Dándole cuerpo a la palabra
Viene promoviendo desde hace seis años, con inusual éxito, un ciclo de poesía en boliches llamado Caramelos y Pimientos. Sus obras de teatro se han apartado conscientemente de lo tradicional. Basta citar Suma, su obra dedicada al poeta portugués Fernando Pessoa, con protagonistas femeninas haciendo de hombres (los famosos heterónimos del poeta) o su reciente Aquelarre en la Quinta de Santos.
Isabel de la Fuente charla con LA REPUBLICA sobre sus múltiples actividades y sobre su visión de un país en crisis, pero donde siguen pasando cosas.
–Una de las cosas que llama la atención es que tu obra literaria la llevás siempre a la palabra hablada
–Lo primero que hice fue escribir poesía, pero siempre me gustó el teatro. Desde niña recitaba en los actos de la escuela, tenía esa vocación marcada. Cuando empecé a estudiar teatro se cerró el círculo. Al principio eran dos cosas separadas, pero las uní a través de las performances que hacía con mis propios poemas. Después vino lo de escribir teatro, pero ese es otro mundo.
–¿No te alcanzaba con la palabra escrita?
–Es que se juntaron esas dos vocaciones. Darle cuerpo oral a la palabra es algo peligroso, porque uno puede destruir algo o revalorizarlo. A mí siempre se me dio bien y siempre me gustó.
Es un poco remitirse a los orígenes. Antes que existiera la escritura ya existía la poesía y la narrativa.
Y además es algo que funciona. Si uno piensa en el día de hoy, la venta de libros de poesía es casi inexistente, sobre todo poesía uruguaya. Pero, sin embargo, funciona una cantidad de ciclos de poesía. Hay gente que va a escuchar poesía y que quizás no es compradora asidua del género. Le atrae más lo oral que lo escrito, es un fenómeno curioso. El ciclo de poesía que yo organizo ya tiene seis años y nunca baja de una concurrencia de cincuenta personas, en un día atípico como los martes.
–¿Tu vinculación al teatro es una continuación de esa vocación por la palabra hablada?
–El motivo de mi vida es la creación. Hoy por hoy logré juntar las pasiones al escribir para teatro, actuar y dirigir mis propias obras lo cual es todo un desafío.
Lo primero que hice en teatro fue una adaptación de una obra del brasileño Nelson Rodríguez, La Doroteia. Para mí fue un adelantado, ya que escribió esa obra en 1947 adelantándose al teatro del absurdo.
Lo primero que yo escribí fue una obra basada en la personalidad de Pessoa que se llamó Suma. No fue una experiencia individual ya que la hice con mi grupo de teatro compuesto por Soledad Pelayo e Isabel Fernández. Con esa obra tuvimos la suerte de ganar el Encuentro de Teatro Joven.
–¿Te parece que el teatro uruguayo está demasiado encerrado en sí mismo?
–Puede ser. Pero también hay gente que se la juega como Mariana Percovich, Roberto Suárez, Diana Veneciano o Fernando Beramendi, lamentablemente fallecido. Hay gente que está quebrando estructuras y buscando cosas nuevas. Hay, tal vez, una mayoría de teatro comercial o más tradicional, pero creo que pese a todo tenemos un teatro interesante. El problema es que el medio nuestro es muy chico y hay mucho teatro. Basta con ver la cartelera de un diario, es abrumador. Puede haber una amplia mayoría de puestas superficiales, de divertimento, pero también hay señoras obras que tal vez están mal tratadas, buscando hacerlas más livianas para que el público las digiera. Ahí comienza el problema de ver qué es lo primero. Porque hay gente que dice que si hacés cosas más complicadas o «raras», la gente no va porque no entiende. Pero también hay gente que dice que no va más al teatro porque está aburrido de ver siempre lo mismo. Que no busca pasar el rato, sino conmoverse.
–Además de tu obra artística has tenido muchas actividades en el terreno de la producción ¿Cómo surgen las inquietudes de producir cosas de otros?
–Es algo que me tocó y que hago con gusto. Me jugué a trabajar de lo que sé y lo que me gusta. En un determinado momento decidí no trabajar más en nada que no tuviera que ver con mi profesión. Me costó, pero de a poco lo he ido logrando. Se puede, cuando uno quiere realmente hacer las cosas. Se puede vivir de la poesía, por ejemplo, aunque suene rarísimo.
Lo de la gestión cultural nació de forma un tanto casual, porque si bien siempre estuve cercana a la movida cultural, nunca se me había ocurrido hacer producción. En el año 96 puse un boliche con otra gente que se llamó Alemdalenda. Ahí teníamos el perfil de hacer del boliche, un centro cultural. En ese momento no había ningún ciclo de poesía y hablando con amigos poetas se vio la necesidad de hacer uno. Fue una cosa que vino de afuera, ya que fue empujado por otra gente. Ahí empecé a coordinar el ciclo de poesía en Alemdalenda, también el ciclo de plástica e inventé una muestra de ropa, calzado y accesorios que se llamó Alem Das tiendas.
