Centenario del arquitecto Louis I. Kahn
Fue uno de los grandes arquitectos del siglo XX, poco difundido por estas latitudes y conocido de un puñado de especialistas. Su obra se caracterizó por haber renovado la modernidad de los mayores maestros (Le Corbusier, Gropius, Mies van der Rohe) conduciéndola a una síntesis de búsquedas sobre la topología, el orden estructural y la luminosidad, elementos que encarnan los conceptos arquitectónicos. Concibió un entendimiento íntimo entre ética y estética levantando espacios imbricados unos entre otros en un implacable canevás geométrico que impuso a todo edificio. Para algunos es considerado el padre de la arquitectura posmoderna.
Nacido el 20 de febrero de 1901 en la isla de Saarema, golfo de Riga, en el mar Báltico, en esa época perteneciente a Rusia y hoy a Estonia. De ancestros judíos (padre lituano, oficial del ejército, y madre aficionada a la literatura y la música) de modesta condición económica que derivó en la pobreza, obligados a emigrar a Estados Unidos. A los cuatro años vivía en las mismas condiciones que en su tierra natal, en un barrio periférico de Filadelfia. Con las marcas del fuego en la cara y manos (cayó en las llamas a los tres años) y las secuelas de una escarlatina (la voz atiplada) luego de llegar a América, fue objeto de burlas por sus compañeros de escuela y la sobreprotección de su madre. Dotado para el dibujo y la música, Louis I. Kahn, se orientó hacia la pintura estimulado por sus profesores que reconocieron su destreza inusual. Prefirió elegir la arquitectura en la Universidad de Pensilvania mientras, para pagar los estudios, tocaba el órgano en el cine mudo. Se formó al lado del francés Paul Cret, un arquitecto que introdujo la férrea disciplina de la Escuela de Bellas Artes de París y con el cual trabajó en ocasión de su periplo europeo. Eso sucedió en 1929, un año poco propicio para viajar cuando estalló la quiebra de Wall Street. Tuvo como referencias a los clásicos Auguste Choisy y Julien Guadet, descubriendo y admirando a Le Corbusier.
En el período del New Deal del presidente Roosevelt y la apertura social, logró sus primeros y erráticos empleos profesionales, interesándose por la actividad comunitaria y los proyectos urbanísticos, hasta formar un grupo de investigadores afines con sus ideas. A fines de los años 40 funda su propia agencia en Filadelfia y pocos años más tarde es designado profesor en la Universidad de Yale. Un hecho decisivo marca su personalidad y su obra: en 1947, durante una estadía en la Academia Americana de Roma, que incluye un recorrido por Italia, Grecia y Egipto, Kahn descubre el pasado histórico como en su tiempo lo hiciera Le Corbusier. Es el momento decisivo para poner en acción su pensamiento arquitectónico y reelaborar la noción de Orden en la construcción, definiendo la naturaleza y el espacio, lo que el espacio quiere ser antes de convertirse en arquitectura. Las obras que hizo en la década del 50 demuestran palmariamente esa voluntad de volver a los principios elementales de la arquitectura, una puesta de relaciones primarias, de contornear, juxtaponer, continuar, ordenar, distanciar. Cuenta, en imágenes ya codificadas, que interrogaba al ladrillo lo que quería ser, convocando a la intuición como el sexto sentido. También apela a la forma, no en el sentido habitual, sino como unidad conceptual que debe anteceder al diseño.
Es la época de los proyectos para la Galería de Arte de la Universidad de Yale (1951-53), desenvolviendo su concepción jeráquica de elementos sometidos a un orden estructural, con casetones tetraédricos, en evidente aprovechamiento de la fluidez de Mies van der Rohe. Ese edificio tuvo una repercusión notable y su talento fue reconocido de inmediato, en especial por el historiador Vincent Scully.
Se sucedieron edificios que ya son referentes inevitables en la historia de la arquitectura del siglo XX: los Baños de Trenton (1955-56) y sus cubiertas piramidales, los Laboratorios de investigación médica Richards (1957-61), el Instituto Salk, La Jolla, California (1959-65), con su enorme espacio abierto, que hunde su inspiración en la antigua Roma. Son tres obras ejemplares donde explicita su teoría de espacios servidos y servidores, en la distribución geométrica de la descomposición de elementos flexibles. En la década siguiente vendrán los proyectos en el exterior: el Instituto Indio de Administración en Ahmedabad (1963), el Capitolio de Dacca, capital política de Blangladesh (1962), terminado después de su muerte (una obra de deslumbrante sucesión de cubos y cilindros perforados por triángulos y semicírculos), que tratan de encontrar en el tradicional ladrillo y el mármol blanco la expresión local auténtica en la construcción islámica.
Más adelante aún, su lenguaje aparece más despojado, si es posible: el Museo de Arte Kimbell en Fort Worth (1966-72), con sus largas bóvedas y lucernarios longitudinales de exquisita elegancia, el Centro de Arte Británico en Yale, New Haven (1969-74), la Biblioteca de la Phillips en Exeter (1965-72), con sus aperturas circulares, son otros referentes de un estilo inconfundible.
Murió en 1974, al regresar de un largo viaje por Asia, donde fue a visitar sus obras, en un baño público de la estación de ferrocarril de Pensilvania, camino a Nueva York, de un ataque al corazón, y su cuerpo estuvo varios días en el Departamento de Personas Desaparecidas antes de ser identificado. Como muchos otros grandes creadores del arte y el pensamiento, tuvo su lado oscuro. Nunca reconoció el papel gravitante de su amante y colaboradora Anne Tyng (las cartas divulgadas recientemente muestran a un hombre mezquino) ni el papel desempeñado por Robert Venturi (el de Aprendiendo en Las Vegas), discípulo y colaborador, y del ingeniero August Komendant, que le dio los conocimientos básicos sobre estructuras que Kahn ignoraba. Pero igual el maestro de Filadelfia sobrevive a estas debilidades humanas. *
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