El último filme de Marcello Mastroianni
Todo es engañosamente simple en Viaje al principio del mundo, película de Manoel de Oliveira donde Marcello Mastroianni interpreta a un cineasta llamado sin casualidad Manoel, que prepara una nueva película y acompaña a su protagonista, un actor francés de origen lusitano, en una verdadera búsqueda de las raíces. Lo que el filme cuenta es el tránsito de ese cineasta y sus colaboradores hasta el pueblecito casi perdido donde naciera el padre del actor, luego emigrado tras la guerra civil española, casado con una francesa y muerto en el exilio.
Para el hijo se trata de recuperar a una familia que no ha conocido, y a través de ella saber más de sí mismo y de su caso olvidado padre. Pero el filme está construido realmente sobre un doble movimiento, que entrelaza el destino de aquel progenitor campesino, luchador y emigrante, con el del propio cinesasta Manoel, proveniente de una clase social más elevada, que pese a tropiezos y oposiciones se las ha arreglado para construir una obra sólida y prestigiosa en su Portugal. Por eso una parte del relato se apoya en las palabras y las imágenes del personaje de Mastroinanni, quien monologa sobre su pasado y evoca tiempos de esplendor mientras la cámara recorre las ruinas contemporáneas de lo que fue un edificio glorioso, y establece mudamente un sentido de pérdida y melancolía. Por eso, empero, el filme se aleja finalmente de su cineasta intelectual para interesarse cada vez más por el olvidado campesino, recuperándolo a través del recuerdo de su hermana, una anciana que simboliza un retorno a las fuentes, a formas de vida que parecen sobrevivir al margen del tiempo y de la historia, en ese principio del mundo aludido en el título.
El resultado ha sido saludado como una obra de madurez del veteranísimo cineasta portugués Manoel de Oliveira, sin duda el más durable y longevo de los directores de cine del planeta. Nacido en Oporto el 12 de diciembre de 1912, hijo de un rico industrial textil, de Oliveira recibió una esmerada educación en su patria y en España, practicó deportes (llegando a ganar varios premios en la especialidad de salto largo), se dedicó a la producción de vinos de alta calidad, y se interesó por el cine desde muy joven. A lo largo de la década del treinta alternó esas actividades con la realización de algunos documentales, y hasta se ha sostenido que inventó el neorrealismo en 1942 con Aniki-Bobó, un largometraje inspirado en novela de Rodrigues Freitas que reflejaba la vida de un grupo de niños de Oporto. El filme molestó a la censura del régimen de Salazar, y de Oliveira se desinteresó por un largo tiempo del cine, dedicándose entre otras cosas al automovilismo deportivo.
Un documental sobre la clase obrera lo puso en la lista negra de la policía secreta, y sufrió un arresto tras la realización del largo Actor de primavera (1962), evocación de la representación de un texto del siglo XVI por parte de los habitantes de un pueblecito de Trasos-Montes en tiempos de Semana Santa. La apertura democrática que siguió a la Revolución de los Claveles dio empero un nuevo impulso a su obra cinematográfica. Antes, incluso, había explorado un ambiente de alta burguesía en O pasado e o presente (1971), según obra de Vicente Sánchez, y en Benilde ou a Virgem (1974), examinó las complejas relaciones de una pareja de jóvenes muy religiosos. Siguieron títulos como Amor de perdiçao (1978), traslación de una novela dieciochesca de Camilo Castelo Branco sobre el amor imposible de dos jóvenes pertenecientes a familias rivales, y Francisca (1981), inspiraba en novela a Agustina Bessa Luis, acerca de conflictos matrimoniales en el siglo XIX.
Su estilo se fue haciendo cada vez más personal (y hasta experimental) a lo largo de los años ocheta. O sapato de cetim (1985) fue una adaptación de siete horas de un conocido texto de Paul Claudel, u O meu caso (1986) se inspiró en José Regio y Samuel Beckett para proporcionar tres versiones sucesivas de un psicodrama suscitado por la representación de un vodevil. En cambio, Os canabais (1988) pudo ser entendida como la vasta parábola sobre una aristocracia en decadencia, Não ou a vá gloria de mandar (1990) fue una amarga y elaborada reflexión sobre la caída del imperio portugués, A divina comedia (1991) contempló la historia a través de la mirada de los pacientes de un asilo psiquiátrico, y en O día do desespero (1992) se ocupó de la relación epistolar del escritor Camilo Castelo Branco con su amante Ana Plácido. Para muchos, su obra maestra es El valle de abraham (1993), adaptación de un clásico de la literatura portuguesa.
Como si la idea de que su vida no va a durar mucho más lo urgiera al trabajo, el cieasta aceleró su producción en los años noventa, hasta alcanzar el ritmo de un filme por año: A caixa (1994), O convento (1995), Fiesta (1996), Viaje al principio del mundo (1997), Inquietude (1998). De él se ha dicho que «el rigor y la riqueza de sus puestas en escena, lejos de toda afectación o facilidad, devuelven lo esencial de los seres y las cosas, sin excluir notas de humor sutil y generoso». En particular, de Viaje al principio del mundo se ha escrito además que se trataba de «una meditación nostálgica sobre el arte, el tiempo, la identidad, la memoria, la religión, la naturaleza, la guerra, la inocencia reencontrada con una excepcional dimensión emocional».
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