MOULIN ROUGE, DE BAZ LUHRMANN

París era otra fiesta

El cineasta australiano Baz Luhrmann, en su segunda incursión cinematográfica, decidió retratar aquellos días locos del París de fines del siglo XIX, tomando como centro de la movida al mítico Moulin Rouge.

¿Qué pretendió el modernoso cineasta australiano Baz Lurhmann con el rodaje de Moulin Rouge? ¿Comprobar que el París hacia fines del siglo XIX era una fiesta realizando una producción de intensidad parecida al vértigo, a la locura y a una suerte de pre-versión de aquella posterior, emblemática consigna de queremos el mundo y lo queremos ahora? ¿Pretendió desde su particular lenguaje cinematográfico que aquel París del can-can era una forma de transgresión, otorgándole el podio a un Toulouse Lautrec interpretado penosamente por John Leguizamo?

Desde luego que aquel París fue revoltoso y hasta revolucionario en el plano artístico durante ese tramo que se extendió hasta las primeras décadas del siglo siguiente. Pero el filme de Baz Lurhmaan habría que tomarlo sólo como referencia más bien menor.

Moulin Rouge no deja de ser una simple love story con halo trágico (la del escritor recién llegado al siglo de las luces parisino, compuesto por Ewan McGregor y la bailarina del Molino Rojo que compone Nicole Kidman) desplegando travellings, planos nerviosos, montaje rapidísimo, una iluminación con una paleta caleidoscópica, mezcla de autores disímiles que van desde Madonna a The Beatles, desde Elton John a U2, entre otros.

Moulin Rouge, en definitiva, se pretendió como un mensaje de la idea de vanguardia y, pese a sus meritorios efectos visuales y a sus espléndidas coreografías, es un ejemplo de estridencia estrictamente formal que anula las labores de un cineasta con intenciones atendibles.

El problema es que Luhermann, también guionista del filme, mezcla terriblemente la idea de transgresión, de tensión contracultural o novedad sin más, con la confusión. Y no se puede hacer arte desde esa posición.

Retratar una época fulgurante necesita de otra pausa. No alcanza, en este caso, con esa idea videoclipera de que las imágenes comandan el asunto y mandan a su vez el mensaje, algo que Luhrmann conoce de memoria porque proviene de la cultura del video-clip.

Lo que logra el australiano (algo similar había ocurrido en similares términos con su versión de Romeo y Julieta), es fundar un extenso, caótico video-clip, un relato chirriante donde no hay un punto y aparte.

Los actores hacen lo que pueden: el escritor/cantor enamoradísimo (McGregor sin demasiados esfuerzos expresivos) y la femme fatale con su enfermedad terminal (una Nicole Kidman pos Stanley Kubrick –y nadie logrará fotografiarla tan sensualmente como el desaparecido cineasta– que ya no existe como icono sexual) que se debate entre el amor a un pobre diablo y contraer matrimonio con un duque que pone todo el dinero (y joyas en su cuello) para montar el más grande musical de todos los tiempos, en donde aparecen trozos de un tango mezclados con la «Roxanne» de The Police, las chicas vírgenes y materiales de Madonna y las baladas amorosas escritas por Bernie Taupin para Elton John, además de «Lady Marmalade» interpretada por Christina Aguilera.

Baz Luhrmann parece poseer todos los recursos formales para ser un cineasta a tener cuenta: le falta lo esencial: vuelo creativo. ¿Lo tendrá? *

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