Roberto Rivero: una vuelta a la vocación
Cuando surgen temas duros mira hacia abajo y mantiene la voz firme. Le dicen Totón, un apodo que le puso su madrina y que le quedó para siempre.
Nació en Colonia, donde también nació su primera vinculación con el dibujo. Prometía mucho como artista, pero hubo que hacer opciones. De ese modo Roberto Rivero eligió la Policía. Luego de una larga carrera en ella, la vida le dio algunos golpes bajos que lo acercaron nuevamente al dibujo y a la pintura.
Acepta la entrevista solo con la condición de hablar pura y exclusivamente de arte y en presencia de su profesor, Dardo Ingold, quien tuvo una importante influencia en su vida. Lo acompaña Olga, su esposa, con quien lleva 29 años de casado.
Un niño emprendedor
Rivero tuvo su primer contacto con la pintura a los siete años. Fue en el pueblo de Ombúes de Lavalle, por 1957. En ese entonces Dardo Ingold instaló un taller de pintura, luego de egresar de la Escuela Nacional de Bellas Artes. Y el niño pidió a sus padres que le permitieran asistir. «Mi padre era comisario y conocía a Dardo como el profesor joven de dibujo. El taller funcionaba en la calle Zorrilla, en el local donde anteriormente había un bar. En el mataron a una persona y papá llamó a Dardo para que hiciera el croquis, porque en ese momento no había Policía Técnica», recuerda el ex inspector.
Allí dio sus primeros pasos con el lápiz y el papel. Pero dos años más tarde la familia se trasladó a Colonia Miguelete, el pueblo natal de su madre y se acabaron las clases de pintura. «Roberto era un chico con ganas de hacer cosas, emprendedor, con una actitud de querer arremeter, de trabajar. Le gustaba dibujar, cuando todos querían ir directo a la pintura y saltearse ese paso», afirma Ingold, el plástico con quien Rivero siempre estuvo en contacto.
Al poco tiempo Rivero realizó un dibujo para un concurso escolar y la maestra dudó ante la perfección del mismo y hasta llegó a sospechar que podía ser calcado. Después esa habilidad natural con el lápiz durmió hasta la época de secundaria. Otra vez en Ombúes de Lavalle para cursar el liceo, Roberto se reencontró con Dardo, que fue su profesor de dibujo. «A muchos alumnos les costaba más dibujar, entonces pedían ayuda a Roberto que, además, de su carpeta hacía la de varios compañeros», comenta Olga.
Lejos del arte
A los diecisiete años Rivero finalizó la secundaria. Debía decidir entonces qué camino tomar. Hubiera querido ser abogado, pero las opciones en ese momento no eran muchas. «Mis padres se jubilaron y lo que cobraban era poco, no había grandes posibilidades, ni muchos medios. Mientras hice el liceo siempre trabajé, en un comercio, en un escritorio que se encargaba de hacer planillas para la caja rural, realicé la cobranza para una lechería, vendí diarios. Me gustaba el Derecho pero tenía que adecuarme a la realidad y a las dificultades económicas, así que las expectativas no eran demasiadas. Un policía conocido me alcanzó un folleto de la Escuela, que se sumó a la visión que yo ya tenía por mi padre. No me arrepiento de la elección que tomé».
Cuando preparaba el examen de ingreso a la Policía, la directora del liceo pensaba conseguirle un empleo de aprendiz de dibujante en un diario, en caso que no aprobará la prueba. Pero la salvó.
Durante el tiempo que cursó la carrera no dibujó, lo único que llegó a hacer fueron «caritas» en las cartas que escribía a Olga, por aquel entonces su novia, y alguna caricatura que hacía entre compañeros. También abandonó el fútbol, deporte que practica en el Club Independiente de Colonia y donde jugaba de defensa. Tanto en Montevideo como en Colonia siguió encontrándose con su antiguo profesor de dibujo, que siempre preguntaba cuándo volvería al taller. Pero el trabajo no dejaba tiempo y fue una materia que debió esperar muchos años.
El último reencuentro
«En febrero de 1999 murió mi único hijo, de 22 años, en un accidente de tránsito. Fue un hecho desgraciado, la etapa más dura por la que pasó mi familia. En ese momento me replantee la vida. Me había dedicado prácticamente al trabajo, siempre apuntamos a nuestro hijo, hubo mucha confusión, hasta hoy estamos perdidos. En ese momento Dardo se aproximó, me llamó y me invitó al taller. Luego de un par de entrevistas, mate de por medio retomé el taller. Me encontraba en una búsqueda desesperada, no de olvidar, porque la muerte de un hijo no es un problema, es un hecho y tengo que acostumbrarme a vivir con ese hecho. A partir de ese hecho que respeto y que está presente a diario, comienza la etapa que después de más de treinta años dejé cuando terminé el liceo», relata Rivero con mirada triste que apunta al piso.
El taller funciona en un altillo de la casa, concurren unas treinta personas y predomina el principio de que cada uno pinta a su manera, porque es la forma de conservar la personalidad de cada concurrente. «Yo admiro a Olga y a Roberto en cuanto al tema de cómo encararon la cosa, de cómo se les dio la vida. Tanto el accidente como otras cosas que vinieron después. Para sobrellevar lo que les tocó vivir hay que tener una forma de ser y de pensar impresionante. No sólo fue el accidente, también los problemas laborales. Yo conozco a Roberto desde chiquito y por eso doy mi modesta opinión y creo que lo que le pasó fue por ser derecho, vertical, por ser una persona honesta y decir la verdad. Y hay que ser valiente para decir la verdad y aguantarla después, porque aguantar la mentira es fácil. Esto no es sólo lo que yo pienso, lo piensa todo el que lo conoce», asegura Dardo mientras Rivero prefiere no hablar del tema.
Según Ingold el que pinta lo hace porque le gusta, pero además la pintura funciona como una terapia y el estima que este arte ayudó mucho a su discípulo.
Cuadros y proyectos
Rivero comenzó con una naturaleza muerta. Enseguida pasó a los paisajes. «Soledad» el primer cuadro que pintó ilustra la tapa del libro Aguafuerte y Cuentos Viejos, de Julio C. Da Rosa.
En dos años de asistencia al taller lleva veinte cuadros pintados. Generalmente utiliza óleo, aunque algunas veces experimentó con acuarelas. Prefiere centrarse en paisajes, en recuerdos, en lugares que considera importantes o que le gustaron.
«Si uno le propone a Roberto agregarle un pastito al cuadro se enoja. Todos los temas que pinta están vinculados con su vida», afirma el plástico. «Pinto cosas que veo, lo que me gusta y lo que siento, aquello a lo que le pueda dar luces y colores». Hay obras suyas que viajaron al exterior y se encuentran en Estados Unidos y Puerto Rico. Con Ingold planean realizar algunas exposiciones a dúo. *
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