Porto Alegre en Montevideo

Esperanza y desesperanza del descubrimiento

Ese oleaje continuo, con sus espumas y sus seres que forman con las aguas una sola unidad, con ese ritmo que parece el mismo ritmo de la vida que caduca y renace, «el mar, el mar siempre recomenzado» de Paul Valéry, es en esta obra una presencia magnética. Los hombres de uno y otro lado del océano, los portugueses con sus barcos de juguete ante la majestad proteica del dios y los indios que interrogan aprensivamente el horizonte, están como inmantados por las aguas profundas. En ese medio, las canciones cruzan sobre las aguas como mensajes desesperados; se conquistan las tierras porque no hay, ni puede haber, coraje suficiente para la conquista del mar. Y así quedan las aguas, impasibles y móviles, que resisten toda conquista y rehúyen toda sujeción. La naturaleza, parece decirnos, es más fuerte que nosotros. La humildad ante el Cosmos tiene sus altares a la orilla del mar. Y al fin de la obra hay un reflujo marino en el Descubrimiento: la colonización puede recomenzar.

Alabarse ha tenido siempre una especial sensibilidad para la imaginación y para la imagen. En sus obras hay fantasía, que nunca es fantasía pura: las imágenes tienen siempre un significado, que incluye un enigma. Todo lo que emerge tiene algo irreal; pero son imágenes buenas conductoras de la realidad. Realidad y fantasía, tierra y agua, se fecundan mutuamente. Como todas las creaciones del inconsciente, hay en las imágenes de Descobrimento tanta realidad como sueño, tanto barro como éxtasis y «los sueños buscan el mayor peligro».

Esta alusión musical al Descubrimiento no elude las sombras, y por momentos llegan redimidos por el arte, los estragos del fanatismo religioso, el afán de riquezas, la esclavitud. En todos los cuadros hay, a veces arrancada del dolor, poesía y belleza. Alabarse no se demora en juicios condenatorios que llegan tarde ni en justificaciones que nada redimen: no hay ni un vidrio oscuro ni una visión optimista. Así sucedieron las cosas, y sólo el futuro dirá si hemos sido dignos de nuestro difícil presente.

Como escenógrafo y director Alabarse estuvo a la altura de sus mejores creaciones, como la que conoció nuestro público en «Un beso, un abrazo, un apretón de manos». Hay un exacto sentido del ritmo, un magnífico equilibrio de medios expresivos, el recitado, el canto, la música, los colores y las imágenes, el ballet; hay una síntesis final, donde todo parece refluir en un plasma inicial que crea imágenes al infinito. Contó con un elenco de actores y cantantes que sacudió a los espectadores: Antonio Carlos Brunet, Sandra Dani, Margarita Leoni, Sandra Loureiro, Zé Ada Barbosa y, para nosotros, nuestra Bettina Mondino, cuyas magníficas aptitudes de cantante han sido poco apreciadas en nuestro medio. En suma, un espectáculo completo, tan colmado de placer y diversión como de sugestión y misterio.

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