No persigamos más al arco iris
Para cumplir su propósito de recrear o reescribir para nuestro medio el guión de «Reencuentro» («The big chill») de Lawrence Kashdan, Buscaglia habría debido tener las cualidades literarias de Chejov, o por lo menos de Kashdan o Bogdanovich; pero el autor y director está por debajo de sus ambiciones. La reelaboración del guión de Kashdan entronca en Buscaglia con su peculiar búsqueda del tiempo perdido, que a menudo no pasa de la moda «retro»: no presenta mejores resultados que frases vulgares, fragmentos y chispazos, todo ello a muy menudo obliterado por una incoercible propensión al chiste y a la ocurrencia. «Para abrir de noche», sin embargo, se diferencia de obras similares de nuestro medio que han aludido, siempre en forma rudimentaria y superficial, a los años de la dictadura: el autor introduce, como al pasar, el tema de la traición a los ideales, de los sueños frustrados, de los grandes proyectos muertos. Pero aquí ya no sirve la compañía de Kashdan: los modelos pudieron ser «Peer Gynt» de Ibsen o «Viaje de un largo día hacia la noche» y «The iceman cometh» de O’Neill, quizás «La educación sentimental» de Flaubert. Los militantes de los años de la dictadura se acomodaron en la misma modalidad del sistema capitalista que instauró el régimen militar, modalidad que perdura hasta hoy; pero en manos de Buscaglia este importante tema se hace mera peripecia. Lo allega como anécdota, lo disuelve en aventuras insignificantes y lo entrega al espectador como condimento agridulce para una amable sobremesa socorrida por la música. No esperen choques: nada va más allá de temas como «Lo que va de ayer a hoy» o «Quién te ha visto y quién te ve».
El procedimiento narrativo para esta fragilidad es radicalmente antiteatral. Buscaglia adelanta los personajes de a uno, los ilumina mientras los demás quedan en la penumbra; un actor cuenta su historia, viene otro y cuenta la suya: la acción se enfría y aleja al espectador. Para peor, el autor y director insiste en los mismos chiches que hicieron fracasar sus obras anteriores, como la insistencia en la inclusión de una música que no se articula con la acción y antes la interrumpe, como las inútiles siluetas de la escenografía, similares a la silueta del piso en «Romeo y Julieta», como la interferencia en la acción de rebuscados efectos visuales, todo lo que atenta contra una normal comunicación entre el escenario y la platea. Y si la obra pudo remediarse con una interpretación excepcional, el elenco estuvo muy lejos de esa excelencia.
El autor escribe de sus personajes (ya no de los de Kashdan) en el programa: «¿Están felices con ese cambio? ¿Podrían haberlo evitado? ¿Deberían haberlo evitado?… ¿Qué hicimos, qué hacemos, qué haremos?…» y concluye que la obra «…no pretende dar respuestas, sino hacer preguntas», cómodo latiguillo con que se nos ha castigado en innumerables reuniones. Las respuestas, aquí, son muy simples. Nuestro teatro de hace treinta años quería crear arte, quizás quería ser un medio de vida; pero también quería mover al mundo. Hoy ese mismo teatro sólo pretende sobrevivir, a costa de ofrecernos hoy lo que antaño supo denigrar como «obras comerciales», conformistas y digestivas. Nuestro «teatro de arte» se ha amansado para sobrevivir y hasta ha castrado sus ideas, al punto de que obras revolucionarias aparecen vaciadas de su contenido («Los veraneantes» de Gorki; «La casa de Bernarda Alba», de Lorca). Escribió Lichtenberg: «Convertirse en buey no es, todavía, suicidarse». Como James Tyrone, el protagonista de «Viaje de un largo día hacia la noche» de O’Neill, nuestro «teatro de arte» ha cambiado tanto, ha hecho tantas concesiones, que ya no puede reconocerse a sí mismo; ni siquiera puede reencontrarse a sí mismo. Ahora es incapaz de perseguir el arco iris.
PARA ABRIR LA NOCHE, de Horacio Buscaglia sobre el libreto de «The big chill» («Reencuentro») de Lawrance Kashdan, por el teatro Circular. Con Ana Laura Salles, Natalia Acosta, Carlos Frasca, María Varela, Emilio Pigot, Diego Rovira, Alicia Restrepo, Oliver Luzardo y Sergio Mautone. Escenografía de Osvaldo Reyno, vestuario de Soledad Capurro, sonido y dirección general de Horacio Buscaglia. Estreno del 2 de agosto, Teatro Circular, sala 2. *
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