a arañar la fama) que se vuelven más atractivos en su demencial camino sin retorno, que aquellos policías que los persiguen por toda la ciudad: Robert De Niro, detective de homicidios, y el ascendente Edward Burns, detective de la División de Bomberos.
Es que la ordinaria locura está en las calles: Herzfeld entonces practica una interesante transferencia o conexión entre lo que emiten los medios de comunicación masiva saturando las pantallas y las señales: el reality-show está en todas partes porque está permitido si hay lugar para ellos en las llamadas headlines o en los propios shows que capturan en forma desgarradora la realidad real.
Como dice uno de los villanos, el aspirante a cineasta: «Yo amo a los Estados Unidos porque todo el mundo hace lo que quiere y nadie se hace cargo», y ellos, en su alborotado, fuera de sí, itinerario harán de todo porque saben que están locos y eso no será sancionable por la Justicia.
El toque de parodia negra posee, evidentemente, un plus dramático con la muerte del personaje de Robert De Niro y, desde luego, la búsqueda de ambos freaks cobra mayor tensión y hostilidad. Más revoltoso se vuelve el panorama cuando Oleg, el aspirante a cineasta, vende uno de sus casetes y el reality-show es realmente demoledor en cuanto a la sucesión de imágenes: una panorámica toma la amplia y ya tradicional pantalla de la Quinta Avenida y la multitud, azorada, ve cómo De Niro es asesinado a sangre fría por el zafadísimo checo.
15 Minutos es una película que, en rigor, no posee mayores pretensiones estéticas ni tampoco reflexivas. Pero la propia narración, el desenvolvimiento de los personajes, los ambientes, el efecto de manipulación y perversión que parece coaligarse entre la idea del bien y el mal (ah, esa dualidad terrible), se permite un ojo crítico contra el manejo de las noticias y el rol que juegan en los otros los medios de comunicación: todo parece tener un precio en este país, parecen calcular los villanos, mientras disfrutan de su locura asesina y de su propia cuenta regresiva.
El epílogo del filme es previsible, pero en rigor se aumenta el enfoque crítico hacia ese manejo tendencioso, sin frenos, de los medios: si estás en los medios existís; si no lo estás, algunos parece que decidieron realizar una masacre para hacerse famosos. Son quince minutos, pero qué quince minutos. Y si la locura vende, ergo, hay que emitirla por televisión incluyendo el crédito del psicópata como autor, es too much. El buen rendimiento actoral de todo el elenco, la aplicada estructura narrativa y la propia autocrítica, hace que este filme por el que muchos, de antemano no daban un cobre, merezca más de un par de asteriscos en la consideración.
Puede verse, sí, y agárrese fuerte por aquello de los sacudones, que los hay, y que pueden golpear su sensibilidad como espectador. *
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