
Una de las obras más fuertes se presenta en el pabellón alemán, ganador del León de Oro a la mejor participación nacional, opina el periodista español Fabián Lebenglik. Dentro del edificio de estilo imperial, Gregor Schneider (1969) construyó una casa de dos plantas. SerÃa banal; pero dentro, una puerta muy pequeña, conduce a un pasadizo por el que hay que entrar agachado.
A partir de allà comienza una experiencia lÃmite para el visitante, porque lo que Schneider construyó allà es un anexo clandestino, que en parte recuerda a la casa de Anna Frank. Claustrofóbico y laberÃntico, tiene huecos verticales y horizontales, falsas paredes, corredores estrechos y hasta pasajes por los que hay que arrastrarse; se descubren mÃseras pocilgas, aguantaderos, zonas pútridas, con objetos abandonados en descomposición –entre ellos un sÃmil de restos humanos–. Una obra brillante y siniestra sobre el autoritarismo, que transforma a quien la recorre en un fugitivo, o en un represor en busca de sus vÃctimas.
Las piezas del coreano Do-Ho Suh se exhiben en la muestra internacional (pabellón italiano) y el de Corea. En este último, el artista construye una alfombra hecha de miles de pequeñas chapitas de soldados que fueron a una guerra. La “alfombra” que pisan los visitantes comienza a elevarse y va dando forma a un lujoso traje ritual coreano: la obra muestra los miles de muertos que necesita el poder militar para erigir su hegemonÃa polÃtica.
En el pabellón italiano puso una plataforma de acrÃlico sostenida por millares de muñequitos en diferentes colores y posiciones, por la que el público recorre la muestra.
En ambas muestras (la del pabellón coreano y la del italiano), el artista cubrió las paredes con un papel que de lejos parece decorativo y de cerca exhibe la matriz de su diseño: infinidad de puntitos de dos milÃmetros que en realidad son rostros microscópicos, todos diferentes.
Janet Cardiff y Georges Bures Miller, los artistas canadienses que ganaron el Premio Especial del Jurado, montaron en el pabellón de su paÃs un cine en miniatura en el que se proyecta un mediometraje onÃrico, misterioso, de gran calidad visual. A cada espectador se le provee de unos auriculares en los que se oye una banda sonora de última tecnologÃa, que incluye la banda sonora del filme y ruidos “virtuales” de la sala –comentarios de espectadores vecinos, cuchicheos, pasos–.
En el pabellón de HungrÃa, Antal Lakner (1966) montó un gimnasio VIP para empresas. Los singulares aparatos, llamados Iners, son en realidad máquinas crÃticas al ocio moderno.
Cada Iner reproduce las condiciones fÃsicas del trabajo “bruto” en un entorno gimnástico, transformando la noción “noble” de trabajo en la noción “light” de ejercicio. El “Transportador Hogareño” ofrece los beneficios de cargar y trasladar una carretilla con materiales, sin necesidad de moverse; el “Handypress” es un falso teléfono celular cuyas teclas de acero ofrecen gran resistencia y ejercitan los dedos.
Hay aparatos para simular la actividad de un pintor de rodillo sobre grandes superficies; un serrucho con contrapesos que evoca, el trabajo del carpintero sin el molesto aserrÃn y otras máquinas tan bien diseñadas como irónicas. La parodia aeróbica busca transformar el tiempo “ocioso” del ejercicio gimnástico “copiando” actividades de un modelo laboral depreciado y en extinción. *
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