Música del corazón: violines en Harlem

Se trata de una producción dirigida por Wes Craven (Pesadilla, Scream, Shocker) que se aleja bastante de sus habituales coordenadas terroríficas para aterrizar en una historia verídica sobre la maestra de música Roberta Guaspari, una violinista que se dedicó a enseñar la práctica de dicho instrumento en una barriada marginal de Harlem.

La narración posee su costado de ficción melodramática ya que la auténtica Guaspari , que aún vive, en la vida real resultó ser un personaje abandonado por su esposo que decidió cambiar radicalmente de vida y mudarse al peligroso vecindario de East Harlem con la ilusión casi utópica de enseñar música clásica. Esta suerte de empecinamiento individual que resiste viento y marea es el tipo de relato que parece fascinar al público estadounidense; una especie de energía solitaria que cumple su destino de referente modélico en una comunidad escéptica, desmotivada y con valores desgastados. En este sentido cabe subrayar que el tema ya había sido objeto de un pasaje al género documental (Small wonders), consiguiendo su correspondiente nominación al Oscar en 1996.

Probablemente el olfato del productor Harvey Weinstein haya detectado las posibilidades taquilleras de ese material que reunía todos los componentes para el sentimentalismo fácil y la cuota ejemplar que viene a constituirse en mensaje y/o moraleja final sobre la fuerza de la voluntad sobre el sistema, etcétera.

El caso es que Música del corazón (Music of my heart), no pasa de lo que podríamos catalogar como producto digitado: esa fórmula que resume una historia sensiblera, la adorna con una primera estrella –como es el caso de Meryl Streep, que alcanza aquí su doceava nominación a la estatuilla– agrega el condimento de una sugerente banda sonora, –también postulada al mayor premio de Hollywood– y propone otros atractivos adicionales como la inclusión de la cantante Gloria Estefan en el elenco. La cosa es que Gloria se canta el tema original (pero no en pantalla) y Meryl hace como que toca el violín y dirige a Ttzhak Perminan o Isac Stern en el Carnegie Hall, ni más ni menos, mientras el largometraje va desgranando su proyección de lugares comunes a la vez que el tiempo pasa y no sucede gran cosa más allá de lo previsible. Mientras tanto, Wes Craven (al que se le nota su falta de ganas directrices en esta puesta en escena, a pesar de su declarada admiración por la música sinfónica), cumple su trabajo con estricto profesionalismo y corrección dejando que la pantalla se inunde con todos los gestos de la diva norteamericana en una película hecha para su estricto lucimiento y nada más. Pero –a pesar de la ya señalada postulación como candidata al Oscar– nos atreveríamos a señalar que la labor de la actriz no deja de ser, también, un trabajo tan aceptable como correcto y nada más. Parece, sin embargo, existir una especial devoción por la otrora protagonista de Kramer versus Kramer que legitima cualquier tipo de papel que ella realice con cierto tipo de reconocimiento al mérito. La cuestión es que, más allá de algunos fanáticos incondicionales o amantes del género musical, el filme puede resultar estirado, monocorde y bastante aburrido para un espectador común. Wes, vuelve a tus pesadillas, muchacho.

Música del corazón. Dirigida por Wes Craven. Producida por Harvey Weinstein y Marianne Maddalena. Guión: Pamela Gray. Con Meryl Streep, Angela Basset, Aidan Quinn y Gloria Estefan.

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