Muestras recientes de artistas uruguayos
Aunque en el catálogo no se indica, Felipe Herrera confiesa que las obras presentadas corresponden a un período de diez años, conocidas hace pocos meses, en el Centro Recoleta de Buenos Aires con señalada aceptación. Es que la coherencia estilística de este venezolano de 54 años es la primera virtud en un momento en que casi todos sus colegas cambian de rumbo cada temporada. No es que sea una virtud en sí misma la continuidad del estilo, pero aquí se rodea de una dignidad operativa y una audacia pictórica poco frecuentes en Latinoamérica. Herrera conoce bien la historia del arte y sin duda frecuentó los principales museos internacionales. Tiene capacidad para ensamblar el planismo pictórico con el bajo relieve, incluir cuadros dentro del cuadro y misteriosas puertitas que se abren, empleando materiales diversos (madera, yeso), citar a los maestros (Miguel Angel, Holbein) y a los surrealistas, en un apareamiento visual de la vigilia y el sueño, de lo visto y lo imaginado para convocar cuerpos desnudos, fragmentados o en violentos escorzos y la filosofía esotérica.
El abundante material plástico y temático producen un fuerte impacto visual. En el Museo de Arte Contemporáneo funciona admirablemente, quizá por primera vez, por la adecuación de cada caja-cuadro con las divisiones de las intercolumnas, siempre tan ingratas. Una observación más detenida y cercana deja traslucir sin embargo, que la ambición de Herrera parece excesiva y que al dibujo le falta esa seguridad y firmeza, especialmente en los escorzos y manos, que soberbiamente supo desplegar el colombiano Luis Caballero. Los más sobrios (Con un pie en el estribo) son los más atractivos.
Materia prima
La idea merece más de un aplauso. Mercedes González propone un recorrido de la historia de la cerámica en América Latina desde sus orígenes hasta nuestros días. No copiando los ejemplares de cada período histórico sino recreándolos e interpretándolos. Una empresa titánica que le llevó dos años y cuyo resultado se puede ver en el Espacio Cultural MEC. El profesionalismo de González es conocido a través de anteriores muestras individuales pues supo inyectarle a la cerámica una vitalidad perdida. No siempre su artesanía, la nobleza de su elaboración, estuvo acorde con la ambiciosa temática. Algo de eso sucedió en Resurrección (Palacio Santos) y en cierta o mayor medida vuelve a suceder en esta oportunidad. Si es inteligente la propuesta de evocar un ambiente de excavación arqueológica, el montaje excesivamente teatral la despoja del aura poética que era indispensable para ir descubriendo, poco a poco, lentamente, los oscuros vestigios del pasado y enfrentarse, como una bofetada de la materia, a los desechos plásticos actuales. La escenografía de Osvaldo Reyno (con pasarela iluminada de vidrio incluida) anula ese deseable encuentro entre idea y realización.
Macadam
Evidencia la afirmación del oficio, el dominio instrumental de Pablo Bruera (Montevideo, 1972). En la Sala Carlos F. Sáez reúne pinturas y esculturas de cartón, elaboradas entre 1999 y 2001, sobre las cuales proyecta una tonalidad baja y oscura, ocres torresgarcianos y el nefasto betún de judea que todo lo cubre. No obstante, el habilidoso montaje sabe dinamizar las obras planas y de volumen, recogidas en un grueso catálogo, bien diseñado por el propio autor. Los óleos sobre tela representan elementos figurativos de manera sesgada (paisajes que no osan decir su nombre) mientras que en los óleos y grafitos sobre papel (azoteas y naranjas), de formato menor, un plausible lirismo se infiltra entre planos y trazos.
En las acumulativas cajas de cartón corrugado hay extremos de superficialidad (Tabla de pescado) y sobriedad expresiva (Canelones 1524, un título que alude a una institución cultural). El talante surrealizante de las cajas, el pertinente empleo del cartón, emblemático soporte de la sociedad de consumo, se ve contrariado por la multiplicación formal que partiendo de la pared avanza hacia el espacio sin el rigor matemático necesario. El efecto (y efectismo) es más llamativo que convincente, al faltarle esa íntima elaboración conceptual y la consiguiente despojada forma. Pero el empeño, la constancia, el afán de construir un mundo propio aunque incipiente, hacen muy atendible la muestra de Bruera, aunque no es necesario hacer una todos los años. *
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