Un conversador profesional
Actor, hombre de radio, conductor de televisión y periodista, Alejandro Camino se define como un trabajador del arte y la comunicación. De padre herrero y madre empleada doméstica cuenta que su vocación por la comunicación se despertó imitando los relatos futbolísticos de Víctor Hugo Morales. Luego de una frustrada entrevista por culpa de un portero eléctrico averiado, la cara actual de Bien de Bien recibe a LA REPUBLICA en su casa. Con el fondo constante de un disco del Buena Vista Social Club, esta extensa charla le da la razón a su afirmación de por qué eligió sus múltiples ocupaciones: «Todo se resume a tener gente con la que conversar».
–Cuando empezaste a estudiar teatro ¿pensaste alguna vez que ibas a hacer televisión o fue algo que se dio casualmente?
–Yo no sé por qué, pero las cosas que me ocurren no me sorprenden. Hay como certezas en mí, que ya anidaban, en el sentido de que iba a actuar, que me iba a dedicar al mundo de la comunicación y el arte. Es raro, porque no es que haga ciertas cosas para obtener ciertos resultados. Es como si estuviera predeterminado, que no lo está porque las cosas ocurren porque he trabajado por ellas. Pero había como una convicción básica.
–¿Cuándo decidiste que querías ser actor?
–Las cosas se dan de a poco. De chico relataba los partidos imitando a Víctor Hugo Morales y quería ser relator y comentarista de fútbol. Le pedí a los Reyes Magos una radio y me sentaba al cordón de la vereda con el aparato pegado a la oreja porque pensaba que si lo escuchaba bajito la pila me iba a durar más. Después, cuando terminé el bachillerato, me fui a anotar al IPA para hacer el profesorado de literatura. Como se ingresaba por escolaridad, una medida impuesta durante la dictadura, quedé afuera. Ahí mismo dirigí mis pasos hacia el Teatro el Galpón que recién llegado del exilio abría su escuela de teatro.
–Muchas veces en el ambiente cultural o intelectual el hacer televisión está mal visto, ¿has sufrido ese prejuicio?
–En el ambiente intelectual está mal visto todo lo que sea consumido por más de siete u ocho. En ciertas épocas los intelectales no veían con buenos ojos el fútbol, era visto como un opio de los pueblos modernos. Sucedió lo mismo con el carnaval y con la música tropical. La televisión creo, es el punto más alto de las críticas, porque la tele es lo que une por igual a todo el mundo. Todos miran televisión, por lo cual es muy sencillo adjudicarle todos los males, lo que es una solución demasiado fácil y cómoda. Pero uno no trabaja para ningún círculo en particular, se trabaja para el público y cuando pensás en el público pensás en algo masivo.
–¿Has notado que la televisión ha perjudicado, por esos prejuicios, tu carrera de actor?
–Desde que estoy en televisión he actuado mucho menos. Uno podría suponer que por el hecho de estar en la tele, me llamarían más, pero no es así. Creo que más por el prejuicio, que existe, se da una cosa de creer que por estar en televisión uno está muy ocupado. Todos piensan que estoy estresado por la cantidad de trabajo y yo siempre digo que más ocupado está el obrero de la construcción que trabaja ocho horas por día desde las seis de la mañana en un andamio. Y mucho más estresado debe estar el que está desocupado y no puede conseguir trabajo. Yo tengo mucho tiempo libre, hay días que trabajo muchas horas por día y hay otros que no. Y otro mito de la televisión es que se hace mucho dinero.
–Es un país de mitos…
–Uno de los males del Uruguay es ese doble discurso instalado a todo nivel, decir que algo está mal y practicarlo. Decir que está mal el contrabando y hacerlo. Negarse a discutir la legalización de la droga y todo el mundo conoce a gente que consume y a quien vende esa droga. Decir que no hay que hablar del aborto y no hay nadie que no tenga cerca a una uruguaya que se practicó uno. Creo que nos hace mal no enfrentar las cosas. Por eso me alegré cuando Batlle propuso la posibilidad de legalizar ciertas drogas. Creo que las cosas hay que hablarlas.
–¿Por qué te parece que programas como Sote o Bien de Bien tuvieron tanta repercusión?
–Los programas de entretenimientos son como los informativos. En todas partes del mundo son más o menos iguales. Lo que pasa es que es distinto ver un programa en donde el premio son ocho millones de pesetas, que nadie sabe bien cuánta plata es, a uno en que se ganan electrodomésticos que hay que ir a retirar en 18 de Julio y el que participa vive en La Blanqueada y se toma el 188. Esa es una de las razones por las que se transforma en exitosa una propuesta nacional, por más chicas que parezcan las diferencias. El toque autóctono, es lo que hace que la gente opte por esa propuesta.
–Entre todas las cosas que hacés, supongo, has tenido que optar.
–Uno hace opciones, pero no todo lo que hace en la vida lo elige. Ahí se aplica lo que dice Benedetti: «Uno no siempre puede hacer lo que quiere, pero tiene derecho a no hacer lo que no quiere». Nunca he hecho nada en lo que no me sintiera cómodo. He trabajado en radio haciendo fútbol, cosa que adoro, pero en un momento tuve la oportunidad de trabajar en algo más personal, con un lenguaje más periodístico y bueno, tomé esa opción. A nivel de televisión he tenido mucha fortuna, porque desde que empecé con el Club de Tom y Jerry, que siempre fue un proyecto que me gustó, hasta Sote y ahora Bien de Bien, he hecho lo que me gusta. Lo que no significa que no me gustaría hacer también otro tipo de cosas.
