"CIANURO A LA HORA DEL TE", DE PAVEL KOHOUT, EN EL TEATRO SAN MARTIN, BUENOS AIRES

Liviano, por favor

Como en «La muerte y la doncella» de Ariel Dorfman, el espectador vacila entre enfocar su lente sobre una pieza política con militares y y tortura, y el enigma policial que es la pieza.

Hay en «Cianuro a la hora del té» la historia de una impostura que es desenmascarada al cabo de treinta años y la historia paralela de una venganza postergada, que fracasa también: la relación de la trama con la insurrección del gueto de Varsovia, el nazismo y la persecución de los judíos es mera circunstancia o distracción.

Irene (Ingrid Pelicori) es la hija de una judía muerta por salvar a su niña de la matanza que siguió a la insurrección. Ha decidido visitar a una escritora polaca mayor y célebre, radicada en Praga (Juana Hidalgo) que ha escrito una sola novela de gran éxito sobre un tema que Irene cree que es su propia madre.

La expectativa es tenue, porque todo espectador avezado en filmes de suspenso adivina que Irene se trae algo entre manos y precisamente lo trae en ese bolso viejo que no suelta nunca y cuyo contenido revelará al final.

Pero una vez que el autor, hacia la mitad de la obra, concluye de sacar sus cajas chinas una de otra, la credulidad del espectador se clausura definitivamente. La impostura ha requerido traición y hasta vampirismo en un grado imposible de creer; la venganza se ha demorado sin razón aparente y revela una crueldad sin antecedentes ni explicación.

Al fin, entre vapores de alcohol, papeles rotos, lágrimas, gritos y humillaciones, la visitante se va con la misma amargura con que vino y la escritora queda de rodillas, vencida pero ennoblecida, por lo menos a nuestros ojos, por su estoico desafío a la muerte, momento en que, por fin y paradójicamente, es digna de la heroína de su novela.

Si las referencias a la insurrección del gueto de Varsovia y, en general, a la persecución de los judíos no logran entroncarse con la intriga, «Cianuro a la hora del té» abunda en temas laterales desaprovechados: el desesperado tema de la identidad, el tema de la verdad que al destruir las apariencias termina con la vida, que adelantaran Ibsen y Chejov, el temor de la revelación de un secreto celosamente oculto, como los temores del barón de Charlus en el salón de los Verdurin («En busca del tiempo perdido»), cuando sospecha que la verdad sobre su pasado llegará a sus nuevos anfitriones. Todos estos temas, que por sí solos justificarían una obra, se diluyen en la arena de un final desconcertante que si cierra la anécdota no redondea un drama.

La puesta en escena de Leonor Manso se apoya en un escenario giratorio que permite ver a las actrices desde todos los ángulos; sorprende y hasta divierte, pero no se ve la necesidad del aparato. Encontramos una lentitud incómoda en el desarrollo de la acción, morosidad que aparta al espectador de lo que ocurre en el escenario y una falta de adecuada resolución de las escenas de la obra, que suceden todas sin relieves ni gradaciones bajo una misma luz blanca. Como siempre, Ingrid Pelicori puso toda la intensidad dramática de que es capaz en su personaje y logró comprometer al espectador; Juana Hidalgo, en cambio, sobre cuya actuación no caben objeciones, pareció moverse en un clima distinto, en otro universo de gestos y significaciones.

CIANURO A LA HORA DEL TE, de Pavel Kohout, en traducción de Nicolás Costa y adaptación de Leonor Manso, por el Teatro San Martín, con la actuación de Juana Hidalgo e Ingrid Pelicori y la voz de Verónica Díaz Benavente. Vestuario de Renata Schusheim, idea escenográfica y dirección de Leonor Manso. En la sala Cunill Cabanellas, Avda. Corrientes 1530. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje