ARTE

Estrenan una ópera-filme de Martinú

En el ciclo titulado Ex-céntrica, por el carácter de excepcional singularidad de los videos elegidos, que además constituyen estrenos absolutos para Montevideo, se exhibirá el próximo fin de semana (sábado y domingo a las 17.30 horas, con entrada libre) la ópera-filme Los tres deseos o Las vicisitudes de la vida del compositor checo Bohuslav Martinu.

Martinu, nacido en la ex Checoslovaquia en 1890 y muerto en Suiza en 1959, fue uno de los músicos vanguardistas más importantes del siglo XX. Niño prodigio y violinista eximio, su obra permaneció vinculada al folclore del país. Se marchó a París en 1923, donde fue alumno de Roussel y Strawinsky, vinculándose al Grupo de los Seis. Amistó con Arthur Honneger, quien influyó notoriamente en su estilo impulsándolo a investigar audacias en el lenguaje musical. En 1940 emigró a Estados Unidos, obligado por la invasión nazi, y volvió a Francia una vez terminada la Segunda Guerra Mundial. Vinculado al poeta Georges Ribemont-Dessaignes (1884   1974), compartió durante los años locos de la década del veinte, la estética surrealista, y de esa relación y afinidades artísticas surgirá una obra extraordinaria, revolucionaria en su concepción musical y escénica, Los tres deseos, en 1928, tan audaz que solamente se pudo llevar a escena en 1971, estrenándose en Praga. Martinú perteneció a la llamada Escuela de París (existió una similar y paralela en pintura), dejó varias óperas, una treintena de conciertos, seis sinfonías, compuso música de cámara, una misa y piezas para teatro y ballet.

Los tres deseos es una obra notable en su concepción y complejidad, en su refinada, sublime ironía a los códigos del cine mudo, desde los intérpretes a los escenarios de cartón y los métodos de filmación en el set. Es un cruzamiento insólito entre el séptimo arte y el teatro lírico. Pocas veces el cine pudo verse a sí mismo con tan encantador y tierno sarcasmo, en el mejor estilo camp. El humor negro circula a raudales en el libreto de Ribemont-Dessaignes, con un toque de fantasía freudiana, instalando a los principales personajes (un trío amoroso), en un ambiente deliciosamente exótico y absurdo, un imaginario desierto africano o alguna isla caribeña.

La partitura asimila los ritmos que celebraban los años veinte: el expresionismo, el jazz, el saxo, el acordeón, las canciones de Gershwin, el neoclasicismo de Poulenc y el Grupo de los Seis. Sobra imaginación aunque escasea la coherencia estilística en una perspicaz reconstrucción de la época. El irresistible atractivo de Los tres deseos radica en su formidable batería orientada a dinamitar los valores establecidos con sus propios recursos sin hacerle asco a los lugares comunes de las partituras para el cine.

La sensacional versión de la Opera de Lyon es de 1993 está filmada por el canal francés FR3, es una visualización operática del cine mudo, muy evidente en el hada que concede los tres deseos, una vampiresa que recuerda a la cantante frustrada de El ciudadano.

La puesta en escena de Alain Maratrat y Louis Erlo tiene la rara inteligencia de poder aunar el torrente de escenas y la intrincada acción, mientras la versión televisiva de Yves André Hubert acerca al espectador los detalles que en teatro pasarían inadvertidos. Hay un elenco de intérpretes excelentes y el maestro Kent Nagano dirige la orquesta y coro de la Opera de Lyon con admirable energía. La obra de Martinú es un ejemplo impar del cine dentro de la ópera y la producción es un notable acierto de adaptación de una ópera a la televisión. Un acontecimiento para el público uruguayo, por cierto. *

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