"El juego del bebé" de Albee, en el Maipo

Cuento de inocencia y experiencia

J A

 

Cumplidos setenta años, Albee escudriña su nacimiento. El autor, un niño expósito recogido por un matrimonio multimillonario, presenta en esta obra sobre las angustias y vaivenes entre lo que fue y lo que pudo ser, el rapto del primogénito de un joven matrimonio por un dúo mayor. Siguen la negación del rapto y la declaración de inexistencia del niño; al fin, los mayores reconstruyen (o destruyen) la historia de los jóvenes.

¿Cuál hubiera sido el destino de Albee, o de Simón Riquelo, de no mediar el azar, la Desdicha o la Providencia, cayendo como un aerolito en un presente vacío de futuro?

El autor de ¿Quién le teme a Virginia Woolf? –donde también se menciona a un niño y hay un matrimonio joven e idealista que verá marchitarse sus sueños por obra de un matrimonio mayor cínico que ya está más allá de la destrucción–, no se asusta con los temas difíciles y parece cada vez menos dispuesto a hacer concesiones.

En un escenario donde apenas hay dos sillas, Albee nos presenta al matrimonio joven (Claudio Tolcachir y Verónica Pelaccini) y a su hijo. La pareja vive la embriaguez del amor compartido y hecho carne, del sexo en flor, de las tranquilas confidencias domésticas. No tienen nombre, no se sabe de qué viven ni dónde; su inocencia está dicha por su sencilla vestimenta y su espontánea inclinación a perseguirse desnudos. Se conocieron al sufrir ella un accidente menor. Vemos que el amor es precario, hijo del azar, dispensado por la fortuna y que, por lo tanto, el bebé puede ser también un azar y una contigencia. El, por su parte, tuvo un enfrentamiento con un grupo de jóvenes belicosos que, al estirar la mano para reconciliarse le rompieron el brazo. De esta lesión también él se ha recuperado; pero recuerda que, cuando estaba en el suelo, retorciéndose de dolor por su brazo roto, otro integrante del grupo amagó desabrocharse la bragueta, no sabe si para orinarlo o para violarlo. Ella suele ofrecerle, para calmarlo, un seno; él aplica los labios y se aquieta, de rodillas, como un niño ante su madre; un feligrés ante su Dios.

Pero aparece por fuera de esta historia tierna otra pareja, ya mayor y no convencional (Norma Aleandro y Jorge Marrale), a quienes Albee tampoco identifica más allá de su sexo como «mujer» y «hombre». El tiene las mejillas pintadas de rojo vivo y marcadas las ojeras de negro, casi como los payasos; viste un traje gris, de una elegancia algo fuera de moda, peina canas; camina en forma suficiente, como si fuera parte de un circo o de un espectáculo, su dicción y gestos no son ni corrientes ni forzados. Todo en él está claramente por encima de la realidad, como sobre el nivel del mar; pero nada en él remonta vuelo. Habla en un tono demasiado alto, pero controlado y sin estridencias; parece actuar, como si fuera algo distinto de lo que literalmente representa, pero la platea es el único testigo de esta actuación. Tiene algo inquietante, sin llegar a siniestro; sus palabras son ambiguas y no convencen ni de su sinceridad ni de su insinceridad; se desprende con soltura de todo lo que dice y hace, aunque en el fondo nada dice ni hace.

Ella (Norma Aleandro) viste un traje muy amplio, casi de fiesta, de un género fino, con tajos por donde suele mostrar las piernas, pero como al pasar, sin un sentido sensual o de seducción; es claro que son también un dúo, aunque de compinches y cómplices, más que la pareja de un matrimonio.

De pronto, ambas historias comienzan a trenzarse. Sobreviene el rapto del bebé por la pareja mayor, episodio que debe inducirse porque no se ve directamente. Los mayores reeditan la historia, actúan más, fingen, tal vez hasta con la verdad; van destruyendo en el alma de los jóvenes todas sus cándidas certezas. Vuelven a reconstruir los episodios críticos de la vida de los jóvenes, los sugestionan, los superan, casi los coaccionan.

Poco a poco la experiencia va destruyendo a la inocencia. Alexandre Dumas se asombraba de cómo todos los niños son geniales, en tanto los adultos en que se transformarán han perdido todos sus poderes. Klages señala el caso de los niños eidéticos, de facultades extraordinarias de percepción que desaparecen antes de la adolescencia. Rousseau declara que el hombre es bueno pero la sociedad lo pervierte y, mucho antes, Jesucristo advirtió que si no somos como niños no entraremos al reino de los cielos.

Albee declara su fe en que la infancia es el paraíso perdido, que el rapto del niño, real o imaginario, es el pecado original y que todo lo que puede seguir es la búsqueda de la palabra perdida. Sin duda, esta es sólo una de las interpretaciones posibles, porque el compacto libreto de Albee, escrito con tan notable sencillez que no hay una sola palabra que no esté en nuestra conversación diaria, contiene un fascinante universo de significados, pistas, sugestiones y revelaciones.

La dirección de Roberto Villanueva no es indigna de la obra original, pero poco o nada muestra que pueda considerarse una creación de la puesta en escena; y ha admitido, o tal vez ha pasado por alto, un claro desnivel en las actuaciones. Sin dejar de anotar que los modos y tonos de ambos dúos deben ser distintos, los jóvenes actúan con una naturalidad de la vida corriente, no de los escenarios; y al fin, pero para nada lo menor, el estilo de actuación de Jorge Marrale no es el mismo que el de Norma Aleandro.

La actuación de Marrale es tan absolutamente excepcional, es cierto, que parece muy difícil que, a su lado, una intérprete femenina alcance su altura. El actor logra un estado permanente de equilibrio, como si flotara entre el cielo y la tierra, como si combinara la composición de un hombre común con la de un ángel o un demonio. Es la suya una interpretación que, sin pausa alguna, se advierte que viene desde adentro, de un profundo estudio del texto y sus resonancias íntimas. La consecuencia más inmediata de este trabajo es la unidad de estilo, de principio a fin. Interpreta un personaje de extraordinaria dificultad, sin nombre y sin historia, en un estrechísimo margen donde debe ser, entre otras cosas, el portador de un enigma que nunca llega a revelarse. Es claro el peligro de la sobreactuación, mortal para el teatro; pero Marrale camina sobre esta cuerda floja con la misma soltura con que atravesaría un salón de baile. Parece como en un trance lúcido, como si navegara serenamente en una pesadilla; y el espectador llega a pensar por momentos si podrá volver a ser Jorge Marrale a la hora de los aplausos.

La interpretación de Norma Aleandro, cuyo papel es claramente secundario en relación al hombre de Marrale, es muy valiosa; por momentos accede al universo único del hombre, donde se guardan los sueños de Albee, pero otras veces está presa de otro gran personaje, que es Norma Aleandro. Hay en su mirada y en su fuerza de sugestión, por sí solos, algo del mundo mágico propuesto por Albee; pero ella es la ayudante del mago que convoca y domina ese mundo, Jorge Marrale, quien confisca todas las miradas del público no bien se asoma a la escena.

 

El juego del bebé, de Edward Albee, con N. Aleandro, J. Marrale, V. Pelaccini y C. Tolcachir. Dirección de Roberto Villanueva. Teatro Maipo.

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