–¿Te gustaría hacer algo humorístico, por ejemplo?
–No especialmente. Lo que más me seduce hacer es algo con un lenguaje periodístico, ameno, de intercambio e investigación, pero por encima de todas las cosas, entretenido. Lo que no puede ser nunca algo que está destinado a la gente en un medio de comunicación, es dejar de ser entretenido. Si no se hace mala televisión, radio o periodismo escrito. Entretener no quiere decir ser banal, ni light o superfluo.
–Más allá de tu carrera artística, siempre has buscado la comunicación, ya sea en esa veta periodística que tenés en la radio o en la televisión como conductor ¿Es una necesidad personal?
–Sí, es una necesidad de escuchar muchas voces y tener muchos oídos a los cuales decirle cosas. Es una necesidad de estar con la gente, quizás tenga hasta razones psicológicas que se me escapan. Me gusta mucho descubrirme como alguien participativo de todo lo que le gusta a la gente. Vibro con el fútbol, me gusta el carnaval, los asados, lo que le gusta a la mayoría. También soy un apasionado de la información, me gusta ver informativos, leer diarios, comprarme libros. Eso juega a mi favor, no sólo por mi trabajo periodístico en la radio. Como conductor de un programa de televisión, estoy obligado a saberme, por lo menos el nombre de los integrantes del gabinete, conocer el último escritor uruguayo o escuchar el nuevo disco de un compositor nacional.
–Una de las cosas en la que caen muchos intelectuales es la demagogia, el mirar las cosas desde arriba.
–Mi mamá era empleada doméstica, mi papá herrero de obra. De chico veía al médico en el Pereira Rossell. No digo que sea un mérito, pero eso te da una cierta perspectiva, para entender ciertas cosas. Eso no se compra ni se estudia. Pero lo que se estudia, lo estudio. En el ambiente artístico y el de la comunicación se dan las dos cosas; el que desde un atalaya suplica ser aceptado y el que dice «yo me entiendo con la gente» y no caza un libro ni que vengan degollando. El que es intelectual da la impresión de que le cuesta
comunicarse con la gente y los otros son ignorantes que no quieren cambiar su situación.
–Es raro que viniendo de un ambiente humilde te hayas dedicado a tareas más intelectuales, ¿cómo se despertó tu vocación?
–Por muchas cosas. La principal: la escuela pública, la gran bandera democrática que el Uruguay tiene que defender. La escuela pública funcionando bien es lo que posibilita que la democracia funcione como tal. Democracia no significa que seamos todos iguales, sino que partamos de la misma línea.
Y quien puede permitir eso es la educación pública. Si bien yo me crié en dictadura, el corazón democrático no se cortó porque la Constitución estuviera bloqueada.
Mis papás, si bien no terminaron los estudios básicos, me exigieron que pasara todos los años con sobresaliente. Fue exagerado, pero por algún lado me sirvió.
–¿En el teatro buscás esa misma premisa de comunicarte con las grandes mayorías?
–El teatro es otra cosa, porque es un lenguaje de neto corte artístico y por lo tanto con exigencias y metas distintas. No tenés la obligación de ser popular y entretenido, lo que sí se da en los medios de comunicación. En el arte se puede tener una pretensión, en el buen sentido, egoísta. Se puede decir lo que uno tenga ganas. Si coincide con lo que muchas personas andan con ganas de escuchar, fantástico, pero si no, eso no invalida la propuesta. Lo que está primero es la necesidad del artista, si no no es arte. Considero que en la creación artística hay libertad absoluta.
–¿Actualmente está primero el actor o el comunicador?
–No, no es que considere mi trabajo de comunicador como algo rutinario que me permite vivir, mientras lo creativo lo vuelco al teatro. Son dedos de una misma mano. Necesito tanto el micrófono como la cámara y el escenario. Marcar tarjeta lo hice por años. Trabajé en una herrería, como administrativo y como peón. También como peón de chapista, en un frigorífico de pescado, en una colchonería, como cadete, como cobrador.
Trabajo desde los catorce años.
–¿Cuándo dejaste de trabajar en cosas alejadas de tu vocación?
–Fue gracias al carnaval. En 1989, salí con la murga Saltimbanquis. Junté un poco de plata, tomé valor y me dediqué solo a esas cosas. Desde muy chiquito junté plata para tener un apartamento. Siempre tuve esa cosa uruguaya del techo propio. Como siempre supe que estos trabajos son inestables, dije «bueno, al menos que cuando llueva no me moje».
Tal vez no tuve pantalones Levi´s, pero a los 19 años tenía mi propia casa. *
«Hay que estar atentos a lo que dice el público»
–Como hombre de los medios, ¿qué te parece le falta a los medios masivos actualmente?
–Más que como hombre de los medios te hablo como consumidor. Creo que lo que los grandes medios tienen que tener como norma es estar atentos a lo que dice el público y no sé si siempre lo están. La verdadera lealtad no hay que tenerla ni con las empresas, ni con los partidos políticos o las corrientes de opinión sino con el público. Por lo menos de parte de los comunicadores, nuestro único capital es nuestro nombre y la credibilidad ante la gente.
Pero, dentro de todo, estamos en un proceso lindo de empezar a plantearnos ciertas cosas. Es un proceso de crecimiento y necesaria tolerancia, que va a tener, ya lo está haciendo, que verse reflejado en los medios de comunicación. *
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