CINE ESTRENOS

25 Watts – La más luminosa

Funciona como un perfecto relato circular concentrado en las vivencias paralelas de tres jóvenes protagonistas al borde de un ataque de aburrimiento durante el fin de semana.

Son veinticuatro horas en la vida de «Leche» (Daniel Hendler), Javi (Jorge Temponi) y Seba (Alfonso Tort): tres muchachos en tránsito adolescente hacia la adultez, auténticos referentes de un colectivo perfectamente identificable y con potencialidades universales.

 

Generación ausente

Para un espectador desprevenido el filme puede impresionar como un ejercicio juvenil en el que no pasa mayor cosa. Pero una mirada más atenta –sin embargo– puede dar cuenta de las múltiples lecturas que desparrama este verdadero hallazgo dirigido por Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll.

Con 25 Watts no sólo hay autenticidad sino rigor expositivo. Trasciende la propuesta original (quizás a nivel inconsciente), para desembocar en un espejo multiplicador de nuestra cotidianidad. Lo que para Rebella y Stoll funciona como simple canalización de una idiosincrasia, para otros espectadores más veteranos puede suponer –además– un elocuente reflejo de brechas generacionales. Es que, entre otras cosas, la película transita indirectamente por una línea que alude a una generación ausente de padres abandónicos y desintegración de relaciones afectivas.

Apenas una esquela de madre que se ha ido a Solymar y pide que cuiden de la abuela o la referencia sobre padre riguroso que daría una paliza al hijo si éste llegara a perder el empleo, son los endebles puntos que nos recuerdan una probable integración nuclear de los personajes. El resto es casi nada: un mundo desprovisto de progenitores que, como una pintura de Sarlós, sólo pasa revista a retazos de la tercera edad combinando una mirada que oscila entre la ternura y el patetismo.

Otro posible detalle a tener en cuenta sería el de cancelar definitivamente el término «comedia» para definir a 25 Watts. Aquí no hay mayores finales felices sino crónica de perdedores.

Podría decirse que el fracaso es uno de los denominadores comunes que se respira en buena parte del largometraje. Una mala racha, de carácter crónico, que se abre (y cierra) pisando materia fecal canina da paso a varios desastres domésticos.

Estas calamidades de perfil bajo incluyen el rompimiento de un noviazgo, la pérdida de cierta fuente laboral, un par de golpizas, la muerte de un ratoncito hamster, un amor imposible con papelón incluido y la estafa de unos pocos pesos por parte de algunos malandras de turno. Todo mal.

Aquí las tintas se cargan en una suerte de inercia –alienada por una televisión contaminante– que no ofrece mayores horizontes.

Ya sea por casualidad, elección estética o simple economía, el blanco y negro de la producción es la mejor tonalidad que podría haber tenido este microcosmos. Esos claroscuros que no emergen mayormente de la paleta granulada y grisácea perpetrada en 25 Watts se ajustan al espíritu de la obra.

Una esencia que no resulta apocalíptica pero tampoco deja de ser algo sombría, a pesar de algunos golpes de ternura que miran piadosamente a estos seres desprotegidos que piden deseos varios en un simple ritual de fósforos encendidos.

 

Tres tristes tigres

Es inevitable que el espectador no deje de compartir esa piedad. El ajustado trabajo del trío actoral, convierte a estos personajes en imágenes queribles y hasta entrañables.

Son simples muchachos de barrio sin maldad, algo ingenuos, enamoradizos y fraternos aunque con grandes dificultades para expresar sus sentimientos. Su existencia parece limitarse a beber cerveza, jugar al rin-raje y mirar programas mal sintonizados por una conexión trucha de cable.

No se los juzga, sólo se los muestra. No son ni buenos ni malos, simplemente funcionan como referentes conocidos y fáciles de identificar a la vuelta de la esquina. Quizás (y sin quizás) pueda decirse, en definitiva, que son los personajes más realistas que haya registrado nuestro cine.

En el interín, el filme también pasa revista a una antológica fauna por donde desfila un repartidor de pizza surrealista –ex blandengue y psicótico total– que da lugar a una de las escenas más desopilantes del largometraje.

Pero el delirio no se agota en esta presencia. La galería incluye un videoclubista que establece reflexiones existenciales a partir de las películas porno mientras algunos rastafari locales ofrecen su opinión del karma autóctono y un dúo integrado por quiosquero y futbolista suspendido pretenden entrar al Libro Guiness de los Récords.

En último término cabría subrayar un manejo de cámara con niveles de excelencia que, por momentos sorprende. Hay, por cierto, un cuidado equilibrio entre lo que se cuenta y la forma del relato fílmico.

Con el fogueo de directores veteranos, los jovencísimos Rebella y Stoll saben contar una historia y manejar los tiempos con envidiable pulso mientras se conceden algunos lujitos visuales que jerarquizan el producto total. Como dicen los muchachos: está de más. No resulta aventurado suponer que los premios conquistados en Rotterdam y Buenos Aires pueden ser el comienzo de una larga lista de condecoraciones. Imperdible.

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