A partir de todo eso hubo gente que me empezó a llamar para que organizara cosas, especialmente músicos. Y bueno, me fui dando cuenta que era buena haciendo producción.
–¿El ciclo de poesía sigue estando bajo tu entera responsabilidad?
–Sí. En estos seis años, luego de que cerró Alemdalenda, hemos ido pasando por varios boliches. El ciclo depende de mí. Lo que he tratado de hacer es conservar un criterio de calidad. Tratar de ser lo más amplia posible, dándole difusión a gente de todas las edades y de diversas tendencias, estilos o posturas, pero tratando de conservar un nivel de calidad. Pido asesoramiento a otra gente, pero la decisión final es mía. Sé que es subjetivo. Pero remarco que es calidad y no gusto. Me ha tocado decir que no y lo he hecho sin ningún temor y sin ninguna vergüenza.
–Por más que siempre se dice que en Montevideo no pasa nada, da la impresión de que existe una movida que no está lo suficientemente difundida.
–Me parece que desde el retorno de la democracia para acá, viene pasando de todo. Hay que tener una relación, somos un pueblito, un país chiquito, con un macrocefalismo abrumador. Ya somos pocos de hecho y de esos pocos, los que tienen capacidad de consumir cultura son aquellos que tienen un mínimo de capital para poder moverse y un mínimo de formación como para interesarse en la cultura. Y más en un país que se está brutalizando cada vez más tenemos que estar contentos de todo lo que está pasando y de toda la gente que tiene las agallas y una voluntad increíble para trabajar sin esperar ni siquiera un gracias.
–¿Esa «brutalización» de la que hablás te parece que se da sólo por razones económicas?
–No me quiero poner marxista, pero la economía es la base. Si uno no tiene independencia económica –voy a parafrasear al ex rector Maggiolo– la libertad, la democracia son utopías, entelequias. Porque ¿qué clase de independencia tiene este país de hecho?
La clase media, que fue la que tradicionalmente consumió cultura en este país –porque la oligarquía, de cultura, cero– está desapareciendo. Y eso no es lo grave, lo peor es que hay gente que está pasando hambre. Hay gente que está perdiendo la capacidad de pensar, o que no la tiene desde hace generaciones por subalimentación.
No es un tema nuevo, es tan viejo como la humanidad. El hombre va a ser siempre el animal despiadado que viene siendo desde que el tiempo es tiempo. Pero por lo menos hay todavía alguna persona que diga está bien, pasa esto, pero yo no estoy de acuerdo».
La democracia tiene la
desventaja de que, al guiarse por mayoría, si ésta no piensa esa mayoría hace cualquier cosa y vota cualquier cosa. Entonces la democracia no es tan democrática, porque le está dando la capacidad de discernimiento a alguien que no está con capacidad de discernir. Y ahí me voy con Ibsen que decía que las mayorías nunca tienen la razón. Es algo medio terrible de decir, pero si se lee en profundidad, no es tan disparatado. Porque la brutalización y el analfabetismo son el mejor boleto hacia una debacle socioeconómica y cultural total. Y eso es algo que tiene que preocupar a cualquier persona que pueda pensar. Los artistas somos personas que nos tenemos que preocupar mucho por eso, porque tenemos la capacidad y además muchos tenemos, por lo menos en pequeños circuitos, un lugar desde donde hablar, una oportunidad de decir cosas.
–No estás hablando de dar un mensaje político.
–No, más allá de la razón, hay un tema fundamental en el arte que es lo sensible. El tema es como abrir esa sensibilidad con gobiernos a los que no les importa que la gente aprenda, que la gente sepa. Con gobiernos que son trusts, son empresas en las que siempre están los mismos.
La historia de este país es bochornosa, siempre están los mismos. Y ha habido intentos maravillosos, desde el gobierno de fusión del siglo XIX hasta don Pepe Batlle, pero han sido siempre cercenados por delincuentes a los que sólo les importa llenarse los bolsillos. Seguimos en el siglo XXI en lo mismo, peor, ya que estamos llenando los bolsillos a los de afuera. Lo que me asusta es que la miseria genera más miseria. Se sigue empobreciendo la gente y se siguen empobreciendo las ideas.
–¿Nunca has pensado en irte del país?
–Ya viví dos años en Brasil. Siempre pensé en irme pero no definitivamente. Este es mi lugar, es adonde pertenezco.
Y lo bravo de cuando uno se va es que nunca más tiene un lugar, se es gringo en todos lados. *
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