Querido Fidel, la historia de Marita

La espía que lo amó

«Hace poco sufrí un ataque al corazón y pensé que antes de morir tenía el deber de contarlo todo, por mis hijos.» Y Marita Lorenz parece tener mucho que contar.

Estuvo en un campo de concentración, vivió un año con Fidel Castro, fue reclutada por la CIA para matarlo y luego para infiltrarse en grupos anticastristas, tuvo una hija del ex dictador venezonalo Marcos Pérez Jiménez y se casó con un agente del FBI para espiar a diplomáticos a quien engañaba a la vez con un capo mafioso y el jefe de policía de Nueva York.

Eso, entre otras cosas.

Lo cuenta en un documental del periodista alemán Wilfred Huismann, pero ya en abril, cuando el documental llegó a Montevideo, Marita editó en Alemania un libro sobre su vida que es un best-seller. Se afirma que Oliver Stone quiere filmarlo.

El documental, Querido Fidel, la historia de Marita, fue estrenado ahora por Cinemateca. Además de las declaraciones de Marita, que fue a Cuba a filmar con el equipo, tiene entrevistas a personas que corroboran su increíble historia. Falta con aviso Pérez Jiménez, que alegó estar mal de salud.

Marita tiene 61 años y aspecto de ama de casa gordita, pero sabe «disparar muy bien y pilotear un avión» según dijo a Sanjuana Martínez, corresponsal de la revista argentina Veintitrés. Agrega: «Quiero limpiar mi conciencia y vengarme de la CIA por toda la gente inocente que mataron».

El 27 de febrero de 1959, a dos meses del triunfo de la revolución, Marita, de 19 años, recibe a los nuevos gobernantes en el barco «Berlín» que capitaneaba su padre y los invita a dejar las armas en la entrada.

Ella quedó en Cuba. Pronto quedó embarazada; el niño se llamaría Andrés. Pero dice que a los siete meses y medio agentes de la CIA le practicaron un aborto. «Fidel no tuvo nada que ver. Fue un hombre el que indujo el parto y yo estaba inconsciente. Me engañaron, fue la CIA. Pero creo que aún vive. La última vez que vi a Fidel me presentó a un joven y me dijo que era su hijo. Aquel chico se parecía mucho a mi hijo Mark».

Entretanto, parece que el primer mandatario no le era muy fiel. «Una vez me encontré a Ava Gardner en el elevador de un hotel, aunque él nos colocaba en diferentes hoteles para evitar problemas. Estaba borracha y me dio una cachetada: se sentía celosa de mí». Marita se fue desilusionada a Estados Unidos, donde la CIA le mostró la foto de un feto muerto y la convenció de que debía vengarse de Castro. El capo mafioso John Roselli le entregó píldoras venenosas que debía disolver en el café y volvió a Cuba en 1960. Pero: «No pude matarlo. Tiré al bidet las píldoras de veneno.» Agrega: «El amor fue más fuerte. Hice el amor con él y le di los 6 mil dólares que me había dado la CIA para la misión. Eso nunca me lo perdonaron. me dijeron: «Te pagamos para que tuvieras una aventura con él'». Según explica ahora, nunca creyó que Castro fuera culpable.

Volvió a EEUU. «Ese fue mi error –dice–. Pero tenía miedo de que enviaran a alguien a matarnos a los dos». Es entrenada e infiltrada en los ambientes anticastristas, donde conoció al venezolano. «Estuve con él y tuve a mi hija Mónica Mercedes Pérez Jiménez. También lo amé, pero no como a Fidel». Por estas juntas, fue mencionada como parte del complot contra Kennedy.

En 1972 es casada con un agente del FBI e instalados en Nueva York en un edificio donde vivían diplomáticos de países socialistas acreditados ante la ONU. Su segundo hijo, Mark, es de ese agente. Pero Marita se relacionó durante 15 años con Frank Smith, jefe de Policía de Nueva York y con Let Livi, encargado de los seguros de la mafia. «No lo recomiendo, sobre todo para una madre. Ser espía y tener hijos es muy difícil», explica. Viajaba con sus hijos.

En 1981 fue agente federal en el campamento de refugiados cubanos de El Mariel. En 1981 volvió a Cuba para reclamarle a Fidel, porque había mandado al exilio a «gente inocente». «Hicimos las paces. Nos dimos un abrazo y le pedí perdón», declara. «Cuando le conté a Fidel que había estado con Pérez Jiménez me dijo: ‘¿Cómo pudiste estar con ese pequeño mono redondo de mierda después de haber estado conmigo?’ Los dictadores se parecen mucho –reflexiona– son muy egocéntricos».

Como amante, Fidel es «muy bueno. Todos los dictadores están preocupados por ser buenos amantes, no les gusta fallar. Fidel era muy dulce, cariñoso, tierno… mejor que Pérez Jiménez». En los preámbulos se portaba «muy bien, me besaba, me abrazaba, me decía cosas hermosas, muy caballero, muy amoroso». Y en el momento preciso «muy apasionado, muy fuerte y paciente». Le gustaba hacer el amor «dos o tres veces por día».

Marita se radicará en Alemania y no desespera por volver a Cuba: «Una vez más quiero sentir a Fidel».

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