ARTE POETICA DE JORGE LUIS BORGES

Conferencias póstumas sobre la belleza

Cuando ya parecían completas sus Obras Completas, Obras Completas en Colaboración, recopilaciones de artículos y hasta declaraciones de prensa; cuando ni sobre él quedaba mucho por decir con los libros aparecidos en el «año Borges» de 2000, que incluían algunos inéditos, biografías y hasta un «Anti Borges», ahora llega un nuevo libro del mayor escritor argentino del siglo pasado.

Y tiene nada menos que el título de Arte poética, que nos ilusiona con haber descubierto una suerte de clave personal para el oficio. La promesa crece cuando en el índice vemos capítulos con títulos como «El enigma de la poesía» o «Credo de poeta».

Lo bueno es que el librito (Editorial Crítica, colección Letras de la Humanidad, Barcelona 2000, 180 páginas) es un poco todo eso, aunque también es cierto que las ideas fundamentales Borges ya las había emitido en otros lados y que él mismo aclara una y otra vez que no tiene una revelación que ofrecernos.

El título castellano remeda la carta del poeta latino Horacio a los Pisones. Borges tituló sus conferencias This Craft of Verse (Este oficio del verso o Esta artesanía del poeta) y con ese título fueron publicadas en inglés en libro y CD por Harvard en noviembre del año pasado.

Se trata de las famosas Norton Lectures in Poetry. Charles Eliot Norton fue profesor de Historia del Arte en Harvard entre 1875 y 1898; las conferencias en su honor fueron iniciadas en 1926 y consisten en invitar a una personalidad prominente en el campo del arte internacional a residir un año en la Universidad y dictar al menos seis conferencias.

Desde entonces las dictaron poetas como T. S. Eliot, Robert Frost, e. e. cummings y W. H. Auden, pero también músicos como John Cage, Igor Stravinsky (cuya Poetics of Music in the form of six lessons de 1939-40 también esperaron 30 años su publicación en 1970), Leonard Bernstein, Aarón Copland, Paul Hindemith, fotógrafos como Ben Shahn, novelistas como Nadine Gordimer e Italo Calvino (Seis propuestas para el próximo milenio) o estudiosos como Humberto Eco (Seis paseos por los bosques narrativos). La propuesta tiene la virtud de haber logrado algunas reflexionadas síntesis de las ideas de algunos de los artistas más influyentes del siglo XX.

Un erudito ciego

Lo primero que impresiona en las conferencias de Borges es que este hombre que llegaba a los 70 años las dictó en un idioma que no es el suyo –aunque lo hablaba desde la infancia– y sin tener notas a la vista, ya que por esa época apenas veía borrones amarillos. Sin embargo, cita a unos 120 autores, tanto versos y poemas completos como párrafos de prosa. La cuidada edición a cargo del rumano Calin-Andrei Mihailescu, se tomó el trabajo de verificar todas las citas hallando si acaso uno o dos errores menores.

La primera conferencia El enigma de la poesía, termina parafraseando a San Agustín: «Si no me preguntan qué es, lo sé. Si me preguntan qué es, no lo sé». Sin embargo, describe el hecho poético como la unión del poema y el lector: «Cada vez que leo un poema, la experiencia sucede. Y eso es la poesía». Por eso critica a los expertos en estética que escriben «como si la poesía fuera un deber».

A tal punto que considera que su punto de vista «quizá, al menos en apariencia… suprima la venerable noción de los clásicos, la idea de los libros perdurables, de los libros en los que siempre hallaremos belleza. Pero espero equivocarme en este punto». Luego de un rodeo por la historia de la noción de libro, vuelve a los clásicos para concluir en que son «más bien una ocasión para la belleza». Pero más adelante: «pero no es necesario que nos preocupemos demasiado por la suerte de los clásicos, pues la belleza siempre nos acompaña». Claro que el lector debe poner lo suyo, noción que Borges presupone en esa audiencia de Harvard.

De ahí pasa a una serie de ejemplos en los que la belleza surge por diferentes motivos («hay veces en que la poesía se crea a sí misma», otras por el cambio de sentido que aporta el tiempo). Borges no es aquí irónico; más bien usa un tono confidencial, recordando versos que le leyó su padre cuando era chico y citando a los poetas ingleses y nórdicos antiguos que le eran tan queridos.

La segunda conferencia, La metáfora, es una especie de ajuste de cuentas con su pasado ultraísta y la influencia de Lugones. Este dijo en Lunario Sentimental que toda palabra es una metáfora muerta (en su etimología) y que los poetas siempre usaban las mismas metáforas; él iba a inventar varios cientos nuevas para la luna.

En Harvard, Borges llega a la conclusión de que en realidad quizá haya una docena de «metáforas patrón» de alguna manera esenciales, de las que los poetas han probado miríadas de variantes. «Todas las demás metáforas son juegos arbitrarios», porque «por supuesto, podemos encontrar otras afinidades que son meramente asombrosas, y el asombro apenas dura un instante». Sin embargo, luego de algunos ejemplos singulares, menciona una segunda conclusión: «existen metáforas que no podemos remitir a modelos definidos».

Estas ideas ya eran conocidas, incluso los mismos ejemplos, por unas conferencias que Borges dictó en la Universidad de Belgrano en 1978, incluidas en Borges oral, de las que la Fonoteca del Sodre tiene copia (al parecer incompleta).

La tercera, El arte de contar historias, con una lógica similar, concluye en que «sólo existe un número reducido de tramas» de las que hay innumerables variaciones. Menciona La Ilíada, La Odisea y Los Evangelios.

Descree en los experimentos con la novela en el siglo XX, pero considera que «la gente está ansiosa de épica». Entiende que la crisis se debe a que «durante siglos los hombres fueron capaces de creer sinceramente en la felicidad y en la victoria», mientras que ahora «no podemos creer de verdad en la felicidad y en el triunfo. Y quizá ésta sea una de las miserias de nuestro tiempo». Concluye esperando una nueva unión entre el verso y el placer de contar historias y supone que la épica podrá renacer en Estados Unidos.

No vamos a reseñar las restantes tres conferencias. La cuarta trata de la traducción, donde encuentra algunos hallazgos fortuitos y/o afortunados; la quinta de la relación entre las ideas y las palabras, el estilo y, otra vez, la metáfora originaria en las palabras. La última trata de su propia obra; un extenso pasaje ya fue publicado por nosotros en la contratapa de nuestra edición del pasado jueves 5.

El prólogo del escritor español Pere Gimferrer no agrega demasiado, pero la edición es buena (tapa dura) y la traducción cuidada. Quizá la única falta –explicable y menor– sea por exceso de corrección: haber escrito el nombre de e. e. cummings con mayúsculas. El poeta se prefería en minúscula; un berretín. *

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