Sombras, nada más que sombras
Toda idea de desplegar lo que denominamos cine dentro del cine siempre supone un desafío cautivante. Por el sistema de guiños y autoguiños, de citas al pie de los personajes que corresponden a una historia que relata su otra historia. No es tarea fácil, pero sí fascinante y hay ejemplos sobrados de solvencia como asimismo de proyectos fallidos.
El cine, en ese sentido, es un arte que delata de manera frontal tales intenciones. Las pone en evidencia de tal forma que, por más seriedad, si no se da en la tecla o en el apropiado mecanismo narrativo, quedarán solamente las buenas intenciones. Y eso no es espectáculo ni tampoco arte (cinematográfico) en su mayor y óptima expresión.
La sombra del vampiro, de E. Elías Merhige (cuyos antecedentes previos son el de haber gestado videoclips del gótico y a la vez andrógino Marylin Manson) aborda los tempestuosos días del rodaje de un clásico del cine como lo es, evidentemente, Nosferatu, del alemán Friedrich Murnau.
Cine dentro del cine, pues, la acción se traslada hacia la década del veinte, tramo epocal donde fue rodada Nosferatu. Y puede admitirse una puntillosa reconstrucción de época y, a la vez, un cuidado cierto en las ambientaciones (el look art decó de aquellas cintas mudas, el sepia que domina por momentos la pantalla, por ejemplo), en las escenografías y en la propia escritura visual que evoca aquel modo de fundar imágenes o, mejor dicho, una historia que devino clásico.
Hay un Friedrich Murnau versión John Malkovich con las sutilezas y el vigor expresivo que le imprime este último a cada uno de sus personajes. Pero básicamente, dentro de ese universo creativo, está la formidable performance de Willem Dafoe –quien se roba los créditos y la atención de los espectadores por su composición mayor como el vampiro en cuestión, maquillaje mediante–, que asume esa sombra del vampiro que en el título de Murnau había asumido Max Schereck y en una versión muy posterior Klaus Kinski.
El filme tiene sus buenos momentos, pero cae en una suerte de morosidad algo paralizante. La narración avanza a golpes de destreza del elenco –que se completa con Cary Elwes y John Aden Gillet–, especialmente cuando Dafoe/Nosferatu eleva su acting a la estatura poética al mirar a cámara y visualizar una secuencia paisajística a plena luz del día. Hay que ver esa mirada, esa gestualidad como para sentirse reconfortado y recompensado por un filme que se queda a mitad de camino en sus pretensiones estéticas y libretísticas.
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