Nómades multimedia
Son siempre los mismos, pero cada vez con mayor amplitud de radio. Desde espacios particulares hasta municipales. Poseen habilidad para maniobrar con los medios (en especial aquellos que atienden los escandaletes de turno), siempre afectos a las novelerías circunstanciales y con escasa capacidad de discernimiento y análisis. No disimulan el fastidio hacia quienes no les dan bolilla. Son autocomplacientes y los demás no los comprenden. Posiblemente se divierten haciendo lo que hacen pero no trasmiten o comunican ese estado de éxtasis. A menudo los resultados son aburridos. Apenas dejan insinuar un inconformismo de entrecasa, una vitalidad ocasional, una pequeña idea erráticamente formulada, un empeño por cambiar el statu quo cultural pero sin saber cómo.
Un cierto candor e inocencia, algún escamoteo en la información y una distorsión e hipervaloración curricular y hasta una despreocupación ética tiñen sus andanzas.
Muchos revelan simpatía, inteligencia e inventiva. Son adictos a los medios tecnotrónicos e intentan comercializar las obras y, como demasiada gente, conocen el precio de muchas cosas pero el valor de ninguna. Cuando el año próximo un eminente crítico ponga en acción su objetivo de derrumbar el último tabú, la relación entre dinero y valor, con una gigantesca máquina de triturar billetes y monedas, quedarán desconcertados y deberán replantearse muchas cosas.
Porque la fama, ese equívoco, y la cultura de masas, no se limitan a los medios televisivos, a portales y sitios, no es una relación causal e inmediata con los últimos recursos tecnológicos. Las reflexiones auténticas surgen del hombre con el hombre, con la naturaleza, con el entorno social y político, con las motivaciones que subyacen detrás de las fachadas y más allá de una disposición lúdica.
Claro que para hacerlo hay que tener una buena dosis de experiencia, de conocimientos, de confrontación de lenguajes y sensibilidades, de aquí y de allá. Unos pocos lo advierten, como siempre. Lo demás, son fuegos fatuos.
Estar abierto a las provocaciones, por irritantes que sean, es beneficioso. El antecedente de Marcel Duchamp debe poner en guardia a historiadores y críticos, pero en especial a los propios artistas y público, en gran cantidad aferrados a códigos establecidos, desconfiados y no sin razón, de los experimentalismos sin sustancia como tantos que han quedado por el camino.
Es saludable y bienvenida la actitud de cambio. En tres exposiciones que se realizan en salas montevideanas se advierte una voluntad de búsqueda, una insatisfacción individual, una agitación espiritual, una necesidad de manipular nuevas técnicas.
Aunque las ambiciones sean grandes (la fundamentación teórica torrencial e invertebrada) y los logros menores. Lo más atendible es Objeto de culto-Arte versus Sacro (Molino de Pérez) un título que tangencialmente se aplica a los protagonistas. Curiosamente, son los que manejan lenguajes tradicionales (la pintura) los más convincentes. Jacqueline Lacasa (1970) maneja muy bien el acrílico sobre tela, en especial cuando se aparta de un cierto informalismo y castiga la superficie con pequeños latigazos de rítmica gestualidad o Sergio Porro (1970) que atenta con irónico desparpajo hacia las imágenes religiosas, imponiéndose por la monumentalidad del tratamiento temático más que por el dominio del instrumental pictórico y dibujístico (endeble en el Centro Municipal de Exposiciones).
Andrés Cardoso (1961) pudo haber utilizado el plomo con un sentido vinculado a la urgencia social en barrios montevideanos pero limita su propuesta al ensamblaje y la cobertura de personajes no suficientemente visibles en la escasa iluminación, mientras que el video de Angela López (1963) plantea un connubio corporal y de ofrendas en un ritual candomblé.
En la sala de la cafetería, Felipe Secco hace una suerte de incierta retrospectiva, con hallazgos en las obras en blanco y negro, incorporando, además, grabaditos mironianos.
Territorio Bambi (Colección Engelman Ost) es, mayoritariamente, de videos, digitalización y fotografía. A despecho de que algunos aparatos no funcionan (en el Subte también, pero lo mismo sucede en bienales famosas) el conjunto es simpático pero insuficiente con pequeños relatos poco entretenidos, que poco ilustran la(s) idea(s)de desterritorialidad, velocidad y no contenido. Bien Brian Mackern y Alejandro Alberti. Más frágil es Fame (Centro Municipal de Exposiciones) en sus excesos de ambición curatorial.
Es una mezcla sin ton y algún son, que se la ve como agradable intento de jóvenes en un guión que no les pertenece y con desiguales niveles de afuera y de adentro.
Como siempre, Juan Burgos da en el blanco, en su crispado barroquismo. *
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