La Ciénaga Una joyita del norte argentino
La Ciénaga es una localidad de la provincia norteña de Salta, cerca de la que hay una estancia llamada La Mandrágora (planta sedante) donde ocurren los hechos en esta película de la joven Lucrecia Martel, que ganó el premio a la mejor ópera prima en el último Festival de Berlín.
Se ve, además, con reiteración una ciénaga en la cual una vaca quedó atrapada y una piscina de aguas turbias. Pero cenagosa es, sobre todo, la vida de las dos familias de Graciela Borges, una alcohólica con un marido sometido, y de su prima Mercedes Morán, insegura y temerosa de su marido.
Los cielos marrones con que abre marcan el tono emocional del filme, en inmediato contraste con los coloridos morrones (pimientos) que no vuelven a verse, pero son el sustento económico de la casa.
De inmediato vemos una temblorosa mano sirviendo alcohol, unos niños con escopetas por un peligroso y tupido monte, dos mujeres abrazadas en una cama y un grupo de adultos tumbado en torno a la piscina, como muertos.
Un accidente trivial provocará una pequeña conmoción que obligará a los personajes a moverse –y así a mostrarse–. Pero nadie gasta demasiada energía en ese verano, ni siquiera en planes. «La única que vende pimientos» está en Buenos Aires y rehúye viajar al lugar.
El que sí viaja por el accidente, queda como pegado al lugar. La que hace un plan, Morán, hace uno mínimo: ir a Bolivia a comprar los útiles escolares, una especie de viaje al Chuy. Pero no lo llega a formular en forma concreta y finalmente ve que su única posibilidad de salir un momento del lugar es cortada por su marido que no quiere dejarla ir sola.
Una de las hijas le dice al personaje de Borges que va a quedar como la abuela que no quiso levantarse más de la cama. Y ella reconoce el peligro cuando acepta acompañar a la prima.
En el medio de esa nada peligrosa, los personajes parecen idos como en sueños, (mientras el pueblo es conmovido por una virgen aparecida sobre un tanque de agua). A la vez, parecen sentir necesidad de provocar algo. Y ese movimiento se hace, una y otra vez, causando accidentes. Las imágenes iniciales relatadas, sumergen al espectador desde el primer momento en la sensación de que en cualquier momento pasará algo grave.
La cámara mira el caño del fusil de un niño recorriendo el monte y deteniéndose un instante en la espalda de otro, antes de seguir.
Así, toda la película y uno queda esperando el accidente «grande», mientras va conociendo a los numerosos personajes, retratados como pocas veces ha sido mostrada una familia estanciera.
Lucrecia Martel ganó con ésta, su primera película, el Premio a la mejor Opera Prima e Innovación artística en el 51º Festival de Cine de Berlín (2001). Había ganado con su guión el Filmaker Award del Festival Sundance. La película fue producida por Cuatro Cabezas, de Mario Pergolini, y por la guionista, productora y directora Lita Stantic.
La cineasta, que viajó a Buenos Aires a estudiar comunicación, había hecho anteriormente un corto, dos documentales y un programa infantil de humor negro que habían llamado la atención. Los productores que consiguió le permitieron un elenco interesante: Martín Adjemian, Diego Baenas, Leonora Balcarce, Silvia Bayle y Juan Cruz Bordeu.
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