Pacifismo, denuncia y violencia psicológica, temas de Cannes

El llanto por un hijo muerto que rompe la armonía de una familia, el pacifismo y la denuncia de la locura de la guerra, la violencia que desata la represión psicológica fueron los temas dominantes de algunas de las mejores películas de la selección oficial del 54º Festival de Cannes que concluyó ayer sin poder, aparentemente, destinar más de un par de títulos a la historia del cine mundial.

La sinceridad del dolor de una familia por la pérdida de un hijo adolescente, del que lamenta no haber medido la verdadera personalidad (en La stanza del figlio de Nanni Moretti), la escalada de incomprensión que alimenta la guerra civil (en No Mans Land del bosnio Danis Tanovic) o lo absurdo de un conflicto visto desde una cama de hospital cuando la guerra se hace en el cerebro del individuo (en La chambre desofficiers del francés Francois Dupeyron) y la ciega violencia que azota un alma reprimida (en La pianista del alemán Michael Haneke) permanecerán en el recuerdo de la 54ª edición de Cannes. Cuya selección ha sido de nivel medio-alto pero sin que se perciba más de una obra o dos que logren entrar en la historia del cine.

El festival se abrió con los fuegos artificiales de la invención visual del australiano Baz Luhrmann y su Moulin Rouge, rico en efectos especiales inteligentes y por una vez no gratuitos y se cerró con el desgano de un filme de encargo del chileno Raúl Ruiz, Les âmes mortes.

En medio sedujeron el apasionado ataque a la intolerancia de los talibán afganos de Gandehar del iraní Mohsen Makhmalbaf, la fábula positiva del dibujo animado Shrek con su llamado a la tolerancia y su elogio a la diversidad, la una vez más reiterada inteligencia de los hermanos Cohen en The Man Who Wasnt There y la también reiterada juventud eterna del portugués Manoel de Oliveira con un estrepitoso Michel Piccoli en Je rentre a la maison.

Y también los ojos alucinados del criminal en serie Roberto Succo en el filme epónimo de Cédric Kahn, parábola de una sociedad que se complace en crear (y adorar) sus propios monstruos, el refinamiento histórico y visual de Il mestiere delle armi de Ermanno Olmi, el gusto de resolver sus propias complicaciones del padre de la Nueva ola, Jacques Rivette, con Va savoir o el misterio irresuelto y fin a sí mismo de Mulholland Drive de David Lynch.

Convencieron también el nuevo intento del ruso Alexander Sokurov de destruir a los hombres que marcaron al siglo XX (Hitler el año pasado, Lenin este) mostrándolos en su mísera cotidianidad y a punto de morir como cualquier mortal y la obsesión erótica contada con despreocupada alegría juvenil por el anciano japonés Shohei Imamura en Agua tibia bajo puente rojo.

Pero hay que reconocer que, exceptuando él, decepcionaron casi en masa los cineastas asiáticos que el año pasado con Wong Kar-wai, Shinji Aoyama y Edward Yang parecían querer comerse al mundo.

Cannes 54 será también recordado por una vieja palma de oro como Apocalypse Now de Francis Ford Coppola que aún subyuga a 20 años de distancia y con 54 minutos más, entre ellas una secuencia de menos de 30 que describe mejor que toda una biblioteca la insana política colonial de Occidente en el siglo XX y por un maravilloso viaje de Martin Scorsese por el cine italiano, observado con esa inteligencia y claridad meridianas con la que había explicado la historia del norteamericano.

Casi ninguno de todos los títulos del concurso tiene asegurada su entrada en la historia del cine, pero acompañaron al crítico y al cinéfilo por doce días sin decepcionarlo (ni entusiasmarlo) demasiado.

El cine latinoamericano estuvo ausente de esta fiesta (¿será la globalización?), pero por lo menos el argentino se hizo honor con un premio consuelo de un jurado de jóvenes cinéfilos (menos de 18 años) que decidió premiar el hermoso Bolivia del uruguayo Adrián Caetano, un filme en blanco y negro, «pobre» de medios pero rico y denso de propósitos y de estilo, que figuraba en la 40ª Semana de la Crítica.

Y tomando en cuenta que el presidente del festival de Cannes, Gilles Jacob, considera al cine latinoamericano como un lugar en ebullición digno de ser seguido con atención, eso también es un aliciente.

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