"TRES MUJERES ALTAS" DE EDWARD ALBEE, POR LA COMEDIA NACIONAL

Punto alto

Hay una mujer mayor, otra de mediana edad y una más joven; de ninguna se sabe el nombre.

¿Nos adelanta el autor que el Yo, esa extraña invención del siglo XX, es pura ilusión, o nos sugiere que quizás ninguna de las tres existe, o por lo menos que ninguna de las tres está viva?.

Una de las mujeres más jóvenes puede ser la secretaria de un abogado y la otra una enfermera; ambas pueden ser hologramas psíquicos, proyectados por la poderosa memoria de la anciana, o aún personas reales que desencadenan la evocación y el recuerdo de la moribunda.

La inquietud llega al espectador: nuestra identidad puede ser también una ilusión: para los romanos, cuyo idioma vulgarizado hablamos, la «personae» era tan sólo la máscara a través de la cual los actores proyectaban su voz.

Imitando a la corriente de la consciencia, la acción de «Tres mujeres altas» nos llega en fragmentos que parecen articularse y desarticularse, armarse y desarmarse, como si la vida fuera similar al Cosmos primigenio, una sucesión de nebulosas, de instantes vaporosos e inestables, mera complicación y fugacidad; una entidad tan elusiva como las sucesivas capas de cebolla que levanta una tras otra, sin encontrar un centro, Peer Gynt.

En la segunda parte de «Tres mujeres altas» todos los caminos se encuentran y las tres mujeres son, quizás recién entonces, el pasado de una sola mujer. La acción sucede en varios planos, en varios lugares geográficos y en varios momentos del pasado; también sucede en el presente, en la moribunda que ya contempla su propio cadáver y recrea y reconsidera su vida, y hasta quizás pretende modificarla.

Albee nos descoloca, nos hace perder pie, nos hace volar, nos lleva hasta su infierno personal de angustia e inquietud sin más avíos que unas pocas claves; al fin nos devuelve, último truco de prestidigitador, una muerte de pie, la última carta de su baraja, muerte que es también la última ilusión, porque es una muerte que llega a presenciar, como un espectador más, la misma persona que muere. El hombre es para Albee, como para Shakespeare, un ser ondulante, movedizo e inestable, hecho con la misma sustancia de nuestros sueños.

Nelly Goitiño volvió en esta puesta en escena a una atmósfera metafísica similar al «Kaspar» de Peter Handke, su primer gran trabajo como directora, y trasmitió con vigor y precisión la punzante ambigüedad de Albee. Ciertamente, dispuso de un elenco como sólo la Comedia Nacional puede proveer: Estela Medina, cuyas afinidades electivas son, sin duda, el drama y la tragedia, nos ofreció una de sus más conmovedoras y perfectas actuaciones; Gloria Demassi, una actriz que posee todas las cualidades y es capaz de las más difíciles realizaciones, estuvo en su mejor forma, cómoda y natural en el mundo intermedio, ni real y fantástico, de Albee y Alejandra Wolff, por su parte, ratificó una vez más que está entre los más capaces de nuestros actores jóvenes.

«Tres mujeres altas» es un acierto de la Comedia Nacional, porque es, exactamente, lo que debe hacer: llevar a nuestro público lo mejor del teatro contemporáneo, con prescindencia de los imaginarios «gustos» de los espectadores. Como escribió García Lorca, » El teatro se debe imponer al público y no el público al teatro… el público del teatro es como los niños de las escuelas: adora al maestro grave y austero que exige y hace justicia y llena de crueles agujas las sillas donde se sientan los maestros tímidos y adulones, que ni enseñan ni dejan enseñar» («Charla sobre teatro», en Obras completas). *

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