Un triciclo a motor
Como no siempre disponemos de nuestras vidas, diversas circunstancias me condujeron a la lectura de «Picnic» y «El arquitecto y el emperador de Asiria», donde encontré la misma arbitrariedad o capricho, la misma predilección por las orillas del mundo y los seres excéntricos, los mismos alardes de crueldad, la misma aridez y vacuidad, el mismo sabor a nada.
Veleidades sin fantasía; marginados que no son seres humanos; crueldad literaria, escritural, que hace reír. No hay en Arrabal verdadera angustia, como en Beckett o Albee, no hay siquiera el humor juguetón y los raptos de imaginación de Ionesco. Si uno lee los libros de Arrabal, una obra extensa que incluye varias novelas, aprecia el cuidado de la edición, que acompañan diagramas, acotaciones, cronologías, variantes y concordancias, como si el autor fuera ya un clásico.
Todo esto nos hace más admirable la labor de Ruben Coletto, que a falta de compartir estas apreciaciones estéticas demostró con su puesta en escena de «El triciclo» la extraordinaria influencia sobre el espectáculo teatral que tienen el director de una obra y los actores. Así «Decadencia» de Berkoff era una obra en la versión argentina de Ruben Szuchmacher y otra muy distinta en la versión local de César Campodónico; diversas versiones de «Luces de bohemia» de Valle Inclán, de Lluis Pasqual, Villanueva Cosse, Aderbal Freire o Rocío Villamil difieren tan radicalmente que parecen girar en galaxias distintas.
«El triciclo», manejado por Coletto, es objeto de una verdadera transfiguración: el director pasa por el desvaído texto de Arrabal y lo transforma, como sin darse cuenta, en un torbellino de vida, pasión, movimiento y alegría, todo ello con la necesaria sobriedad, equilibrio y medida. Aun ha tenido Coletto el notable acierto de confiar el papel protagónico de Climando a Iván Solarich en el mejor momento de su carrera como actor. Su calidad interpretativa, su atractivo y su temperatura convierten al esquemático Climando en un ser humano, tierno y patético; y no dudamos que el flamígero director ha logrado infundir su espíritu en la labor, también acertada, de Nelson Flores, que algo de su fantasía hay en la composición de Laura Schneider y que es responsable hasta de cierto dramatismo en el personaje de Mario Santana, pese a la inercia, en todo sentido arrabalera, de su Apal.
Sarah Bernhardt elegía libretos de autores menores, posiblemente porque sólo su talento de actriz podía hacerlos brillar. Hemos podido ver ya el despliegue de imaginación que mostró el mismo Ruben Coletto a partir de «La improvisación del alma» de Ionesco, y sobre su propio libreto en «Apocalipsis: Jesucristo, el hijo bastardo de Dios». Su mente creadora no parece tener orillas; sobre todo, parece detonar, dispararse, deflagrar y desencadenarse con estímulos como la obra de Arrabal, que en mentes como la nuestra, no significan nada ni producen efecto alguno. El entusiasmo es la posesión por un dios; y como nos dijo Coletto en la entrevista que, junto con Mariana Wainstein tuvimos antes del estreno, el artista es un mensajero de los dioses.
Los dioses de Coletto son poderosos, vivaces y sobre todo benéficos; pero a nosotros, espectadores mortales, nos haría bien que no se apiadaran tan fácilmente de los trabajadores de la hora once. Escribió Nietzsche que a Dios lo mató su piedad por los hombres.
EL TRICICLO, de Fernando Arrabal, con Iván Solarich, Laura Schneider, Mario Santana, Nelson Flores, Hugo Arturo y Ruben Coletto. Escenografía de Adán Torres, vestuario de Ismael Moreno, ambientación sonora y dirección general de Ruben Coletto. Estreno del 20 de julio, Espacio Cultural Cervantes. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad