Entre la historia y la leyenda, con abundantes lujos formales
Juana de Arco, un personaje situado en las fronteras de la realidad y la ficción –de cuya existencia sólo se conocen los documentos de su proceso– ha sido trasladada al celuloide en más de una decena de versiones de distintas procedencias.
Las múltiples adaptaciones de la vida, pasión y muerte de esta joven francesa, han discurrido entre el mero heroísmo veneratorio y la controversia, en la medida que se trata –sin dudas– de un auténtico paradigma incorporado al imaginario colectivo.
El cine ha contribuido también a edificar la leyenda de Juana, una analfabeta campesina que en el siglo XV se puso al frente de un extenuado ejército francés para infligir varias derrotas consecutivas a las poderosas fuerzas de ocupación inglesas y permitir finalmente la coronación como rey del delfín Carlos VII.
El talentoso cineasta francés Luc Besson, cuyo nombre adquirió notoriedad en el gran firmamento cinematográfico con recordados títulos como Azul profundo, Nikita, El perfecto asesino y aún la olvidable El quinto elemento, asumió el desafío de dirigir una nueva adaptación de Juana de Arco, con todos los riesgos que supone narrar la historia de un personaje cargado de mitos.
Para ello dispuso de un presupuesto de más de sesenta millones de dólares, que le permitió asumir una lujosa reconstrucción de época, contratar cientos de extras e integrar un reparto con figuras de la talla de John Malkovich, Faye Dunaway, Dustin Hoffman y Milla Jovovich, la pelirroja que viéramos en El quinto elemento.
En un filme de casi tres horas, Besson logra una aproximación a la peripecia existencial del personaje, impactando, desde el comienzo, con los lujos de montaje y producción.
Las primeras escenas, que recrean las intensas visiones místicas de Juana en medio de un paisaje de desolación y muerte, logran un adecuado golpe efectista en el espectador. El realizador acude a la parafernalia visual habitual en el cine comercial de los últimos diez años, para lograr secuencias de singular calidad y belleza estética.Por más que Besson explota adecuadamente algunos de los rasgos más perversos y estereotipados de la nobleza francesa de la época, el libreto no siempre sostiene adecuadamente los requerimientos de un tema de tanta complejidad.
Las escenas de batalla, narradas con particular crudeza, intensidad y un talentoso manejo de los recursos cinematográficos, constituyen lo mejor de este filme sin dudas espectacular.
Aunque Luc Besson no comete el pecado de detenerse en la mera veneración mítica de la leyenda de Juana de Arco, que fue canonizada quinientos años después de su muerte, el abordaje de la historia es algo epidérmico.
La figura de esta mujer líder y fanatizada por sus creencias en un mundo gobernado autoritariamente por hombres, requería una explotación más fina y minuciosa de las implicancias políticas y religiosas. Quedan en meras insinuaciones las actitudes ambivalentes de los Iglesia ante una mujer que reivindicaba el poder divino y desafiaba el poder de los hombres, las oscuras manipulaciones diplomáticas, las intrigas palaciegas y hasta los conflictos morales de la protagonista.
No obstante, quizás la virtud de Besson sea situar al personaje más allá del paradigma de la canonización, desnudando sin eufemismos sus sentimientos de venganza, sus delirios de grandeza y hasta sus perversidades. Es muy sólida la interpretación de Milla Jovovich en el papel protagónico, en un reparto en el que se lucen John Malkovich como El Delfín, Faye Dunaway como la intrigante suegra del rey y hasta Dustin Hoffman, en fugaces apariciones como la voz de la conciencia de Ana.
Una ajustada reconstrucción de época y los indudables logros formales en materia de fotografía, música y montaje transforman a esta nueva versión de Juana de Arco en un producto altamente consumible para los cinéfilos amantes de las superproducciones.
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