Los espectros de Ibsen
«Versión» en este contexto es un uruguayismo, una curiosa palabra-valija donde cabe de todo, desde la traducción (de la que no se dice si es del noruego o una traducción en segundo grado, del francés o del inglés) la adaptación y lo que se llama el «peinado», otra palabra nefanda que suele significar corte a navaja.
El adaptador (nos resulta imposible escribir «versionista») redujo los cinco actos de Un enemigo del pueblo a uno, que dura algo más de una hora; suprimió a Ejlif y Morten, los hijos menores del Dr. Stockmann, eliminó al capitán Hörster y hasta le rebanó una «n» al apellido del protagonista.
La obra, ¿es, realmente, demasiado larga? Pero si la obra es irrepresentable por su extensión, ¿por qué elegirla? Ninguna de estas preguntas tiene respuesta; siempre dudamos del fervor de las abreviaturas.
Cuando Augusto Fernandes adaptó Los pretendientes de la corona que se presentó en el Teatro San Martín de Buenos Aires, mutiló al texto, porque Ibsen es demasiado largo; pero le añadió una rapsodia seudopoética de su cosecha, porque Ibsen se quedó corto. De un modo semejante, Jones agrega aquí la estéril votación de los espectadores, pro o contra el Dr. Stockmann, que quiebra el hilo de la acción, dispersa la atención y a nada conduce.
Las condensaciones de libros de «Selecciones del Reader’s Digest» proveían un resumen de los originales: no podían tener sino un valor informativo, como para enterarse de qué trata cierto libro, y nunca pretendieron sustituir el original; por momentos aún aparecían ramalazos o insinuaciones del jibarizado escritor. Pero su arte de escribir, su ritmo personal, su organización de un drama, una intriga o una escena, su acento, su carácter, su forma de presentar y definir personajes y ambientes, se pierden sin remedio.
En este peligroso camino, que se inicia cuando alguien, temerariamente, se siente autorizado a enmendarle la plana a un autor, puede llegarse mucho más allá, quizás a un actor que diga: «El doctor Stockmann, un médico idealista un tanto fatuo, empleado de un balneario noruego, descubre y revela que las aguas de sus patrones son un peligro para la salud, por lo que es despedido y además odiado, boicoteado y apedreado por sus conciudadanos».
Pero la obra real no es tan simple como parece. El doctor Stockmann, una vez que naufragan sus ilusiones de reconocimiento social, gratificación a la que aspira de comienzo a fin, se embarca en una perorata, paranoide y ridícula, no indigna de Brand o de Grégers Werle, esos peligrosos personajes de Ibsen (y mucho más peligrosos en la vida real) que siempre están dispuestos a dirigir, supervisar y reorganizar la vida de los demás.
Ni en el texto ni en la interpretación del mismo Roberto Jones, que encarna al Dr. Stockmann, fue claro si esta versión se toma en serio al protagonista, si cree que es un idealista mártir o si sugiere que es un gran hombre, sí, pero un poco chalado.
El mensaje antidemocrático, antiliberal y antiizquierda de la obra es muy claro. No dudamos que el Dr. Stockmann en nuestro medio habría sido un buen recluta para aquel Consejo de Estado que usurpó las potestades de nuestro Parlamento en los años 1973 a 1984 o aún para las filas de los panegiristas de la «eficiencia», que empezaron allí sus carreras y siempre apuntan a algo semejante. Deben gobernar los mejores, no los políticos corruptos; el pueblo debe ser guiado, porque es un niño incapaz de juzgar por sí mismo.
«El enemigo más peligroso de la verdad y la libertad es la mayoría» dice el Dr. Stockmann, «… la maldita mayoría liberal… la mayoría nunca tiene la razón de su parte… nadie puede pretender que es justo que los estúpidos gobiernen a los inteligentes…» Todo este problema moral nos hace ver que Ibsen, aunque tiene algo de su personaje, no es el Dr. Stockmann, y que lo juzga.
La proliferación de los compendios de obras de teatro, que se nos presenta en sustitución de los originales, es grave. La puesta en escena del Mahabharata de Peter Brook duraba trece horas; se ha estrenado hace seis meses en Denver, Colorado, Tantalus de John Barton, sobre toda o casi toda la mitología griega, con una duración de doce horas, al parecer sumamente entretenidas.
La sola idea de la extensión de estos espectáculos resulta intolerable para los productores locales. Y sin embargo, un elenco ruso pone en escena en nuestro medio, hace pocos días, un cuento de García Márquez, Eréndira, y pese a la evidente inflación de un texto mínimo, el espectáculo es brillante y sobre todo ameno. Lo ocurrido es particularmente injusto para Ibsen y para los espectadores, porque Un enemigo del pueblo es una de las obras más vivaces y entretenidas del autor.
Al final de Un enemigo del pueblo aplaudimos, en parte porque es siempre mejor el esqueleto o aun la radiografía de Ibsen que la mayor parte de las obras que suben a nuestros escenarios. Pero fue como venerar a un espectro o de inclinarnos reverentes ante el cortejo fúnebre de un gran hombre.
Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen, en versión de Roberto Jones, con Graciela Gelós, Rogelio Gracia, Núbel Espino, Alvaro Armand Ugón, Roberto Jones, Soledad Gilmet, Jorge Muniz y Dumas Lerena. Vestuario y escenografía de Nelson Mancebo, iluminación de Juan José Ferragut, dirección de Dumas Lerena. En el Teatro del Notariado.
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