Una mucama del siglo XIX
Esta el la última de las reseñas escritas por Arias sobre las piezas que integraron la reciente 9ª Muestra de Teatro. Su publicación se demoró por dejar espacio a estrenos de la cartelera local.
La capacidad de información de los productores teatrales, pese a las maravillas de la Internet, parece muy escasa.
Recurren compulsivamente a la narrativa, que tiene otras reglas, posibilidades y limitaciones, como si no hubieran obras de teatro disponibles.
Así, un relato de García Márquez, seis cuentos de Italo Calvino, una novela de Hemingway, varios cuentos de Raymond Carver, una novela de Paul Auster, Chejov (siempre La dama y el perrito, como si nunca hubiera escrito cuentos como La sala número seis o El beso), Jorge Luis Borges (Hombre de la esquina rosada), Henry James (siempre Washington Square o La heredera; nunca Retrato de una dama o sus obras de teatro).
La escena se reduce a ilustración de historias, que por lo demás son conocidas. Los derechos de autor dificultan, sin duda, transformar en teatro las obras de los novelistas de actualidad, y por eso se retrocede al siglo XIX, pero siempre sin recurrir a los dramáticos y conmovedores desenlaces de El verdugo, Sarrasine, Les Chouans o La muchacha de los ojos de oro de Balzac, o aún sus obras teatrales como La Marâtre, o a las obras teatrales de Alexandre Dumas, y hasta la adaptación de La dama de las camelias, que fue una de las piezas predilectas de Sarah Bernhardt.
Como además, por razones de presupuesto, el teatro tiende al monólogo, Iedvabni y Terranova desenterraron a Octave Mirbeau (1850-1917), un olvidado y olvidable escritor francés de fines del siglo XIX, autor de Journal d’une femme de chambre, que se ha traducido por Diario de una camarera (1900), una novela que es la visión de la burguesía desde el ángulo de la servidumbre. Un precursor, sin duda, de Los de arriba y los de abajo.
Hay un mérito a reconocer en la adaptación. Las 519 páginas de la edición de Fasquelle (París, 1901) han sido juiciosamente reducidas a poco más de una hora y media, y los episodios han sido elegidos con coherencia y lógica y con ellos se ha armado una historia sólida.
La idea del autor, al que le sobra ironía y le falta humor, es que todos somos unos canallas, si nos dejan, tanto los señores Lanlaire o el señor George como quienes los odian y reverencian a un tiempo: la promiscua mucama y el resto de la servidumbre, amigos y conocidos. Se agrega la observación, muy El 18 Brumario de Luis Bonaparte, de que los más reaccionarios, antidreyfusistas y antisemitas suelen ser, paradójicamente, los explotados y discriminados. El autor dice de su obra: «…es la vida… tristeza que hace reír, comicidad que hace llorar». Si la literatura no fuera más que esta pequeñez, haríamos bien en dedicarnos a otra cosa. No obstante sus incómodas premisas, el libro está moderadamente bien escrito; los episodios son verosímiles, aunque bastante previsibles; ninguna de las descripciones desentona, pero ninguna sale de lo común.
Rita Terranova es agradable, dice bien, sabe actuar, defiende la obra con una actuación suficiente; no es, por lo menos todavía, una actriz excepcional. No estamos convencidos de que sus evidentes calificaciones como intérprete basten para justificar todo un espectáculo, sin otro soporte humano que su persona. La dirección de Iedvabni es rutinaria: descarga todo el peso de la pieza sobre los hombros de la actriz.
Diario de una camarera, de Octave Mirbeau, adaptación de R. Terranova y Manuel Iedvabni, con la actuación de Rita Terranova. Ambientación y vestuario de Jorge Micheli, iluminación de M. Iedvabni y Jorge Micheli, dirección general de M. Iedvabni.
Compartí tu opinión con toda la comunidad